El ciclo de Siria: asedio, morir de hambre, rendirse, vuelta a empezar

Autor: Nour Alakraa      |      Traducción: Elena Cal

Publicado originalmente en inglés por: WSJ     |     23 de marzo de 2018

Paso el día tratando de llegar a los sirios que se esconden de la guerra todavía diluviando sobre ellos, incluso mientras trato de olvidar mi propia experiencia de esa guerra hace seis años.

En las últimas semanas, he podido conectarme por teléfono y mensajes de texto con personas en Guta Oriental, el suburbio de Damasco. Se refugian en sótanos y túneles, buscando comida para alimentar a sus hijos hambrientos. Manifiestan sentimientos valientes incluso cuando oigo sus voces estremecidas por el miedo.

Estoy avergonzado de algunas de las preguntas que debo hacerles: ¿Cómo te sientes? ¿Cómo se vive bajo tierra? ¿Qué sucede cuando los cohetes impactan cerca? A veces responden bruscamente: ¿Preguntas en serio?

Solo entonces les digo que soy de la ciudad de Homs, del barrio de Baba Amr, el primer lugar que el régimen de Bashar al-Assad asedió y bombardeó para someterlo, en 2012. El gobierno quería forzar a los rebeldes a retirarse pero también hacer de la ciudad un ejemplo.

Esta revelación establece un vínculo inmediato entre yo, un periodista sirio exiliado en Alemania, y ellos, sirios que están siendo bombardeados por su propio gobierno. Guta Oriental es uno de los últimos enclaves rebeldes que el régimen quiere capturar mientras consolida el control.

Antes de Guta Oriental fue Wadi Barada. Y antes de eso, Alepo. Y antes de eso, muchas otras ciudades y barrios, demasiados para enumerarlos. Todos sujetos a la misma táctica de asedio y bombardeo: morir de hambre o rendirse.

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Foto del autor, Nour Alakraa, en Baba Amr, 2012. (Cortesía de Nour Alakraa para WSJ)

Baba Amr, una zona de bajos ingresos en las afueras de Homs, fue el escenario de muchos de mis recuerdos más felices de la infancia, como el niño mimado, el pequeño de cinco. Cada mañana iba a comprar pan de pita recién horneado y un trozo de tarta o pastel a la panadería del vecindario. El dueño, Abu Hasan, nunca me llamó por mi nombre. Se refería a mí como ibn al aanseh -hijo de la maestra- una muestra de respeto hacia mi madre, que era la directora de la escuela primaria.

A los 16 años, tuve mi primera cita en un pequeño claro en Baba Amr que apenas podía llamarse parque. No tenía dinero para invitar a la chica a un refresco o una bolsa de patatas fritas. Nos sentamos en un banco y hablamos durante horas.

Mis padres dieron prioridad a nuestra educación y nos animaron a aprender inglés. Mi papá siempre decía: “El inglés te ayudará en el futuro”. En 2010 comencé mi primer año en la universidad de Homs, donde estudiaba ingeniería civil.

En 2011, cuando el empeño del pueblo sirio en participar en la “Primavera Árabe” se convirtió en una guerra civil, Baba Amr fue una de las primeras áreas tomadas por los rebeldes antigubernamentales y pronto se convirtió en un objetivo del régimen. Cuando dispararon sobre gente que conocía, me convertí en activista y usé mis conoci­mientos de inglés para contactar con organizaciones de derechos humanos.

Lo que experimentamos en Baba Amr palidece en comparación con lo vivido por los residentes de Guta, pero puedo verlo reflejado. Conozco la respuesta a mi propia pregunta periodística sobre el sonido de un cohete que se aproxima: el zumbido aterrador hace que te preguntes si este será el momento en que tu alma abandone el cuerpo.

Después de unos 20 días de incesante asedio y bombardeo, huí de Baba Amr con otros que se habían escondido conmigo. Esperamos hasta el anochecer y nos escabullimos hacia a la periferia del vecindario, que había sido tan bombardeado que la mayoría de los puntos de referencia eran irreconocibles. Finalmente llegamos a una cañería de agua sin terminar, que medía aproximadamente metro y medio de alto por un metro de ancho.

Durante dos horas caminamos inclinados a través de la tubería húmeda. El olor a moho era sofocante y no había luz visible al final para guiarnos. Cuando finalmente llegamos a la abertura, teníamos que estar callados y no podíamos encender un solo cigarrillo porque había un puesto de control del ejército cerca.

