La discrepancia sobre Siria, ecos de la Guerra Civil española y la batalla por la verdad en Guernica

Autor: Robert Mackey

Publicado originalmente en inglés en: The Intercept, 2 de mayo de 2018

Escuchando atentamente la airada guerra de palabras acerca de si el gobierno sirio usó gas venenoso en su asalto final a la ciudad de Duma, pueden detectarse ecos de una disputa similarmente acalorada que tuvo lugar durante otra guerra civil, hace ocho décadas.

En los días posteriores al bombardeo de la indefensa ciudad vasca de Guernica, el 26 de abril de 1937, el gobierno de España destacó lo que entonces era una atrocidad sin precedentes, el resultado de más de tres horas de ataques aéreos llevados a cabo por una flota de bombarderos despachados por Adolf Hitler y Benito Mussolini en apoyo de su aliado fascista, el general Francisco Franco.

En menos de 24 horas, como señaló el bloguero Joey Ayoub en una discusión sobre Siria la semana pasada, los portavoces de la junta rebelde de Franco ofrecieron una explicación alternativa. Guernica, dijeron los fascistas, no había sido bombardeada en absoluto, sino que había sido incendiada por sus enemigos en retirada como parte de una conspiración para ganarse la simpatía internacional.

La historia de cómo los agentes de prensa franquistas intentaron sembrar dudas sobre quién era el culpable de la aniquilación de Guernica –un ensayo para el bombardeo terrorista de ciudades civiles en toda Europa en los años siguientes- tiene hoy una clara resonancia, con funcionarios sirios y rusos trabajando para rodear el supuesto ataque químico del mes pasado en Duma en una neblina de incertidumbre. Siria y Rusia han centrado gran parte de sus esfuerzos en evitar informes independientes en el lugar del presunto ataque y presentar al público informes de organizaciones de noticias estatales y declaraciones de testigos en la intimidante presencia de funcionarios del gobierno.

Los primeros informes sobre la destrucción de Guernica, por el contrario, fueron presentados por cuatro corresponsales extranjeros que visitaron la ciudad mientras todavía estaba en llamas y pasaron horas entrevistando a testigos y evaluando la evidencia material. Esos informes sobrecogieron al público mundial, en particular un despacho del corresponsal del Times de Londres George Steer, que fue reimpreso en la portada del New York Times el 28 de abril de 1937.

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“Histórica ciudad vasca aniquilada. Aviones rebeldes ametrallan a los ciudadanos. Olas de aviones de tipo alemán lanzan miles de bombas y proyectiles incendiarios sobre Guernica, detrás de la línea de combate, mientras que los curas bendicen a los campesinos que llenan la ciudad durante un día de mercado.”

“Por la manera en la que fue ejecutada y el nivel de destrucción provocado, así como la selección de su objetivo, el ataque a Guernica no tiene paralelo en la historia militar”, escribió Steer. “Guernica no era un objetivo militar. A las afueras de la ciudad había una fábrica, productora de material de guerra, que permaneció incólume. También había dos cuarteles a cierta distancia de la ciudad. La ciudad estaba muy por detrás de las líneas de fuego. Aparentemente, el objetivo del bombardeo fue la desmoralización de la población civil y la destrucción de la cuna de la raza vasca. Toda la ciudad de 7.000 habitantes, más 3.000 refugiados, fue lenta y sistemáticamente arrasada”.

Aunque el informe de Steer, que inspiró a Pablo Picasso para comenzar a trabajar en su pintura sobre la masacre, era totalmente exacto, la oficina de prensa de Franco ofreció inmediatamente una versión alternativa, afirmando en un comunicado titulado “Mentiras, mentiras, mentiras”, que el presidente vasco, José Antonio Aguirre, intentaba culpar a la fuerza aérea fascista de los incendios provocados por sus propias tropas.

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Cuando se exhibió por primera vez en Madrid en 1981, el “Guernica”, la pintura de Picasso, estaba protegido por oficiales armados de la Guardia Civil. Associated Press

Tres días después del ataque, cuando Guernica cayó en manos fascistas, William Carney, un corresponsal del New York Times que trabajaba dentro del territorio fascista y cuyos despachos estaban sujetos a censura, informó que “se seguía discutiendo enfurecidamente sobre si la que fue prácticamente la destrucción de la antigua capital vasca había sido realizada por bombarderos alemanes que volaban para el general Francisco Franco o por los anarquistas”.

