‘Los hospitales eran mataderos’: un viaje a los pabellones de tortura clandestinos en Siria

Autor:  Louisa Loveluck y Zakaria Zakaria     |       Traducción: Mariana Morena

Publicado originalmente en inglés en: The Washington Post, 2 de Abril 2017.

BEIRUT – Una noche en los primeros días del levantamiento en Siria, la banda de activistas de Mohsen al-Masri se deslizaba por las calles de Damasco esperando a que se despejase el panorama. Más tarde se agacharon, abrieron sus bolsas y dejaron salir una corriente de color.

Miles de pelotas de ping-pong, pintadas de verde, rosa, azul y amarillo, rebotaron frente a los policías que se apuraron en detenerlos. Los residentes encontrarían pelotas escondidas en rincones y grietas durante meses. Cada una marcada con una sola palabra: “Libertad”.

El castigo para los actos de protesta pacífica de Masri sería un viaje al infierno, inusual no por lo que vio, sino porque sobrevivió.

En una serie de entrevistas, describió cómo fue torturado e interrogado durante un período de dos años en cuatro centros de detención, antes de llegar a un hospital en el corazón del sistema nacional de terrorismo.

El hospital, conocido como 601, no es el único sitio de tortura en Siria. Pero después de ser visto en una serie de fotografías que mostraban miles de cadáveres esqueléticos, se convirtió en uno de los más famosos.

Dentro de la instalación, a aproximadamente un kilómetro y medio del palacio del presidente sirio Bashar al-Assad, los enfermos encarcelados son torturados mientras yacen encadenados a camas atestadas de hombres moribundos, de acuerdo con Masri, y ex-detenidos y militares que trabajaron allí. Los cadáveres son amontonados en baños, letrinas y en cualquier otro lugar donde encajen, luego se los documenta meticulosamente y se los transporta en camión para un entierro masivo.

En entrevistas en Líbano, Turquía y Europa, más de una docena de sobrevivientes y desertores del ejército describieron los horrores en los hospitales militares sirios en todo el país, en relación con los cuales abogados de crímenes de guerra dicen que les cuesta encontrar un paralelo moderno.

Los ex detenidos vienen de todos los ámbitos sociales. De la élite, la clase trabajadora, izquierdistas e islamistas, cuya conexión fue la participación en el levantamiento de Siria en 2011. Algunos fueron sus instigadores. Otros dijeron que simplemente habían comentado los estados de Facebook de amigos que apoyaban las protestas.

Los investigadores dicen que el testimonio y la documentación de los hospitales militares de Siria ofrecen algunas de las pruebas más concretas hasta la fecha de los crímenes de lesa humanidad por los que algún día podría verse a los altos cargos del gobierno juzgados en tribunales.

“Fuimos arrastrados al interior de un sistema que estaba listo para nosotros. Incluso los hospitales eran mataderos”, dijo Masri en una entrevista el mes pasado.

La medicina fue utilizada como arma de guerra desde los primeros días del levantamiento, cuando los médicos progubernamentales realizaban amputaciones a los manifestantes por lesiones menores.

Los hospitales militares de toda Siria reservaban guardas para los presos. Pero desde 2011, han están llenos de hombres hambrientos y quebrantados por las condiciones que ya han soportado.

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Más de 100.000 personas han sido arrestadas o desaparecidas por la fuerza en Siria desde que comenzó la revuelta en el país, según una lista compilada por la Red Siria de Derechos Humanos, un grupo de monitoreo. Durante ese tiempo, los grupos de ayuda internacional solo han tenido acceso a un puñado de prisiones con el permiso del gobierno, en ninguna de las cuales estuvieron los detenidos entrevistados por The Washington Post.

La terrible experiencia de Masri comenzó en la primavera de 2012 cuando fue arrestado de camino a una conferencia en Turquía. Torturado repetidamente mientras era trasladado de cárcel en cárcel, llegó a Sednaya, una de las más temidas.

