Acerca de mi madre en Damasco

Autora: Doha Hassan      |      Traducción: Elena Cal

Publicado originalmente en árabe en: Daraj (febrero 2018)

Versión en alemán en: Rosa Luxemburg Stiftung (marzo 2018)

Mi sueño era inestable y lleno de preocupaciones, como mi cuerpo acostado en la cama. Sin embargo, decidí seguir intentándolo. Seguía mirando mi teléfono móvil, pero rehusaba tomarlo. Mi deseo era dormir, aunque solo fuera durante una hora, pero no lo conseguí. Hasta que entró la luz del día en mi habitación y lo consideré como una invitación a levantarme.

Agarré mi teléfono y abrí WhatsApp. Encontré un mensaje de mi madre preguntándome cómo estaba. No he visto a mi familia desde hace mucho tiempo. Ha llegado a un punto en el que están ausentes de mi vida. Así me justifico por mis respuestas lapidarias y charlas breves con ellos. Respondí sucintamente y pregunté cómo estaban. “Ayer no pudimos dormir en absoluto debido al bombardeo”, respondió ella. “Eso es normal. El régimen está matando Ghouta”, dije, tratando de ignorar la naturaleza personal de la conversación y ocultar mis sentimientos de impotencia, por no poder soportarlos. Aún así fallé, porque sus palabras sonaron más fuertes que el ruido de los proyectiles. “La casa tiembla con cada misil lanzado desde Damasco, por no mencionar los proyectiles de mortero que golpean a diestro y siniestro. Esta vez estoy preocupada”.

Por un momento permanecí en un estado de extraña parálisis, porque me preocupaba que nada fuera un lugar común. Confundida, escribí una respuesta estúpida: “¡No tengas miedo!” No tenía ni idea de qué más decirle. “No tengo miedo. Solo reza por nosotras”, respondió.

Mi madre y mi hermana viven en Damasco, al otro lado del lugar donde tiene lugar el suceso más sangriento de los últimos tiempos. En realidad, viven en el mismo lugar. La casa familiar no está lejos de la montaña de Qasioun, desde donde la artillería dispara sus misiles hacia Ghouta Oriental, en las afueras de la capital. Los residentes de Damasco sienten inmediatamente la vibración del suelo cuando un cohete sale de la boca del cañón. Ven el humo ascendente en sus cercanías. Los barrios próximos están invadidos por el olor a metralla y sangre, la sangre de los cadáveres que no ven. Al mismo tiempo, contra ellos son lanzados indiscriminadamente proyectiles de mortero por Jaysh al-Islam, que ha tomado el control de Ghouta en los últimos años, y por la Faylaq al-Islam, Hay’at Tahrir al-Sham y Ahrar al-Sham.

Los habitantes de la capital tienen miedo de perecer por pura casualidad en su gran prisión, bajo el firme y brutal control del régimen. Paralelamente a los habitantes de Ghouta, los habitantes de Damasco experimentan un tipo de miedo diferente. En Ghouta no mueres accidentalmente, sino que escapas de casualidad. A pesar de las diferentes circunstancias, en ambos lugares el miedo no deja escapatoria.

“El régimen sirio, con el apoyo ruso, continuó el bombardeo pesado sobre Ghouta Oriental por cuarto día consecutivo. Al menos 106 civiles fueron asesinados. Esto eleva el número total de víctimas a al menos 250 muertos desde el domingo pasado. Ghouta Oriental, ubicada en las afueras de Damasco, ha estado asediada herméticamente por unidades del régimen desde 2012. El 21 de agosto de 2013, una brutal masacre con armas químicas mató a 1.600 personas, en su mayoría niños, además de cientos de heridos».

Antes del domingo pasado, las noticias sobre Siria eran algo marginal entre los titulares de los medios y las redes sociales. A pesar de los informes continuos durante los últimos siete años, nadie ha sabido curar este paciente llamado Siria. Siria finalmente cayó en coma y se convirtió en un cadáver viviente. Los eventos actuales en Ghouta llegan como una descarga eléctrica que lo reanima y vuelve a aparecer en los titulares. Las redes sociales han lanzado muchas campañas con diferentes títulos. Los informes sobre Ghouta han sido portada en los medios árabes e internacionales. Además, figuras influyentes y líderes árabes e internacionales se encontraron para discutir la situación de Ghouta en reuniones de crisis, conferencias y encuentros en varios países.

En este momento el observador está en un estado de extrema excitación, ¡detengámonos un momento! ¿No hemos visto una repetición de todo lo anterior, ya sea por acción o reacción, en cada evento brutal  al que los sirios han estado expuestos? ¿O fue solo una ilusión que precedió a lo que hemos visto? Estoy hablando de los sentimientos que siente alguien que cree que ya ha visto o experimentado una situación presente (un déjà vu).

Lejos de la escena a las 6 de la tarde. En un frío glacial, visto un jersey de verano, un suéter de invierno y una chaqueta ligera. Además, un pantalón de algodón negro, sobre los vaqueros, y una gruesa chaqueta de invierno. ¡Todas estas capas unas sobre otras solo para comprar un paquete de cigarrillos! En el camino, llevo mi teléfono móvil para seguir los eventos en Ghouta. De repente, veo la imagen de un adolescente en todas las páginas de mis amigos en Facebook. ¡Espera un momento! Este párrafo ya lo he escrito, no, ¡he visto esta imagen antes!

