Vivir en un vacío: la vida en Damasco después del éxodo

Autor: Khaled Khalifa*        |         Traducción: Jessica Buendia

Publicado originalmente en inglés en The Guardian el 22 de Agosto de 2017, traducido del árabe por Jonathan Wright. Esta pieza ha sido tomada de Refugees Worldwide, una antología de escritura encargada como parte de un proyecto dirigido por el Festival Internacional de Literatura de Berlín. El libro se ha publicado el 7 de septiembre y los fondos serán donados a Refugees International.

Durante seis años de guerra civil en Siria, el novelista Khaled Khalifa ha visto ola tras ola amigos y familiares huir de su ciudad natal. Pero a pesar de todo, ha decidido quedarse.

 

Mi hermana, a quien no he visto por más de dos años, me dijo que iba a cruzar el mar en un bote de goma. Colgó, no quería oír lo que yo pensaba. Acabó de decir algo profundo y sentimental y me encargó el cuidado de sus tres hijos en caso de que se ahogara. Unos minutos más tarde traté de volver a llamar al desconocido número turco, pero el teléfono estaba apagado. Cientos de imágenes de nuestra infancia inundaron mi memoria. No es fácil decir adiós a medio siglo de tu vida y esperar a que alguien que amas se ahogue. Los dedos de mis manos y pies estaban fríos y mi cabeza vacía, y de todas maneras no me sentía con capacidad para discutir. ¿Qué se le puede ofrecer una mujer que ha perdido su hogar y todo lo que posee y que, dado que no quiere perder a sus hijos también, se los lleva al exilio para buscar un refugio seguro en Turquía? Las cosas allí no son fáciles para alguien como ella. Se parece a millones de otras mujeres sirias y no tiene ninguna habilidad especial. Todo lo que le queda es la esperanza del asilo, incluso si ello requiere cruzar el mar en un bote de goma. Es como si estuviera tratando de decirme algo que ya sé, que el mar es la única esperanza de los sirios.

Tal vez fue la suerte la que salvó a mi hermana. No se ahogó, y encontró amigos que la ayudaron en Grecia y en los otros países por los que pasó. Claro que no habló de experiencias desagradables con traficantes que la despojaran del poco dinero que tenía o la dejaran desamparada en una sala de espera del aeropuerto. En cualquier caso, finalmente llegó a su destino, y en Dinamarca encontró otro grupo de amigos que podían proporcionar apoyo. Algunos de sus compañeros de aventura se habían ahogado en escenas de horror inimaginable. La muerte puede tomar muchas formas, pero la más sombría y negra de todas ellas es la muerte por ahogamiento, que es una completa negación de todo lo que el cuerpo humano representa. El cuerpo ahogado se convierte en alimento para los peces del mar, y se disuelve como sal en un bol de agua.

En los días siguientes recibí mensajes similares de mi hermano menor, que había abandonado su hogar en Alepo y había ido a Mersin, al sur de Turquía. Desde allí, dejó a su familia y navegó solo, emprendiendo un arduo viaje que lo llevó de Grecia a Italia y finalmente a Suecia. Luego vino un flujo interminable de llamadas telefónicas de amigos y parientes cercanos, como mis primos, todos diciéndome que estaban a punto de zarpar. Yo dejé de pedir detalles del viaje o de discutirlo con ellos. Les deseé un viaje seguro y les pedí que nos aliviasen cuando llegasen a salvo. Cientos de miles de sirios siguen pensando de la misma forma. En las cafeterías de ciudades y pueblos turcos se intercambian los números de teléfono de los traficantes y la información sobre las mejores rutas. Publican sobre estas cosas en Facebook, a veces incluso en foros abiertos.

