Una familia siria bajo asedio en Ghuta Oriental

Foto de Firas Abdullah con el convoy del Comité Internacional de la Cruz Roja, el pasado noviembre en Guta. (Usada con su permiso)

Autor: Andrew Hirsh  

Original publicado en inglés en: Catapult  |  19 de diciembre de 2017

Nota: Algunos nombres han sido cambiados para proteger las identidades de los sujetos y sus familiares.

Cada noche, a las 8 de la tarde, Nihad Abdullah sube al techo de su casa en Duma, Siria, justo cuando está previsto que comience su cupo diario de tres horas de electricidad. Una vez que oye el pitido y zumbido, se acerca a una bomba de agua, agarra la palanca y llena la mayor cantidad de contenedores posible. En la sala de estar de abajo, Maysa, su mujer, y sus cinco hijos, conectan los teléfonos y computadoras. Pronto se unirá a ellos para ver las películas que descargaron y ponerse al día con las noticias. Primero, sin embargo, después de más de doce horas de trabajo y quehaceres, Nihad, de cincuenta y seis años, toma su tiempo para relajarse.

Nihad camina hacia el borde del edificio y mira a lo lejos, hacia Damasco. En la capital, a unos diez kilómetros al suroeste, una constelación de luces brilla en el horizonte y asciende hacia el monte Qasioun que, para Nihad, aparece como un planeta distante, uno que siempre puede ver pero nunca visitar.

Nihad mira entonces por encima de la repisa al mundo que él llama hogar. Sólo la luna y las estrellas del cielo iluminan lo que ve: escombros, viviendas huecas, basura dispersa y los dolorosos recuerdos que evocan.

Fue desde este lugar y después de un bombardeo a principios de otoño, que Nihad vio el cadáver de un hombre tirado en el camino y un niño llorando mientras retiraban el cuerpo de su padre. Justo a su izquierda se encuentran las ruinas de la casa del vecino, derribada recientemente por un misil que destruyó el automóvil de Nihad y llenó su apartamento de escombros. Cuando recibió la noticia de que su sobrino de cinco años, Osama, había fallecido debido a una infección viral, que se podría haber tratado si el hospital local hubiera estado equipado con suficientes medicamentos, fue aquí donde intentó procesar las noticias: con la pena recorriendo su cuerpo y la brisa refrescándole la cara.

En esos silenciosos momentos de contemplación nocturna, Nihad se hace muchas preguntas: sobre el genocidio que está teniendo lugar ante sus ojos, sobre las circunstancias de su familia, sobre lo que podría deparar el futuro. Ninguna pregunta parece tener respuesta. Al menos, no de momento.

“Nadie sabe responder si pregunto cómo alguien puede querer medio millón de personas muertas”, dice Nihad. “Aquí nos están matando, día a día”.

*

El 25 de marzo de 2011, fue en la calle de Nihad donde resonaron los ecos de la oración cuando la primera protesta de la Primavera Árabe en Duma comenzó en serio. Y fue allí donde, a fines de 2013, la gente se reunió para compartir la noticia de que el gobierno de Bashar al-Ásad había asediado la ciudad, junto a la mayoría de los suburbios de Guta Oriental, separándola del resto de la civilización.

Según la Organización Mundial de la Salud, hasta 400.000 civiles siguen atrapados en el este de Guta sin medios de escape seguros. Los Abdullah, que han compartido conmigo los detalles de su vida durante los últimos nueve meses, están sintiendo íntimamente los efectos de este asedio, que se ha intensificado considerablemente desde que entramos en contacto por primera vez.

En la actualidad, el mayor problema al que se enfrentan los Abdullah es la falta de bienes. Los túneles subterráneos secretos que se usaban para el contrabando de alimentos, medicinas y combustible fueron un recurso crucial durante mucho tiempo pero, a principios de este año, después de las victorias del régimen en los barrios de Qaboun y Barze en Damasco, los pasajes clandestinos fueron descubiertos y cortados. La mayoría de los bienes vitales que ahora llegan a Guta se filtran a través de los puestos de control del gobierno; con ello, la escasez de suministros se ve acentuada en Duma y sus pueblos circundantes y, a su vez, los precios de lo que está disponible se han disparado, a menudo más allá de los medios de una familia media. Esto ha llevado a la región al borde del hambre.

“El mayor desafío al que nos enfrentamos a diario es cómo obtener nuestra comida principal”, dice Muhannad, de veintiún años. “La gente está muriendo de inanición. Ese es el gran mensaje que queremos transmitir”.