En un informe publicado en febrero, Amnistía Internacional dijo que la tortura y el hambre forzada son sistemáticos en la prisión. Pero Masri dijo que los prisioneros aprendieron a guardar silencio cuando los guardias preguntaban quién necesitaba ir al hospital.

“No importaba lo que nos hicieran; teníamos que fingir que estábamos bien. La gente rara vez regresaba de esos viajes”, declaró.

Después de meses de inanición, el nombre de Masri se agregó a la lista de transferencias semanales. Al anochecer de un día de mayo de 2012, fue encadenado a otro hombre y llevado afuera a un camión. Mientras adhería un número al cuerpo de Masri, un guardia le dijo que olvidara su nombre. Luego le vendó los ojos.

Todo el mundo recibe la fiesta de “bienvenida”, contó Masri, una salvaje paliza que involucraba a guardias y personal médico con batas blancas sobre uniformes militares. En el Hospital 601, el hombre más débil fue arrojado al piso y el primero en ser brutalizado. En el cercano Hospital Militar Tishreen, un ex técnico de la instalación, Mohammed al-Hammoud, dijo que había visto a los prisioneros arrastrados por el pelo escaleras abajo.

“Todo se trataba de control”, dijo Somar Mustafa, un estudiante de física de Damasco que fue enviado al Hospital 601 a fines de 2012. Adentro vio detenidos encadenados a sus camas y empaquetados con tanta fuerza que se sentaban con sus rodillas incrustadas en  su caja torácica.

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Las pausas para el baño eran tan poco frecuentes que los reclusos defecaban donde estaban sentados, permaneciendo en el mismo lugar durante días. “Nos vendaban los ojos con ese olor a nuestro alrededor. No puedes olvidarlo, incluso cuando te vas”, dijo Mustafa.

Al menos cinco ramas de las fuerzas de seguridad sirias operan en salas dentro del Hospital 601 desde 2011, según la Comisión de Investigación de la ONU, un organismo creado para monitorear el conflicto. “A los detenidos, incluidos niños, los golpeaban, los quemaban con cigarrillos y los sometían a torturas que aprovechaban lesiones preexistentes”, decía en un informe de 2013. La comisión concluyó que muchos pacientes fueron torturados hasta la muerte dentro de las instalaciones.

El Hospital Militar de Harasta, también en Damasco, trasladó su sala del primer piso al séptimo para evitar que los detenidos escaparan, dijo un desertor. “Era el único piso sin ascensor, y sabíamos que no podían saltar por la ventana”.

Los investigadores dicen que los abusos podrían convertirse en pilares centrales ante cualquier eventual caso de enjuiciamiento de los médicos de los hospitales, así como de las figuras más importantes del gobierno sirio.

En 601, dijeron Masri y Mustafa, veían a oficiales de alto rango de las ramas de seguridad acompañando a los médicos en sus rondas. Algunas veces los equipos se detenían ante un prisionero para discutir su tratamiento. Otras veces los hombres lo golpeaban.

Los médicos eran ayudados por personal de servicio con uniformes azules, muchos de ellos antiguos partidarios de la revuelta que habían sido captados por sus carceleros. “Nuestros mejores hombres se quebraron por la tortura. Si no nos golpeaban, se arriesgaban a empeorar su propio destino”, dijo Masri.

Los guardias usaban apodos para evitar la identificación. Cuatro sobrevivientes dijeron que el más famoso era conocido como Azrael, o el Ángel de la Muerte. Lo describieron como un hombre fornido de Latakia, el bastión costero assadista, que llevaba un palo con cuchillas de afeitar. Dijeron que seleccionaba prisioneros, la mayoría de ellos enfermos terminales, para un destino que llamaba “justicia”. Los detenidos le llamaban ejecución.

Masri recordó que Azrael acercó un encendedor a una bolsa de plástico y la derritió gota a gota en la cara de un prisionero hasta que murió, al parecer de un ataque al corazón. Otros prisioneros dijeron que usó una barra de hierro para aplastar los cráneos de sus compañeros de piso.

Muchos morían donde yacían, aplastados contra sus compañeros hasta que llegaba la mañana. Para Mustafa, en el invierno de 2012 eso significó compartir una cama hasta el amanecer del día siguiente con tres cadáveres.