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Recuerdo viajar desde Damasco a Estambul a través de Beirut en el verano de 2015, y haberme sorprendido por el perfil de los pasajeros; casi todos conformaban unos mismos prototipos. Había un gran grupo de jóvenes de no más de 20 años y un grupo de mujeres solo con sus hijos. A mí me parecían amigos de la infancia o parientes. De sus preguntas quedó claro que viajaban al extranjero por primera vez. Después de que el avión despegase de Damasco, respiraron aliviados y comenzaron a hablar en voz alta sobre sus planes para el futuro. Estaban viajando a Estambul y luego embarcando en otro avión a una ciudad cercana a la frontera griega. La mayoría de estos jóvenes evitaban el servicio militar y disfrutaban del lujo de volar por primera vez. Sus viajes parecían preestablecidos: noté que había un hombre de unos 40 años que les daba instrucciones después de que el avión hubo despegado, y una vez más en las salas de espera del aeropuerto de Beirut. Las mujeres estaban recibiendo las mismas instrucciones.

Pensé en esos jóvenes, cuya única esperanza ahora era navegar por el mar. No fue extraño para mí, pero fue interesante, a pesar de la angustia, que estos amigos eligieran emigrar en grupo. Recordé nuestros sueños cuando éramos jóvenes, y cómo nos prometimos unos a otros, como grupo de amigos sernos eternamente fieles, y cómo planeamos nuestras vidas en comunidad. Estos jóvenes habían decidido vivir o morir juntos. Sus ojos traicionaban su miedo, pero juntos lograron ser más valientes. Los vi armarse de apoyo mutuo mientras se preparaban para enfrentar al monstruo.

La mayoría de mis amigos han dejado el país y ahora son refugiados. Todo lo que puedo hacer es buscar los nombres de los desaparecidos y los ahogados, y rastrear las nuevas direcciones de mis amigos. Cada vez que se hunde un bote, me encuentro dando vueltas como un loco, buscando desesperadamente información por las listas de ahogados y cualquier detalle sobre ellos: de qué pueblos o localidades eran, sus apellidos, fotos. Una vez más, en 2015, pasé por la misma búsqueda histérica, de los rostros de los amigos detenidos, entre las fotografías de los muertos, filtradas desde las prisiones del régimen por el fotógrafo militar anónimo conocido como “César”. Examiné esos rostros ante la posibilidad de que pudiera encontrar entre ellos a cualquiera de las docenas de amigos desaparecidos de los que no sabemos nada: ninguna noticia, ningún mensaje transmitido de boca en boca; nadie los ha visto o tiene alguna información sobre ellos. Cuando pensé reconocer a alguno, traté de recordar otros detalles sobre ellos: un lunar en la mejilla o una cicatriz en la rodilla. Pero era inútil. Buscar personas ahogadas o muertas y esperar a que regresen los detenidos es un acto absurdo, solo correspondido por el hecho de vivir en pueblos que esperan su turno para ser destruidos.

La multitud de personas que partían continuó, tanto es así que en 2013 y 2014 celebrábamos fiestas de despedida colectivas a amigos que partían hacia lo desconocido. Ya no debatíamos las opciones ni les ofrecíamos nuestra experiencia sobre ciudades que conocíamos. Salir del país se convirtió en una epidemia que arrasó nuestras vidas. Los lugares comenzaron a vaciarse de sus clientes habituales. Todo estaba cambiando muy rápidamente. Las calles de la ciudad estaban desiertas, las ventanas oscuras y los teléfonos no respondían. Todo sugería un desastre inminente. Todos lo sentían. Comencé a sufrir una abrumadora sensación de pérdida; sentí que estaba perdiendo a todos mis amigos y que no había nada que pudiera hacer al respecto. Al igual que todos los demás que quedaban en el interior del país, estaba ocupado manteniéndome con vida. Ya no pensábamos más en quién se iría. La pregunta había cambiado a “¿Cuándo te vas?” O “¿Por qué sigues aquí?” Por primera vez, probamos la dispersión en masa.