Los Abdullah casi nunca eligen la comida que compran; reciben lo que está disponible dentro de su presupuesto. Un día podrían comprar sólo arroz. Al siguiente, pueden encontrar frijoles, tomates y patatas a precios razonables, o nada en absoluto. La mayoría de las veces, sus mañanas comienzan sin desayuno.

Poco después de despertarse, los tres hijos más jóvenes: Humam, dieciséis; Ahmad, once; Muhammed, seis, se preparan para ir a clase. Para encontrar su escuela, deben saber exactamente dónde buscar, ya que no hay ningún edificio, ninguna señal que indique los próximos eventos. Al contrario, se encuentra bajo tierra, para proteger a los niños de los ataques aéreos. Muchos días los pasan aprendiendo en la oscuridad: cuando el generador de la escuela no funciona, la única luz disponible proviene de bulbos dispersos que usan baterías de 12 voltios. Los pupitres están demasiado apretados para estudiantes de la talla de Humam, ahora en 10° grado; las pizarras que cuelgan al frente de las aulas son demasiado pequeñas para el gusto de los maestros.

Nihad, que obtuvo una licenciatura en literatura inglesa en los años 80, trabaja como profesor de inglés; Muhannad y su hermano mayor, Firas, de veinticuatro años, reciben salarios modestos por trabajar en el departamento de comunicaciones de la United Relief Office (Oficina de Asistencia Solidaria). Firas es fotógrafo y camarógrafo; Muhannad, diseñador gráfico. Para llevar suficiente dinero a casa, Nihad trabaja en múltiples institutos, tomando los trabajos de enseñanza que puede encontrar. Firas y Muhannad aceptan cualquier trabajo independiente disponible.

Maysa, de cuarenta y cinco años, licenciada en arquitectura, tiene la tarea de cuidar de la casa. Cuando era niña, escuchó a sus abuelos contar historias sobre cómo era el mundo a principios del siglo XX y, para ella, la vida de los Abdullah se parece a la que sus antepasados ​​describieron una vez. Con poca electricidad, Maysa debe usar leña para cocinar. También usa fuego para calentar el agua de la ducha y tiene que lavar la ropa de todos a mano.

“Es una misión muy difícil”, dice Maysa sobre su papel. “No tenemos gasolina, ni mucha electricidad, ni puedo preparar lo que queremos comer. Estamos en la era del trabajo manual”.

En días especialmente difíciles para Maysa y Nihad, el amor por sus hijos los mantiene activos. Aunque no está claro cuándo terminará el conflicto sirio, o qué oportunidades estarán disponibles cuando llegue ese día, están decididos a preparar a sus hijos para una vida de posguerra enriquecedora, una que les permita utilizar su educación, perspectivas únicas y valores familiares para marcar una diferencia positiva dentro y más allá de las paredes de Ghuta Oriental.

“Ser padre es una responsabilidad”, dice Nihad. “Estoy muy preocupado por el futuro de mis hijos. Puedo ser útil y apoyarlos ahora, pero no confío en nuestros gobernantes. No confío en que tengan planes para nosotros”.

Nihad continúa: “En las primeras protestas, solía ser el compañero de Firas, a veces porque tengo el mismo espíritu revolucionario y, a veces, porque estaba tratando de estar a su lado para protegerlo cuando el régimen nos atacaba. Eso fue hace unos cinco años. Ahora es mayor y tiene suficiente experiencia como para sentirme seguro de que está haciendo lo correcto. Está defendiendo la libertad, la libertad que creemos tener. Cuando nos acecha el peligro y el hambre, nuestro sentimiento de libertad es el mayor placer. Como familia no lo podemos abandonar”.

Maysa comprende los riesgos asociados con dejar que sus hijos salgan por la puerta cada vez que los despide con un abrazo y los ve doblar la esquina, fuera de su vista. Como dice Firas, “cada vez que nos vamos, nos damos cuenta de que es posible que no regresemos”. Aunque este pensamiento sea doloroso para una madre, Maysa cree que es importante que sus hijos disfruten algo de su infancia y principios de la edad adulta, aunque suponga un mayor peligro y ansiedad.

“Estoy orgullosa de ellos”, dice Maysa de sus hijos, “y tengo fe en que van por el buen camino y haciendo lo correcto para difundir nuestra historia por todo el mundo. Espero que los esfuerzos que hacen estos jóvenes y sus amigos aquí puedan mejorar nuestra situación”.

