Siria y el problema de la solidaridad de izquierda

Autoras: Donya Alinejad y Saskia Baas      |       Traducción: Jessica Buendía

Publicado originalmente en inglés en: Salvage      1/03/2018

Desde enero, Siria ha experimentado escaladas de violencia y bajas civiles en dos áreas de conflicto. Afrin, el enclave kurdo a lo largo de la frontera turca, ha visto un aumento en los combates desde que el ejército turco ingresó a la zona por la fuerza el 19 de enero de este año. Hasta la fecha, la lucha ha dejado alrededor de 112 civiles muertos. Mientras tanto, en Guta Oriental, a sólo unas horas en coche de Afrin, el ejército sirio está acabando con los últimos grupos de resistencia mediante una brutal campaña de exterminio en la que los civiles son blanco sistemático. Fortalecido de manera decisiva por la Fuerza Aérea Rusa y las fuerzas terrestres iraníes, el derramamiento de sangre recuerda al asalto a Alepo hace poco más de un año, en el que murieron más de 30.000 sirios. El número de muertos civiles en Ghouta Oriental ha aumentado para incluir a 1.070 civiles en los últimos tres meses.

A medida que se desarrolla la tragedia en Afrin, las plataformas de izquierda de Norteamérica y Europa han estado difundiendo las demandas de grupos armados kurdos para solidarizarse con las víctimas de la violencia militar en el distrito norteño de Afrin, en Siria. Tal solidaridad es muy necesaria y merecida, pero también lo es la solidaridad internacional con los civiles en otras partes de Siria. En cambio, la izquierda occidental ha permanecido en gran parte en silencio frente a la masacre sin trabas en Guta oriental. La sorprendente hipocresía nos obliga a reexaminar cómo se aplica nuestro concepto de solidaridad internacional a las víctimas desarmadas de esta guerra.

El problema de la solidaridad selectiva

A los observadores occidentales en todo el espectro político les ha costado durante mucho tiempo comprender la complicada historia del conflicto sirio y relacionarse con el cambiante paisaje revolucionario del país. La respuesta de los liberales de la corriente principal en el Reino Unido y los Estados Unidos ha sido el uso cínico de momentos de indignación pública por los crímenes de Assad, para examinar el objetivo geopolítico estadounidense de limitar el control regional ruso e iraní. En contraposición a esto, una parte significativa de la izquierda occidental ha evitado todas las críticas al liderazgo sirio, iraní y ruso en nombre de la resistencia al imperio de EE. UU. Esto los ha llevado a elaborar campañas mediáticas para borrar cualquier señal de la revolución contra Assad. Somos testigos de los efectos preocupantes que esto tiene entre los activistas de izquierda occidental, cuyo compromiso selectivo con las crisis en Siria resulta en expresiones casi exclusivas de solidaridad con el movimiento revolucionario kurdo.

Los acontecimientos recientes han hecho que las dolorosas limitaciones de este enfoque selectivo sean particularmente evidentes. Al ocuparnos de la legítima defensa de Afrin contra el asalto del ejército turco contra los kurdos sirios, la matanza masiva de civiles ocurre simultáneamente en otras partes de Siria. La situación en Afrin es urgente, pero en Idlib y Ghouta ha sido urgente durante años.

Antes del estallido de la revolución en Siria, el régimen de Assad había tomado medidas enérgicas contra las protestas kurdas, especialmente en Al Qamishli en 2004 y 2005, donde se utilizaron fuerzas militares extremas y arrestos en masa. Y cuarenta años de gobierno baazista hicieron continuas tentativas para erosionar la identidad kurda a través de políticas de arabización, hasta el punto en el que el solo hecho de darle un nombre kurdo a un niño acarreaba riesgo de detención y desaparición forzada.

Pero cuando las protestas populares se extendieron por Siria durante 2011, reactivaron los ideales revolucionarios tanto en las áreas kurdas como en las áreas con poblaciones principalmente árabe sunita. Esta vez, la respuesta del régimen sirio a estas revoluciones tuvo dos vertientes: por un lado, las demandas árabes de reforma fueron sofocadas con brutal violencia; por otro lado, la revolución kurda se manejó mediante la cooptación. De esta manera, Assad se adelantó a un levantamiento árabe-kurdo que amenazaría el control del régimen, marcando un cambio táctico de la violencia excesiva con la que se habían enfrentado las revueltas kurdas en el pasado.

El contraste entre esta opresión previa y el espacio relativo que se le ha otorgado más recientemente a la “Federación Democrática del Norte de Siria” (o “Rojava”) debe entenderse como parte de los esfuerzos de Assad para mantener pacificada la resistencia armada kurda contra su régimen y aislar la lucha kurda de otros movimientos dentro de Siria. Lejos de ser una ruptura con el anterior fanatismo anti kurdo, esto señala una continuación del enfoque de Assad que busca mantener el poder avivando pragmáticamente el sectarismo a través de líneas étnicas y religiosas.

En los primeros años de la revolución, las alianzas árabe-kurdas se construyeron de forma incipiente. Pero más recientemente, durante el conflicto armado en el norte de Siria, Turquía ha conseguido reunir a las fuerzas de oposición árabes, incluido el Ejército Sirio Libre (FSA), para luchar contra las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), lideradas por los kurdos y respaldados por los EE. UU. Esto tuvo lugar a pesar de que ambos grupos habían resistido a Daesh juntos antes de este punto de inflexión en 2016. Además de la participación turca, varias otras partes de la rebelión armada continúan a flote a través del apoyo directo de ciertas potencias occidentales y estados del Golfo. La creciente dependencia del apoyo militar extranjero ha exacerbado tanto la fragmentación de estos grupos como su divergencia de los ideales y tácticas de las manifestaciones pro-democráticas y no sectarias que tuvieron lugar en 2011. También continúa socavando las iniciativas locales que surgen, particularmente, en áreas que no están bajo el control de Assad o Daesh.