Al principio no creí que ninguno regresaría. Pensé que su partida sería temporal. Pero después de seis años de esta guerra, organicé mi vida en torno a las ausencias de esas personas. El vacío que dejaron se llenó con otra vacío: solía pensar en cómo se verían ahora, donde quiera que estuviesen, pero ya no lo hago. A la gente como yo, que vive con personajes que inventan en el papel y que celebran la imaginación, no le gusta sentirse impotente. Así que me he apegado más a mi vida aquí, y he comenzado a preocuparme por estar infectado por la plaga de desplazamiento que azotó la ciudad. Me pregunto si me quedaría aquí si mi casa fuese destruida. No tengo una respuesta fácil, pero recientemente he comenzado a aceptar la idea. Sí, me quedaría, pero ¿por qué? No lo sé, o tal vez me da vergüenza saber que me quiero aferrar a un lugar cuyo olor conozco bien.

En el fondo, éstos son los engaños de un escritor solitario, uno que ya no tiene nada que perder, después de haber observado largo y tendido a sirios que intentan recuperar su país para luego perderlo todo. Es como si el precio que los sirios tuvieran que pagar para recuperar su libertad y dignidad incluyera cada piedra, árbol, rinconcito, de manera que los sirios no puedan recuperar su país de las garras de la dictadura. Han vivido a la sombra de esa dictadura durante 50 años, tiempo durante el cual han inventado formas interminables para resistirlo y coexistir con su decadencia, como mínimo manteniendo su lengua y esperando, defendiendo una cultura cívica que es milenaria.

En los últimos años he viajado por el mundo y he conocido a los sirios que emigraron años atrás. He observado sus vidas y concluido que los refugiados pierden su identidad pero no adquieren una nueva. Abandonar un pequeño conjunto de hábitos que constituyen una satisfacción personal sería intolerable para mí. Estoy pensando en mi café matutino en casa, o el café con mis amigos antes de ir a trabajar, charlando, de los olores de la ciudad, de las comidas, del olor de la lluvia en otoño. Mis amigos refugiados celebraron todas estas cosas, pero luego las abandonaron. Y en los últimos meses nuestras llamadas telefónicas y nuestros mensajes a través de Facebook y correo electrónico se han vuelto menos frecuentes. La caída de la primera lluvia del año en Damasco solía ser ocasión para un festival de nostalgia en el que participaban cientos de miles de refugiados de todo el mundo, pero ya no. Nuestros momentos juntos son ahora pocos y muy lejanos, y no hemos hablado mucho sobre los problemas de la asimilación en una cultura extranjera, ni sobre la idea de abandonar la identidad original. Entiendo sus frustraciones y la magnitud de las dificultades a las que se enfrentan, y al mismo tiempo entiendo su preocupación por nosotros, nosotros que hemos decidido quedarnos donde la guerra nos aguarda en cada esquina.

Si investigas a los refugiados sirios, encontrarás algo que los distingue de otros refugiados, que tiene que ver con su gran diversidad de culturas y clases, pero no quiero hablar desde una perspectiva sociológica, y se necesitarían cientos de páginas para explicarlo. Me gustaría decir algo sobre la forma en que los refugiados son la pérdida de Siria y la ganancia del mundo, pero no estoy seguro de que eso sea del todo cierto. Abandonar la identidad propia es como arrancar un corazón de un cuerpo. Pienso en las familias de amigos que han emigrado en masa. Por ejemplo, recibí una llamada telefónica del padre de un amigo, un hombre de más de 70 años, que me habló llorando. Solo quería hablar con alguien que entendiera su idioma, que entendiera los secretos de la lengua, que escuchara una broma en su versión de sirio coloquial y que tuviera una risa sincera con él. Una risa sincera, esa es una metáfora sobre como a la gente le gusta vivir, y los refugiados en general no encuentran muchas razones para reírse, especialmente en sus primeros años en el exilio. Pero no mucho después de esa conversación, los teléfonos dejaron de sonar. Todos habían caído en el agujero negro del exilio.

