¿Puedes oírnos?: Carta a Niraz Saied

Autora: Budour Hassan

¿Alguna vez te dije, querido Niraz, que eres uno de esos fuegos que resplandece tan ferozmente de vida que sobrecoge a cualquiera que se acerque con calidez y con chispa? Tal vez di por sentada tu presencia y olvidé decirte cuán afortunada, cuán inmensamente privilegiada he sido de haberme acercado a tu fueguito,  de escucharte, de llamarte amigo mío y compañero.

Fotógrafo galardonado oriundo de Yarmuk, te hiciste famoso por capturar con tu objetivo la vida cotidiana en el campo de refugiados bajo asedio, las historias de la gente, su lucha por la supervivencia, sus miedos, sus sueños y pequeños detalles que a menudo pasan inadvertidos. Tu foto, “Los tres reyes”, ganó el primer premio en un concurso de fotografía organizado por la UNRWA y co-dirigiste una película sobre el campo de refugiados de Yarmuk. Se suponía que debí haberte entrevistarlo sobre la película, la vida dentro del campo y lo que es ser un “fotógrafo de guerra” no-blanco y vivir en estado de sitio. Pero lo que comenzó como una entrevista vía Skype esa hermosa tarde de noviembre, se convirtió en una conversación sobre Palestina, Siria, la izquierda, tu acento, nuestros amigos en común y nuestras frustraciones compartidas. En 1948, tus abuelos fueron desplazados de la aldea palestina de Awlam, cerca de Tiberíades, que fue limpiada étnicamente. Awlam está hoy completamente destruida, pero su hermoso manantial permanece y hablas de ello como si hubieras estado allí y probado su agua. Mi abuela solía llevar a pastar las ovejas cerca de Awlam en la década de 1950 y también conoce el manantial. Disfruta de los recuerdos que guarda. Los sionistas te negaron el derecho a formar tu propio recuerdo físico de Awlam, pero no pudieron despojarte de tu conexión y pertenencia a la aldea.

A medida que nuestras interacciones se hicieron más frecuentes, tu energía, pasión y amabilidad se volvieron aún más asombrosas. Agregaría que tu valentía también era enorme, pero te negarías a llamarte valiente. Mencionarías tu amor por Víctor Jara, Eduardo Galeano y Ghassan Kanafani. Y cuando hablabas de Yarmuk, hacías que aquellos que nunca habíamos estado dentro del campamento sintiéramos que también conocíamos cada rincón y jugábamos al fútbol en sus calles. “El campamento es la esencia de la historia palestina”, sostenías, incluso cuando percibías que el campamento que conocías tan bien nunca volvería a ser el mismo.

“Yarmuk, como lo conocemos, se ha ido para siempre”, dijiste en noviembre de 2014. “Se dirige hacia la destrucción total o se convierte en un enclave islámico”.

Mientras intentabas permanecer optimista, cada vez era más difícil no volverse sombrío.

Y nosotros, las y los palestinos dentro de Palestina, le fallamos a Yarmuk y a su gente. No nos pronunciamos en contra del asedio y los bombardeos lo bastante alto y claro; no tratamos de manera genuina la difícil situación de los campos palestinos de Siria como parte inseparable de la causa palestina; no apoyamos a la gente de Yarmuk como nos apoyaron ellos durante cada ataque e incursión israelí. Y muchos de nosotros sólo empezamos a preocuparnos cuando los combatientes del Estado Islámico asaltaron el campamento y cuando ya era demasiado tarde para preocuparse.

Estuviste entre los forzados a huir del campamento cuando el Estado Islámico lo ocupó en gran parte en abril de 2015. “Estoy segura de que la vida finalmente te hará justicia, que finalmente podrás reunirte con Lamis, tu enamorada”. Te lo aseguré y sonreíste. Tu sonrisa era uno de esos fueguitos, resplandeciente de vida, iluminando el universo.

Pero, ¿cambia algo que lo diga ahora? ¿Pasarán mis palabras las fronteras y el alambre de púas, los puestos de control y las torres de francotiradores, las paredes y los guardias, y llegarán de alguna manera a tu celda? ¿Hay espacio en las paredes de tu prisión sin ventanas para un garabato más y una última súplica desesperada?

¿Puedes oírnos? Entre los gritos de los detenidos torturados y los gritos de los presos hambrientos, ¿puedes oírnos?

En medio de los gritos de los guardias y las maldiciones de los interrogadores, ¿puedes oírnos?

¿Puedes escuchar el estremecimiento en los corazones de aquellos que te amamos y su latido colectivo? Hay innumerables corazones, Niraz, palpitando, agitándose y temblando ante la posibilidad de una migaja más de información sobre ti. Hay innumerables brazos extendidos, queridísimo Niraz, esperando a poder abrazarte, para sostenerte, para mantenerte fuerte, para asegurar que nunca te sientas solo, olvidado o abandonado.

¿Puedes sentirnos?