A medida que el levantamiento en el exterior se transformaba en una guerra, los ex prisioneros cuentan que sus interrogadores se obsesionaron con la noción de cómplices, torturando a los prisioneros para extraer los nombres de nuevos sospechosos para arrestarlos.

Los documentos firmados por altos funcionarios gubernamentales y de seguridad reconocían el aumento en las muertes, a veces quejándose de que los cuerpos se estaban acumulando.

“Es imposible interrogar, torturar y matar a decenas de miles de detenidos sin un sistema establecido”, dijo Scott Gilmore, abogado del Centro para la Justicia y la Rendición de Cuentas. “Antes de la revolución, el régimen no generaba miles de cadáveres. Pero de golpe, fue el caso. Entonces, ¿qué harían con ellos?

Una orden de diciembre de 2012 firmada por el jefe del departamento de inteligencia militar de Siria dio instrucciones a todas las ramas de seguridad para enviar a sus muertos a la morgue de un hospital militar. El documento, obtenido por la Comisión para la Justicia Internacional y la Responsabilidad, una unidad de investigación con base en Europa, dijo que cada cuerpo debía ser examinado y registrado.

Una valiosa colección de estas fotografías fue publicada en todo el mundo en 2014, después de ser sacada clandestinamente de Siria por un desertor de la policía militar conocido solo por su seudónimo clave, César. La mayoría se tomaron dentro del Hospital 601. Los cuerpos esqueléticos de niños de hasta 11 años mostraban señales de tortura, con los ojos arrancados y las extremidades perforadas y quemadas. Siguiendo el protocolo del gobierno sirio, César había documentado metódicamente las muertes de unas 11,000 personas.

“Hay que tener en cuenta que estas son solo las fotografías tomadas por un solo hombre durante un solo período e incluso así, son solo una fracción de lo que realmente registró”, dijo Nadim Houry, que examinó las fotografías de Human Rights Watch.

Recientemente, Assad describió las imágenes como “noticias falsas”, sugiriendo que habían sido adulteradas para satisfacer los objetivos de los grupos de derechos humanos.

Pero los desertores describen que transportaban cuerpos numerados en bolsas transparentes en el Hospital 601 y los hospitales militares cercanos en Tishreen y Harasta. Investigadores de las Naciones Unidas y bufetes de abogados privados han recopilado testimonios similares de las ciudades de Homs, Aleppo y Daraa.

A finales de 2012, el sistema se había desbordado, y la orden de diciembre reprendió a los departamentos militares individuales por no registrar a sus muertos a tiempo.

Aquellos que sobreviven son enviados a las cárceles cercanas, dice Masri. Otros, como Mustafa, son liberados en un tribunal de Damasco lleno de prisioneros y expulsados ​​de inmediato, después de que un juez reconozca habían sido obligados a hacer confesiones falsas bajo tortura. El joven dice que recuerda haber caído en los brazos de sus padres que sollozaban.

El alta de Masri de 601 lo envió de regreso a Sednaya. Siguió otro año de tortura, con noches pasadas en la oscuridad junto a otros hombres. Se sintió olvidado.

En el invierno de 2014, soñó que estaba tomando una ducha de agua caliente, y que su flujo le quitaba dos años de suciedad y lo dejaba limpio. Se despertó para encontrarse con un guardia en su celda. “Me dijo que era hora de irme”, dice Masri. “No puedo describir ese sentimiento. Era demasiado, demasiado grande. Indescriptible.”

De vuelta a casa en Damasco, dice, recuerda haber cerrado la puerta del baño para estar solo por un momento, cerrando los ojos para finalmente sentirse en paz. Cuando los abrió, vio a un hombre blanco como una sábana devolviéndole la mirada desde el espejo.

“Empecé a gritar”, dice Masri. No se reconoció a sí mismo.

 

Zakaria informó desde Estambul. Heba Habib en Estocolmo y Hania Mourtada en Beirut contribuyeron a este informe.

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