*

Como ilustran los vídeos filmados por Firas y otros residentes, Duma sufre frecuentes ataques aéreos de las fuerzas sirias y rusas, incluso cuando las facciones en combate han acordado un alto el fuego. Desde la casa de Abdullah, se oye el sonido de los aviones rugiendo en el cielo, los cilindros metálicos silbando en el aire y los misiles chocando contra el suelo. Nihad y Maysa han sido testigos de ataques que masacran a todo tipo de personas -niños, padres y ancianas- y, a través de su trabajo como activista de medios, Firas también ha visto mucha violencia. Periódicamente se precipita con la Nikon D7100 a la escena de un bombardeo para documentar las consecuencias, un empeño peligroso, dada la costumbre del régimen de atacar el mismo lugar por segunda vez, una estrategia conocida como “doble tap”. En 2015, Firas corrió hacia el lugar de un ataque cuando un segundo misil se estrelló a varios metros de donde estaba. En ese momento aceptó su muerte, me dice más tarde, pero, gracias a una pared que no se derrumbó con el primer ataque, quedó protegido de la explosión y casi salió ileso.

“Cada vez siento como si fuese el final”, dice Firas. “Escucho el sonido de los aviones de guerra o de los cañones, luego, de acuerdo con su sonido, predigo su dirección. Es como el sonido de la muerte acercándosenos desde el cielo. Estos pocos segundos son como minutos. Entonces la bomba golpea la tierra. Estás atrapado entre cenizas y escombros y todo a tu alrededor está completamente gris con lluvia de metralla. Entonces empiezas a oír los gritos de los vecinos”.

Debido a los continuos bombardeos y la inminente expectativa de los que se avecinaban, Firas y Muhannad intentaron en una ocasión sacar a escondidas de Duma a sus padres y tres hermanos menores, idealmente hacia Turquía. Conociendo el coste astronómico, estaban dispuestos a quedarse si pudiese suponer que los demás llegasen a lugar seguro. Pero el coste por cabeza era demasiado elevado para trasladar a cualquiera, no digamos a dos adultos y tres niños. Entonces decidieron mantenerse unidos, un núcleo de siete, rezando continuamente a Dios para que los mantuviese fuera de peligro.

“Cuando cae una bomba, siempre pienso en mi familia y cómo puedo salvarles de este infierno”, dice Firas. “Siento como si aquí los misiles escogieran a la gente uno a uno y grupo por grupo. A veces siento como si estuviéramos haciendo cola”.

*

El 12 de noviembre, representantes de las Naciones Unidas, la Media Luna Roja Árabe Siria y el Comité Internacional de la Cruz Roja pudieron ingresar en Guta Oriental para hablar con los residentes sobre el empeoramiento de la crisis humanitaria. Firas estuvo presente e hizo un video de ocho minutos.

Además de su cámara, llevó la foto de un bebé demacrado que había muerto recientemente de desnutrición. Mientras descansaba de la filmación, se acercó a algunos de los visitantes, les mostró la imagen y aprovechó la oportunidad para describir la situación de su familia, así como los horrores que había visto.

“Lo más importante que quiero que el mundo sepa es que somos humanos”, le dice Firas a una mujer con chaleco de la Cruz Roja. “Tenemos derecho a vivir en paz con libertad, justicia y dignidad, al igual que deberían vivir todas las personas. Por eso hemos estado luchando durante siete años. El mundo puede ayudarnos haciendo que Assad abandone nuestro hogar”.

Después de horas de reuniones y discusiones informales, los visitantes se despidieron y, con la ayuda del personal de seguridad, salieron de manera segura del este de Guta mientras Firas y cientos de personas observaban. Con muchas fotos nuevas y una película guardada en su tarjeta SD, Firas regresó a casa y posó su equipo mientras la luz del sol se ponía tras las ventanas frontales de la casa de los Abdullah. Sus padres se reunieron con él en la oscuridad y discutieron si el esfuerzo marcaría alguna diferencia. Estuvieron de acuerdo, como lo hacen frecuentemente, en que era poco probable que se produjese un cambio significativo.

Sin embargo, Firas se sintió obligado a cargar los eventos del día en los medios, por lo que agarró su computadora, se puso un par de auriculares y se conectó a diversos canales de redes sociales. Maysa fue a la cocina a encender leña y juntar la comida que tenían. Nihad se dirigió hacia el tejado.

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