Y si todas las voces se ahogaran y todas las palabras se evaporaran, no podrías dejar de percibir la voz de Lamis. Ella cuenta con que la fuerza y ​​la ferocidad de su amor te protejan. No tiene las alas de un ángel para llevarte a la libertad, pero nunca ha dejado de creer, o al menos se niega a dejar de creer en tu salvación. Te escribe todos los días y una vez que salgas, te leerá las cartas en voz alta y probablemente las sentirás familiares. Lamis se niega a pronunciar la palabra “si” cuando se refiere a tu liberación. Para ella, siempre es “cuando”.

“Cuando Niraz salga, haremos esto y lo otro”, dice siempre.

Pero pueden estar surgiendo dudas.

El 2 de octubre de 2015, hace más de dos años, las fuerzas de seguridad sirias te llevaron sin una orden o explicación. En Yarmuk sobreviviste a años de asedio y bombardeos, pero te sacaron del lugar que creías más seguro.

Durante los primeros meses de tu detención, no pasaba un día sin consuelo. Tu liberación era cuestión de días o semanas en el peor de los casos, le dijeron a Lamis en repetidas ocasiones, pero se suponía que no tardaría mucho. Más de dos años después, no sabemos si estás vivo o muerto. ¿Muerto? ¿Acaso consideré esta palabra?

La esperanza es un acto revolucionario, dicen algunos. La desesperación es traición, también. Al igual que Lamis, me rehúso a renunciar a la esperanza, pero tu ausencia continua está tensando nuestra capacidad de perseverancia hasta sus límites. Ahora te uniste a las filas de los desaparecidos de Siria: las decenas de miles de mujeres y hombres escondidos en algún lugar por las fuerzas de seguridad sirias sin dejar rastro. Escribir “decenas de miles de desaparecidos” es suficientemente duro. Pensar en los rostros detrás de esta cifra, el destino horrible que les espera, la angustia, impotencia y alienación a la que están condenadas sus familias y seres queridos, es aún más sofocante.

Querido Niraz,

Antes de huir de Yarmuk, reiteraste que si pudieras elegir entre morir bajo los bombardeos o morir bajo la tortura en prisión, elegirías lo primero. No podía ofrecerte una respuesta adecuada, excepto pensar que en Siria las personas merecen una diversidad de opciones más humana. Merecen pensar dónde y cómo quieren vivir, no cómo prefieren morir. Y es esta absoluta inhumanidad de opciones y los impresionantes niveles de brutalidad a los que están sometidos los sirios lo que hace que, inconscientemente, desee un castigo más “convencional”. La crueldad de la desaparición forzada me hace desear que los sirios sean enjuiciados. No tiene que ser un juicio justo y las condiciones de estas personas en la cárcel podrían ser terribles, pero que al menos  podríamos tener acceso a ellas, sabríamos dónde están detenidas y podríamos protestar contra su detención, incluso si esta protesta fuera inútil.

Inconscientemente y con un enorme sentido de culpabilidad, ahora considero el encarcelamiento como una bendición relativa cuando se compara con la desaparición forzada.

¿Ves cuánto nos confundieron, Niraz? El encarcelamiento es inhumano; la detención es inhumana; la tortura física es inhumana; la tortura psicológica es inhumana, y no existe tal cosa como el encarcelamiento “normal”. Nunca debemos permitir que los opresores nos coloquen en un lugar donde preferimos una forma de crueldad y represión por sobre otra.

Pero si sólo nos dieras una señal, Niraz. Danos una señal de que todavía estás vivo, de que puedes oírnos, de que puedes sentir cuánto te anhelamos.

Haremos frente a la carga de la espera; resistiremos la tentación de normalizar el castigo y la represión “convencionales”; continuaremos cavando agujeros a través de los muros de silencio y complacencia hasta que colapsen, pero danos una señal para que podamos exorcizar nuestras dudas.

Te debo una taza de café en las escalinatas de la Puerta de Damasco y una larga caminata por la Ciudad Vieja de Jerusalén, ¿recuerdas? Nunca me cansaré de esperar el día en que pueda cumplir esta promesa. Cumple con tu promesa para nosotros y aférrate a la vida, ya que hay días más hermosos y justos por delante. Para ti, para Lamis y para todos nosotros.

 Están en algún sitio / concertados

desconcertados / sordos

buscándose / buscándonos

bloqueados por los signos y las dudas

contemplando las verjas de las plazas

los timbres de las puertas / las viejas azoteas

ordenando sus sueños sus olvidos

quizá convalecientes de su muerte privada

 nadie les ha explicado con certeza

si ya se fueron o si no

si son pancartas o temblores

sobrevivientes o responsos

ven pasar árboles y pájaros

e ignoran a qué sombra pertenecen

cuando empezaron a desaparecer

hace tres cinco siete ceremonias

a desaparecer como sin sangre

como sin rostro y sin motivo

vieron por la ventana de su ausencia

lo que quedaba atrás / ese andamiaje

de abrazos cielo y humo 

cuando empezaron a desaparecer

como el oasis en los espejismos

a desaparecer sin últimas palabras

tenían en sus manos los trocitos

de cosas que querían 

están en algún sitio / nube o tumba

están en algún sitio / estoy seguro

allá en el sur del alma

es posible que hayan extraviado la brújula

y hoy vaguen preguntando preguntando

dónde carajo queda el buen amor

porque vienen del odio

 

Mario Benedetti, Los desaparecidos

 

 

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