Al principio había cientos de ellos, luego miles, luego cientos de miles, y ahora hay millones de refugiados. Estoy horrorizado por las imágenes que salen de países que no acogen a los refugiados, por fotos de fascistas que les amenazan, por carteles colocados en algunas ciudades libanesas imponiendo un toque de queda a los sirios después de las 6 de la tarde, con carteles que abiertamente insultan a los refugiados. Estoy horrorizado por esa periodista húngara que pateó a un hombre sirio que llevaba a un niño, huyendo de una guerra que no eligió. Pienso en aquellas personas con quienes afirmo estar familiarizado. Pienso en su sufrimiento, pero al mismo tiempo estoy abrumado y no puedo entender lo que está sucediendo. No quiero rendirme a la idea de que algún día nos despertaremos para encontrar la ciudad desierta: sin gente, ni casas con luces encendidas, ni autos. Y si preguntamos qué sucedió, descubriremos que todos contribuyeron a que nos convirtiéramos en una sociedad de refugiados.

La imagen parece turbia e incomprensible para los que no conocían a ningún sirio antes, o que no saben nada sobre la historia moderna o antigua de Siria. En los últimos 100 años, Siria ha acogido a un gran número de refugiados, personas desplazadas y personas que huyen de la muerte, sin mencionar las antiguas migraciones que han convertido a Siria en un país que atrae a refugiados. A principios del siglo pasado, los sirios aceptaron a armenios, chechenos y albaneses que huían de masacres y guerras, y más tarde recibieron más de medio millón de palestinos después del desastre de 1948 y la guerra de junio de 1967. El proceso culminó cuando Siria aceptó a más de tres millones de iraquíes desplazados en 2003 después de que Bagdad fue ocupada por Estados Unidos. Durante la guerra de 2006 en el Líbano, los sirios acogieron a cientos de miles de libaneses, y Siria no cerró sus fronteras a los refugiados por un solo día desde principios del siglo XX. Numerosos pueblos se han establecido en el país y lo han convertido en su hogar.

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Durante el último siglo, Siria también fue un lugar desde donde emigraron las personas, pero no como refugiados. Las grandes migraciones de fines del siglo XIX y principios del siglo XX vieron a cientos de miles de sirios partir a Estados Unidos y América Latina. Estas migraciones económicas fueron, en general, un éxito significativo, y las últimas estadísticas que circulan, del 2006, hablan de 20 millones de personas de origen sirio en la diáspora, la mayoría de ellas en Argentina y Brasil. Las circunstancias que obligaron a estos migrantes a abandonar su país fueron completamente diferentes de las que enfrentan los refugiados de hoy, los cuales terminarán siendo más de siete millones de personas. La mayoría de ellos viven en campamentos en Jordania y el Líbano, en condiciones de miseria y privación inimaginables.

Incluso si los refugiados en los campamentos turcos parecen estar mejor, no se puede ignorar la magnitud de los problemas que enfrentan, especialmente cuando se trata de la escolarización: una generación entera de niños sirios se verá privada de educación. La situación es mejor para los afortunados cuyos barcos no se hundieron, y que han logrado llegar a países de Europa que simpatizan con los refugiados, como Alemania y Francia. Pero, en general, es imposible imaginar qué tan malas son las condiciones para la gran masa de refugiados, como los que viven en el campamento Zaatarí en Jordania, y cuán privados están de sus derechos humanos más básicos. Además de eso, existe la constante amenaza de que se cerraran las fronteras a las personas que huyen de la guerra continua.