La foto muestra a un joven apoyado contra una pared semidestruida. No vemos sus rasgos faciales. Su cabeza está inclinada hacia abajo. ¿Duerme? Su ropa está cubierta de gris, al igual que su cabello enmarañado en medio del caos. ¡Mira de cerca! Su ropa y el suelo bajo sus pies y a su alrededor están empapados de sangre. ¡Acércate a la imagen! Definitivamente hay orificios de bala en sus brazos y manos. Parece que las balas quedaran allí atrapadas. ¡Aléjate ahora un poco de la imagen! Vemos a un adolescente con la cabeza gacha. Excesivamente tranquilo, sentado en la esquina de una pared en ruinas, cansado, como si estuviera completa­mente agotado. No mira a la cámara. ¿Está durmiendo? ¿Está muerto?

¡Mira la fecha de la foto! La han hecho hoy. Es una imagen actual. Me mareé tanto que casi pierdo el conocimiento. Miré la pantalla detenidamente, luego miré a mi alrededor. Mi corazón comenzó a acelerarse y lo sentí encogerse, sofocándome casi. La fecha es de hoy. Pero estoy segura de estar viviendo algo en el pasado. Mis manos temblorosas alcanzan de nuevo la pantalla y veo otra imagen.

En el cuadro de la foto se ve una mesa de metal en un hospital de campaña, sobre ella cuatro cadáveres de niños yacen boca arriba. La sangre cubre sus pequeñas caras y se esparce en diferentes partes del cuerpo. Tres niños yacen uno al lado del otro, pero el más pequeño se encuentra entre las piernas de la niña del medio. Todos tienen los ojos abiertos, excepto uno. Al menos eso es lo que creo, porque su cara está girada hacia la derecha, frente a los demás. Todos miran hacia arriba. Ninguno de ellos mira a la cámara. ¿Todavía estáis vivos? ¿Estáis muertos?

He visto esta imagen antes, aunque haya sido tomada hoy. Pienso en las declaraciones de las Naciones Unidas y la Cruz Roja. Las Naciones Unidas piden el fin del “brutal exterminio masivo” en Ghouta. La Cruz Roja exige acceso inmediato a Ghouta y espera lo peor. También he leído estas dos explicaciones antes, pero nuevamente la fecha de emisión es la hora actual.

Mi temperatura corporal va en aumento. En cuestión de segundos, me veo salir de mi cuerpo, pararme detrás de mí, mirarme como si fuera un personaje en una película que ya he visto. Me apresuré a regresar al apartamento y abrí la computadora. Abro mi archivo personal, el archivo que aún no he publicado, y leo:

“Hay un niño pequeño de cinco años sentado en una silla naranja. Sus rasgos faciales aparecen razonablemente claros. Solo están borrosos por el gris y el rojo que cubre la mitad de su cara. En él se refleja el caos que le rodea. El pequeño cuerpo está callado, demasiado. No llora. No grita. Mira con un ojo muy abierto a la cámara, mientras que el párpado del otro ojo cae hacia el centro de la pupila. ¿Todavía está vivo? ¿Está muerto?

Esta imagen se propagó en agosto de 2016 como extracto de un video tras el bombardeo de un edificio en la ciudad de Alepo. Los barrios del este de la ciudad, que luego cayeron, resistieron hace un año y siete meses a los fuertes ataques de los combatientes sirios y rusos. El fotógrafo Mahmoud Raslan, que tomó la foto para Agence France-Presse, comentó en ese momento: “Por lo general, pierden el conocimiento o comienzan a gritar. Pero Imran permaneció en silencio, mirando confundido, como si no hubiera entendido lo que le había sucedido”.

En el mismo texto, leí lo siguiente: “Innumerables cuerpecitos yacen uno junto al otro en el piso. En la imagen no se ve una gota de sangre, solo niños con los ojos cerrados. La mayoría está en pijama. Nadie mira a la cámara. ¿Duermes? ¿Estás muerto?

Cuatro imágenes del pasado y el presente. Parece como si los hechos fueran la copia de una copia. Siempre las mismas imágenes, todas tomadas en el mismo país. Como si el tiempo no avanzara linealmente, sino que se superpusiera a una parte de sí mismo hasta perderse por completo. Por lo tanto, el tiempo se vuelve tan rápido como la luz, totalmente inafectado por el movimiento de la fuente o del observador e independiente del evento y del punto de vista. En este punto, uno se escapa de la existencia.

Estas imágenes no son nada fuera de lo normal. No sorprenderán a nadie que haya seguido la situación en Siria durante los últimos años. Lo que es inquietante es la propia reacción humana ante los eventos y el hecho de que su procesamiento vaya más allá de cualquier marco temporal. Nos despiertan un sentimiento familiar, aunque negativo. Es un sentimiento que aparece una y otra vez, no se debilita con el tiempo, sino que simplemente ya no se percibe a diario. Las imágenes personales y los sentimientos que nos acompañaron en ese momento nunca desaparecen por completo. Por el contrario, afectan al desarrollo de nuestras emociones y respuestas, y con el tiempo se convierten cada vez más en la fuente velada de nuestro ser presente. Basta que una imagen similar nos llame la atención para sacudir el “contenedor de acontecimientos”. Esta mirada hace de la nada una existencia real que incluye percepción y sentimiento. Al mismo tiempo, la existencia pasada y presente se funden en una unidad en el mismo momento.

Un día, mi madre me dijo que estaba conmigo, aunque eso era imposible debido a la distancia. Pero en estos días, por primera vez, siento que parte de mí está con ella. Mi situación actual no tiene nada en común con la suya, pero vivimos al mismo tiempo. Mientra yo estoy inmersa en este pensamiento, me llega un nuevo mensaje suyo. En lugar de leerlos, escribo este texto. No tengo palabras, solo impotencia sin sentido. Someterme a esta impotencia justifica mi largo silencio.

 


Imagen de portada: Casco antiguo de Damasco. Foto de Franco Pecchio (CC BY 2.0)

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