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“Los rebeldes lanzan fuego contra los ‘rojos’ de Guernica. Niegan que sus aviones volaran el día que la ciudad fue destruida – Dicen respetar a los vascos. Berlín niega [su implicación]. Califica de puras mentiras que participara un aparato alemán. Hace referencia a los británicos en India.”
“Los insurgentes acusan al enemigo en retirada de haber dinamitado y prendido fuego a Guernica antes de abandonarla”, informó Carney.

El corresponsal citó entonces la transmisión de una radio fascista que se reproducía en altavoces a lo largo del territorio que entonces estaba bajo el control de Franco: “Los prisioneros que tomamos ayer y el día anterior testificarán que vieron cómo habían prendido fuego a Guernica tras evacuarla. Tan pronto podamos, haremos que los periodistas extranjeros vean las ruinas de la ciudad”.

Al despacho de Carney siguió un informe sin firma que resume la reacción de un periódico adscrito al Ministerio de Asuntos Exteriores nazi en Berlín, que calificó “como puras mentiras los informes de que aviones alemanes participaron en el bombardeo de Guernica”. El periódico nazi también agregó una dosis de lo que ahora llamamos “whataboutism” (escapismo, “y qué me dices de…”) recordando al mundo “y particularmente a Gran Bretaña, que se ha recurrido con total libertad al bombardeo aéreo en el norte de India y Aden”.

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“El Diplomatische Korrespondenz, órgano semi-oficial del Ministerio del Exterior, tras calificar de puras mentiras los informes que apuntan a la participación de aviones alemanes en el bombardeo de Guernica, recuerda al mundo, y particularmente a Gran Bretaña, que el bombardeo aéreo ha sido libremente utilizado en el Noroeste de India y en Aden. El comunicado dice que esto fue evidentemente ignorado por la oposición en el Parlamento Británico. Ningún país deplora más que Alemania que todavía se utilicen métodos de guerra que resultan en el sufrimiento de las poblaciones civiles, dice el texto. Se destaca la propuesta del Canciller Adolf Hitler, el 21 de Mayo de 1935, mediante la cual propuso un acuerdo internacional que estigmatizase de barbáricos todos los bombardeos y los prohibiese de forma absoluta. Sin embargo, esta propuesta, dice el comunicado, “fue desafortunadamente ignorada por los poderes que en aquel momento pensaron poseer fuerzas aéreas muy superiores.”

“Las llamadas organizaciones Rojas Vascas de los alrededores de Bilbao”, dijo el periódico alemán, deberían ser “acusadas de haber difundido informes falsos para conseguir la simpatía extranjera”.

El informe de Carney apareció el 30 de abril de 1937 en el New York Times junto con un nuevo y contrapuesto despacho de Steer, quien informó desde detrás de las líneas gubernamentales en Bilbao que bombas incendiarias con marcas alemanas, como las que había visto en Guernica, habían sido utilizadas de nuevo en la ciudad de Galdácano.

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“En todas estas incursiones, los cazabombarderos Junkers y Heinkel circulan a cierta altura sobre la población por el efecto moral que así producen. Hoy, quince cazabombarderos volaron sobre Bilbao, bombardeando esporádicamente, y Galdacano fue atacado por primera vez con las mismas bombas incendiarias que habían destruido Guernica y Eibar. Durante media hora, Galdacano fue atacado esta tarde por 22 cazas y seis aviones de combate. Se lanzaron algunas bombas pesadas además de las numerosas bombas incendiarias. Muchas de las bombas incendiarias no llegaron a explotar. Estaban marcadas, como las que destruyeron Guernica, con el águila alemana y una marca de 1936 de la fábrica Rheindorf. Debido a la naturaleza dispersa del pueblo, que se extiende a través de la carretera principal, solo 12 casas fueron destruidas por el fuego. Este método militar ha sido a menudo asociado con otro afán, el empeño por modificar el efecto nocivo que está condenado a causar sobre la opinión extranjera . Esto es, la diseminación de noticias falsas y el uso ilimitado de propaganda.”

La nueva táctica alemana de bombardear ciudades vascas para aterrorizar a la población civil, agregó Steer, fue acompañada por “otro afán: el empeño en modificar el obligado efecto nocivo que está condenada a causar sobre la opinión extranjera”. Esto es, la diseminación de noticias falsas”.

OCHO DÍAS DESPUÉS del ataque, cuando las fuerzas fascistas que ocuparon Guernica habían eliminado las pruebas de municiones alemanas y rellenado cráteres, los periodistas extranjeros fueron llevados a una gira guiada para la prensa por la ciudad. Al igual que algunos reporteros occidentales llevados a Duma el mes pasado bajo escolta militar rusa, muchos de los reporteros que visitaron Guernica con fascistas españoles en 1937 archivaron oportunamente los informes sobre la causa de su destrucción como un misterio posiblemente irresoluble.