Pero también hay que recordar que, durante los últimos 50 años, Siria ha sido un país que expulsa a sus propios ciudadanos. Durante los últimos 50 años, los regímenes del Presidente Hafez al-Assad y su hijo y sucesor, Bashar, han gobernado con represión violenta y han negado al pueblo sus derechos humanos más básicos; han convertido a Siria en un reino de miedo y temor, del cual la gente quería huir. Cientos de miles de sirios viven en los estados del Golfo, mientras que millones más están adquiriendo su educación superior en Europa y los Estados Unidos, y vivirán allí sus vidas. Algunas personas dicen que hay solo 10 000 médicos sirios solo en Francia, y un número similar en los EE. UU. Y en otros países.

El régimen no solo ha llevado a estas personas talentosas al exilio, sino que también las ha perseguido en sus lugares de refugio. Ha plantado la desconfianza entre ellos, los ha amenazado a través de miembros de su familia que todavía viven en Siria, les ha privado de la oportunidad de visitar su país natal y ha frustrado los persistentes esfuerzos de los sirios exiliados para encontrarse unos a otros y formar grupos de presión en los países donde ellos ahora viven. Emigrantes y sirios exiliados siempre han parecido estar en un estado lamentable en comparación con otros grupos que han pasado por la misma experiencia, pero fueron capaces de mantenerse unidos, apoyarse mutuamente y ayudar a propagar su cultura de origen.

Lo que los sirios todavía no pueden entender es cómo se han transformado de personas que recibieron refugiados en refugiados mismos, personas que sufren amargamente dondequiera que vayan. Las fronteras son cerradas en frente de sus caras. Su ropa, sus corazones y las líneas en sus manos se examinan en detalle. Cualquiera que haya presenciado este horrible ritual también habrá visto cómo el mundo, después de abandonar a los sirios e incluso permitirles ser sacrificados, asesinados y ahogados, encuentra repentinamente motivos de simpatía en una sola fotografía, como la imagen del joven Alan Kurdi muerto en la playa. La imagen sacudió al mundo durante varios días, pero luego fue archivada, al igual que los intentos de encontrar razones para la tragedia siria y las formas de llevarla a su fin. Una imagen similar aparecerá de vez en cuando, y a través de ella el mundo podrá ofrecer su simpatía por las personas que viven bajo bombardeos de aviones de la fuerza aérea rusa y siria.

Esto ha estado sucediendo durante seis años, sin que el mundo haya pensado seriamente sobre cómo detener el baño de sangre. Siria es víctima de una ejecución pública. La formación del Estado Islámico no es más que una prueba horrible de que el mundo ha abandonado su deber moral de apoyar a las personas en su lucha por la paz y la democracia.

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Residentes de un edificio destruido por un coche bomba en Jaramana, Área de Damasco

Aunque hacer preguntas es un principio central de la cultura europea y la modernidad, en este caso parece ser que todo está prohibido. Nadie pregunta quién creó una organización fascista, espantosa y criminal como Isis, quién la financió, quién le permitió ocupar ciudades enteras o quién hizo la vista gorda a los enjambres de combatientes de Isis cruzando el desierto entre la ciudad siria de Raqqa y la ciudad iraquí de Mosul. Los vehículos de esta organización se mueven de manera disciplinada y en largos convoyes, comportándose como un estado propio con una soberanía que el mundo parece respetar, a pesar de las protestas públicas. El hecho de que estas preguntas no se planteen seriamente hoy destruirá todos los valores de la civilización que la humanidad ha defendido y ha pagado un alto precio para establecer. Me refiero a valores de justicia, rendición de cuentas por crímenes de guerra, democracia y derecho a la autodeterminación. Esto es lo que ha pasado. La humanidad ha abandonado sus valores.

Ahora hay un espeluznante demonio llamado Isis, el cual la gente siempre está hablando de destruir, diciendo lo difícil que será. Es una de las razones por las cuales millones de refugiados se han exiliado y por la qué se han despoblado ciudades enteras. En un futuro muy cercano, la idea de instalar nuevas etnias, nacionalidades y sectas en lugar de otras podría ser aceptable, o el precio a pagar por detener la guerra y el derramamiento de sangre de civiles inocentes. Pero nadie habla sobre el rol del régimen y sus aliados.

