En primera persona: No hay forma de volver a casa en Raqqa

Autor: Mazen Hassoun      |       Traducción: Carlos Pérez Barranco

Publicado originalmente en inglés en: IRIN News, 30 de abril de 2018

Las calles eran mi parte favorita de Raqqa. Me daba igual la distancia, rara vez iba en taxi, y nunca conducía. Siempre caminaba para visitar a mis amigos o familiares.

Me puse a pensar en esto cuando vi un video que mi amigo Ahmad grabó recientemente con su teléfono en la ciudad donde crecimos. Raqqa era un desastre. Me dijo que todavía se sacaban cadáveres de los edificios destruidos, y que a veces el hedor era demasiado fuerte como para salir.

“Caminar por la calle y ver a tu amada ciudad reducida a ruinas y escombro es muy difícil de aceptar”, me envió en un mensaje por WhatsApp que leí aquí en Alemania, donde vivo actualmente.

Mi nombre es Mazen Hassoun. Tengo 21 años, soy un sirio nacido y criado en Raqqa, y ahora soy periodista ciudadano. No sé si algún día volveré a casa.

Cuando era pequeño pensaba que sería médico, tal vez ingeniero. Nunca pensé que me convertiría en periodista, y menos que informaría sobre la destrucción de mi ciudad. Nunca pensé que me convertiría en un refugiado. Y nunca pensé que tendría chats de WhatsApp sobre crucifixiones, y ahora sobre la destrucción de las calles en las que una vez jugué.

Pero eso es exactamente lo que ha sucedido. Después de que el llamado Estado Islámico tomara el control de Raqqa a principios de 2014, conseguí escapar a Turquía, y luego a Alemania.

Desde “el extranjero”, mi nuevo hogar, empecé a tuitear, publicar en Facebook y escribir en varios sitios web árabes para visibilizar el sufrimiento de mis amigos, compañeros de clase y miembros de mi familia. Escribí sobre lo que oía de aquellos que aún estaban dentro de Raqqa: ejecuciones, miedo y el reino de terror desplegado por ISIS. También escribí sobre el hambre, el deterioro de los servicios de salud y los ataques aéreos .

Como muchas personas de Raqqa, me sentí aliviado cuando ISIS fue expulsado de la ciudad el octubre pasado, después de meses de combates.

Ahmad, que arriesgó su vida para enviarme información y luego gastó gran parte de sus ahorros para que lo sacaran clandestinamente de la ciudad a un campamento y luego a un pueblo cercano, se sintió igualmente aliviado al escuchar que la lucha había terminado. Cuando escuchó que ISIS de verdad se había retirado, me dijo que la sensación era tan increíble que era como si tuviera otro hijo. “ISIS fue como una pesadilla”, escribió en un mensaje de texto. “Gracias a Dios que ahora hemos despertado”.

¿Volver?

No hay futuro para alguien como yo en Raqqa. Por ahora, planeo quedarme aquí. Todavía tengo que terminar el instituto en Alemania, y quiero estudiar periodismo. Tampoco estoy dispuesto a vivir bajo las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), la mayoría tropas kurdas respaldadas por EEUU que ayudaron a derrotar a ISIS y ahora controlan la ciudad.

Ahmad estaba más ansioso que yo por comprobar lo que quedaba de nuestra casa: tenía 25 años y se había refugiado en una casa de tres habitaciones con ocho familias, donde su esposa dio a luz a su primer hijo en lo que llamó una “situación extrema”. Él y su esposa volvieron a casa tan pronto como pudieron: hizo el viaje en diciembre pasado, y su esposa y su hijo le siguieron el mes siguiente.

En cierto modo tuvieron suerte: descubrieron que su casa en Raqqa seguía en pie, aunque todos los muebles habían sido saqueados.

Mi tío y mi abuela trataron de volver a su hogar, pero su casa de dos pisos había sido completamente destruida, al parecer por un ataque aéreo, y junto con ella, mis recuerdos de la infancia. En esos escombros jugaba con mis primos, dormía en el techo y miraba las estrellas.

La casa de mis padres fue alcanzada por algunos proyectiles, pero aún está en pie. Pero incluso si pudiera volver al balcón donde solía fumar shisha todos los días, no estoy seguro de querer hacerlo.

No reconocería las callejuelas donde los niños jugaban al fútbol usando piedras como porterías, y muchos de mis amigos y familiares han muerto y nunca regresarán.

Por supuesto, no sólo se trata de mí, mis amigos y mi familia. Sé que toda la ciudad está tambaleándose.

Reconstruir en un campo de minas

La ONU dice que muchas zonas de Raqqa siguen minadas y que del 70 al 80 por ciento de los edificios están destruidos o dañados.

Salal al-Muftah, miembro del grupo de periodistas ciudadanos Raqqa está siendo asesinada silenciosamente (RBSS), que proporcionó información al mundo durante el dominio de ISIS, me dijo que hasta ahora 260 civiles han muerto por las minas que quedaron de la ocupación de ISIS. La ONU estima que hay 50 víctimas por artefactos explosivos sin detonar cada semana.

Hace poco hablé con Mohammad Alobeed, el gerente de Early Recover Team ERT, una organización que está trabajando en la reconstrucción de Raqqa, incluida la limpieza de las calles de la ciudad.

Su equipo está tratando de reparar la red de agua. Esperan hacer lo mismo con la electricidad también, pero todavía no existe ningún plan (o financiación) para eso.

La ONU dice que “las condiciones no son propicias para el retorno”, debido a las minas, el daño a la infraestructura y la falta de servicios básicos.

Pero eso no impide que personas como Ahmad y otras 100.000 vuelvan a casa, a una ciudad que una vez tuvo una población de más de 300,000 en la propia ciudad, y casi un millón en la región colindante.

Todavía no hay hospitales operativos, pero recientemente Médicos Sin Fronteras abrió una sala de emergencias y una pequeña clínica en el este de Raqqa, donde el bebé de Ahmad vio a un médico por primera vez.

Ahmad ha reabierto su taller de reparación de automóviles y está tratando de seguir con su vida. Pero tiene que comprar agua en barriles de 20 litros para poder beber, lavar los platos o ducharse. Su familia necesita cinco barriles por día, y cada uno cuesta 200 libras sirias. Eso es solo 0.4 dólares, lo que es mucho para muchas personas en Raqqa.

Y por la noche, dice, sin electricidad, la ciudad se hunde en la completa oscuridad.

Ver todo esto desde la pantalla de mi teléfono ha sido devastador. Pero estoy intentando creer en un dicho que tenemos en Raqqa, una ciudad a orillas de un famoso río: “Mientras el Eufrates viva, Raqqa nunca morirá”.


Foto de portada: Una familia limpiando su casa de escombros en Al Mishlab, al este de la ciudad de Raqqa. Diala Ghassan / MSF)

 

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