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Baba Amr, Homs, durante el asedio. 13/04/2012. Foto de: Freedom House (CC BY 2.0)

En los seis años desde que dejé Baba Amr, he tratado de dejar atrás estos dolorosos recuerdos y poner de relieve el sufrimiento del pueblo sirio. Me inspiré en la valiente periodista estadounidense Marie Colvin, que trabajó para el británico Sunday Times.

Marie y yo vivíamos en la misma vivienda en Baba Amr, alquilada por un grupo de activistas, y cuando más tarde se mudaron los periodistas, me convertí en un “fixer” (guía local) ayudándoles a circular en áreas peligrosas y encontrarse con las fuentes (de información). Cuando Marie y yo pudimos escapar, me sentí aliviado y feliz de estar a salvo, pero ella no podía dejar de pensar en las personas que seguían atrapadas y regresó.

Llamó a la CNN, BBC y otros medios televisivos para decirles a los televidentes: “El ejército sirio está bombardeando sin más una ciudad de civiles sufriendo hambre y frio”. Murió al día siguiente, cuando los proyectiles alcanzaron su edificio.

La idea de que Marie haya sacrificado su vida para ayudar a mi pueblo me mostró el camino. Me hice periodista para tratar de contar estas duras verdades sobre lo que estaba sucediendo en Siria y tal vez incitar a los líderes extranjeros a hacer algo para detener el derramamiento de sangre.

En 2012, Siria no era tan complicada como muchos líderes occidentales dicen que es ahora. Esperaba que las Naciones Unidas y las potencias civilizadas del mundo intervinieran rápidamente para forzar una solución política. No sucedió.

Continué informando sobre aquellos que no lograron salir de Siria. Ello significaba que nunca me alejaba de mis propios recuerdos de guerra y a veces los sentimientos que provocaban eran tan crudos como el día que los experimenté por primera vez.

En 2015, cuando un residente de la ciudad de Moadamiya, asediada durante dos años, me contó sobre el hambre extrema que estaban sufriendo, lo entendí. Recordé no haber comido durante dos días y sentirme como si estuviera borracho, sin poder pensar bien o tomar una decisión.

En 2016, cuando vi las imágenes desde Alepo de Omran, el niño de cinco años, magullado y ensangrentado que sacaron de entre los escombros y atrapó brevemente la atención del mundo, recordé haber visto a mis vecinos y a sus hijos corriendo descalzos por las calles para escapar de las bombas que aterrizaban a su alrededor. Recordé haber visto los cuerpos destrozados de niños en el hospital de campaña y me pregunté: “¿Por qué se lo merecían? ¿Por qué estaban siendo atacados tan lejos de las líneas del frente? ”

Ahora, a medida que el régimen de Assad captura más y más territorio de Guta Oriental, me ha resultado más difícil conectarme con mis fuentes sobre el terreno. ¿Todavía están vivos? ¿El régimen los ha arrestado?

Mi ansiedad por ellos me trae recuerdos de los días en que las fuerzas del régimen avanzaban hacia Baba Amr, tomando el barrio calle por calle, llevándonos a un reducto cada vez más pequeño. Todavía puedo sentir ese pánico, como una mano que agarra mi estómago desde adentro. Temíamos ser atrapados y arrestados, sin saber lo que nos harían los soldados. Uno de mis amigos sugirió que nos escondiéramos en un pequeño tanque de agua en el techo de su casa. Al final, huimos. No he vuelto desde entonces.

Cuando las fuerzas de Assad irrumpieron en Baba Amr, saquearon la casa de mi infancia y robaron mi bicicleta, mi televisor, e incluso mi oso de peluche. Mi familia ahora está dispersa entre Homs, Líbano, Arabia Saudita y Alemania.

Guta terminará bajo el control de Assad, como todas las áreas sitiadas anteriormente. Algunos huirán de sus hogares, como yo, con la esperanza de que sus hijos puedan regresar algún día. Otros se quedarán y sufrirán más, lo que parece ser el castigo contra el pueblo sirio por osar levantarse y resistir a su brutal gobierno.


Imagen de portada: Residentes de Guta durante la operación de evacuación/desplazamiento. Foto de SY24.

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