El problema en Siria no es el de los refugiados, sino el de una población entera siendo asesinada u obligada a huir mientras el mundo permanece en silencio. También se trata de las mentiras difundidas por los jefes de estado, especialmente los occidentales, sobre la necesidad de proteger a los civiles y no obligar a los habitantes a salir de sus hogares; declaraciones familiares emitidas para aliviar la conciencia de quienes las hacen y promueven, pero ineficaces en detener la guerra o llevar a los criminales frente a la justicia internacional.

Las imágenes no desaparecen fácilmente, y me produce poca satisfacción encontrarme con amigos con quienes he perdido contacto cuando visito las ciudades en las que ahora viven. Recuerdo cuando estuve en Oslo en 2013, y una amiga refugiada vino a donde estaba participando en un seminario. Era demasiado para ella, y lloró durante todo el seminario; verla en lágrimas fue demasiado para mí. El seminario se detuvo por unos minutos, pero fue difícil explicar las emociones que compartimos, la amargura del exilio, el desarraigo de una persona de su lugar legítimo. La mayoría vivirá de los beneficios sociales de sus países de exilio, y muchos vivirán para criar una nueva generación, que sea sólida y aclimatada a su nueva vida; una generación, sin embargo, que no sabrá el significado de la vida que sus padres y madres alguna vez vivieron. Dos vidas, una al lado de la otra, que no se fusionarán, por más que lo intenten. Y la historia no terminará hasta que todos los testigos hayan muerto, hasta que los padres y abuelos estén muertos, para que los niños que viven en el refugio puedan estar en paz en su nuevo entorno, disfrutando del apego a su identidad adquirida. Pero hasta que estos testigos mueran, tenemos que imaginar un cordón de esperanza que se extenderá desde Berlín y otras ciudades alemanas, francesas, turcas y escandinavas a pueblos y localidades a lo largo de Siria.

Mi hermano ahora ha obtenido el derecho de reunir a su familia, y no puede ocultar su felicidad de que el dolor de la separación llegará a su fin. Está aprendiendo sueco, que dudo que lo llegue a dominar ya que tiene casi 50 años. Mi hermana está aprendiendo danés y, en el mejor de los casos, aprenderá unas pocas docenas de frases que le permitirán comprar manojos de perejil para el tabbouleh que hace tan bien, y para explicar cómo hacerlo a sus vecinos.

El resto de mis amigos intentan, por varios medios, asegurarnos que son felices en sus nuevos lugares de exilio. Mientras que aquellos de nosotros que nos hemos quedado morimos uno por uno, familia por familia, hasta el punto de que la idea de una ciudad vacía podría convertirse en realidad dentro de unos años. Pero sigo convencido de que los refugiados pierden su sentido de identidad, porque no pueden obtener uno nuevo u olvidan por completo su anterior. Ser refugiado es vivir en un vacío, es llevar una vida dolorosa, por mucho que tratemos de embellecerla.

 

*Khaled Khalifa (Aleppo 1964)  es un novelista contemporáneo sirio. Creció, estudió, trabajó y vivió en Aleppo antes de mudarse a Damasco en 1999. Además de sus cinco novelas, dos de las cuales se han traducido al inglés, Khalifa escribió poesía y trabajó como guionista para televisión y cine. En su escritura, Khalifa se adentra en los recuerdos y el dolor de su sociedad, llegando a lugares ocultos y oscuros. Temas de represión política y religiosa, sectarismo, vergüenza y odio corren a lo largo de su trabajo. “Escribir es parte de la curación”, dice, “de cavar en la sociedad”. Ese acto de cavar en la sociedad siria ha puesto a Khalifa en desacuerdo con las autoridades gubernamentales, y su trabajo ha sido prohibido en el pasado. 

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