A pesar de las reivindicaciones compartidas contra el régimen de Assad y el interés común de alzarse en su contra, los movimientos revolucionarios kurdos y árabes han sido divididos por influencias nacionales y extranjeras. Para cualquier partidario de los movimientos populares anti-dictatoriales, esta situación debe registrarse como trágica. Para aquellos de nosotros en Europa y Norteamérica interesados ​​en construir una solidaridad de izquierda que se involucre con las luchas revolucionarias sirias, la tarea es hacerle justicia a esta historia. Esto significa reconocer los orígenes y destinos compartidos de las múltiples revoluciones de Siria. No menos importante es que la autodeterminación del pueblo kurdo en Siria no estará garantizada por ninguna alineación precaria en tiempos de guerra, sino que está intrínsecamente ligada a la dinámica de la revolución del pueblo sirio. Por lo tanto, nuestra solidaridad debe tener principios, evitando el apoyo preferencial que refuerza indirectamente las tácticas autoritarias de dividir y conquistar, una de las características de los regímenes contrarrevolucionarios de la región, especialmente el de Assad.

Frente a nosotros mismos

Nociones crudas de antiimperialismo han arrojado durante demasiado tiempo análisis dudosos sobre Siria y el Oriente Medio. La contribución de la izquierda a menudo ha estado dominada por un “campismo” poco sofisticado en el que el enemigo de nuestro enemigo no debe ser criticado. Esto ha tomado formas sorprendentes y contradictorias: una petición reciente pide a los líderes de Rusia, Irán y los EE. UU. a “garantizar que Turquía no viole la soberanía de las fronteras sirias”. La petición fue firmada, entre otros, por Noam Chomsky, Michael Hardt y David Graeber. Sorprendentemente, la petición hace un llamamiento a los autores clave de los crímenes de guerra en Siria para obtener ayuda en la protección de Afrin.

Hay multitud de formas en las que podemos explicar ese giro, entre ellas un centrismo euro-americano en el que las posiciones de la izquierda simplemente reflejan y son dictadas por las de sus oponentes liberales, los vínculos ideológicos de larga data de la izquierda occidental con el PKK, el sectarismo de izquierda, la negativa a actualizar las categorías expiradas de la Guerra Fría, la ignorancia incidental y la pereza, y la relativa sofisticación de las redes de comunicación del YPG/J y sus formas de comunicación con las audiencias occidentales. Terminamos relacionándonos con Siria como una guerra lejana en la que nuestra tarea, como izquierda, es simplemente discutir y seleccionar la facción armada a la que es correcto apoyar. Pero esto deja fuera a las iniciativas menos espectaculares, pero igualmente valientes, para la autoorganización que todavía están en marcha en varias partes del país y entre su diáspora de refugiados; casos convincentes como la reciente campaña de mujeres contra las desapariciones forzadas. Al ignorar éstos, renunciamos a nuestros principios clave de defender el valor de las vidas humanas frente al militarismo, los intereses del estado y las fronteras divisivas.

Nuestro internacionalismo debe cultivar la voluntad de comprender la complejidad de la política, la sociedad y la cultura sirias, a medida que se desarrolla en la vida cotidiana, bajo las circunstancias actuales de coacción extraordinaria. En lugar de caer en el humanitarismo apolítico, defender las vidas de aquellos brutalizados por la violencia se basa en una solidaridad internacional, que registra la supervivencia en este contexto como una lucha. Del mismo modo, nuestra acogida y hospitalidad hacia aquellos que huyeron de Siria en los últimos años no debe sofocarlos en una victimización pacificada políticamente. Debemos buscar y escuchar lo que una variedad de activistas políticos e intelectuales sirios de izquierda tienen que decir sobre Siria. Sus experiencias migratorias y la autoorganización diaspórica son parte de la historia de la revolución siria, un recurso inagotablemente rico para comprender y aprender de las realidades de esta importante lucha contemporánea. Es una lucha que perdura en muchos de ellos y contiene un conocimiento íntimo de las nociones de discriminación racial y étnica, estado penitenciario, privación política y políticas neoliberales contra las que también luchamos. Las grandes diferencias contextuales hacen que la articulación del terreno común sea aún más profunda.

En resumen, dejemos de acercarnos a Siria en la forma en la que un poder colonial se acerca a la guerra civil de su sujeto, calculando qué intervención(es) forzada(s) respaldar y luego extendiendo con vehemencia la propaganda de guerra del partido elegido. Centrémonos, en cambio, en construir un socialismo que modesta pero consistentemente ponga en práctica la idea internacionalista radical de que habitamos el mismo mundo que todos aquellos que luchan por una existencia humana digna.

 


Donya Alinejad es una antropóloga sobre migración y medios, ha realizado investigaciones sobre diásporas iraníes y turcas. Es investigadora postdoctoral en la Universidad de Utrecht.

Saskia Baas es socióloga y posee un doctorado de la Universidad de Amsterdam. Ha realizado una extensa investigación sobre los movimientos armados revolucionarios en Sudán y Siria.


Foto de portada: Manifestantes sirios con la bandera kurda y la bandera de la revolución, durante una concentración en solidaridad con los presos políticos frente a la sede de las Naciones Unidas en Geneva (Foto de: Flores en Daraya. CC BY-NC-ND 2.0)

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