Un corresponsal del Times of London coligado con fuerzas fascistas, James Holburn, informó después del tour fascista por Guernica que no había podido encontrar los signos previsibles tras un intenso bombardeo y culpó al fuego de la mayor parte del daño. Lo que Holburn parecía ignorar era que, como su colega Steer ya había informado, los pilotos alemanes e italianos que destruyeron la ciudad habían arrojado una gran cantidad de bombas incendiarias, varias de las cuales, con marcas alemanas, no habían explotado y fueron vistas por Steer y otros tres periodistas en Guernica la noche del ataque. (Holburn admitió luego que gran parte de la información en su informe, que arrojaba dudas sobre la evidencia física de los bombardeos, había sido proporcionada por el presidente de una comisión de ingenieros civiles nombrados por Franco para llevar a cabo una investigación falsa sobre las causas de la destrucción en Guernica).

Cuando el informe de Holburn se reimprimió en el New York Times el 5 de mayo de 1937, apareció acompañado por otra pieza titulada “Bombing Evidence Lacking” (no hay evidencias de un bombardeo), escrito por Carney, quien unos días antes repetía acríticamente por escrito la narrativa con afirmaciones fascistas sobre los bombardeos de Guernica. El nuevo artículo de Carney fue presentado desde Guernica, adonde finalmente había llegado. “Este escritor descubrió que la mayor parte de la destrucción podría ser el resultado de incendios y dinamita, como afirman los nacionalistas”, escribió Carney, “porque las estructuras de muchos edificios sin techo todavía están en pie y cuando se dejan caer enormes proyectiles desde los aviones [sic] no ahuecan los edificios, dejando las cuatro paredes de pie”.

En un notable intercambio de opiniones contrapuestas, los informes de Holburn y Carney fueron seguidos inmediatamente en el New York Times del 5 de mayo de 1937 por una contundente refutación de la propaganda fascista, escrita por Steer, quien había presentado el primer informe de Guernica documentando los bombardeos fascistas. “La declaración emitida por el bando Nacional [rebelde] de que Guernica había sido destruida por ‘incendiarios rojos’ es falsa”, comenzó Steer. Después de citar el testimonio de un sacerdote católico, Steer recurrió a un relato de “la evidencia directa de que Guernica fue destruida por un bombardeo aéreo” basado en lo que vio allí en persona, solo horas después del ataque.

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“Esto ocurrió alrededor de las 9 y los periodistas, que había acabado su jornada laboral, oyeron las noticias sobre las 10 y se dirigieron inmediatamente hacia Guernica. Lo que vimos y las conversaciones que tuvimos con los vascos han quedado descritas. Las pruebas directas de que Guernica fue destruida por el bombardeo aéreo fueron las siguientes: Primero: La ciudad y los tejados que aún no se habían quemado contenían agujeros de bomba que no estaban ahí cuando visité Guernica el día anterior. Las bombas arrancaron los árboles o sus esquirlas el follaje. Tomé varios de estos fragmentos de bomba. Son exactamente del mismo metal que las bombas usadas recientemente por la aviación alemana de los rebeldes [del bando Nacional] en la primera línea del frente. Un colega periodista que iba conmigo recolectó tres bombas incendiarias, todas alemanas, fabricadas en 1936. El cónsul británico ha enviado una de ellas a Londres. Todo el mundo en la ciudad sabía que varias mujeres y niños habían quedado atrapados en un refugio anti-aéreo en la calle bajo la Casa de Juntas, y hasta a las inteligencias más retorcidas les tiene que quedar claro que las mujeres y los niños no van a los refugios anti-aéreos debajo de casas que están siendo quemadas por los ‘rojos’”
“Las bombas arrancaron los árboles o sus esquirlas el follaje”, escribió Steer. “Tomé varios de estos fragmentos de bombas. Son exactamente del mismo metal que las bombas usadas recientemente por la aviación alemana de los rebeldes [del bando Nacional] en la primera línea del frente. Un colega periodista que iba conmigo recolectó tres bombas incendiarias, todas alemanas, fabricadas en 1936. El cónsul británico ha enviado una de ellas a Londres”.

Aunque los oficiales de prensa franquistas continuaron insistiendo en que Guernica había sido incendiada por los vascos, y no, como ahora se sabe, por la Legión Cóndor de la Alemania nazi, cuando los aliados fascistas tomaron el control decisivo del norte de España en el verano de 1937, la mentira era cada vez más difícil de mantener.

Virginia Cowles, periodista estadounidense del Sunday Times de Londres, recordó en sus memorias que había sido llevada a Guernica en agosto de ese año por un agente de prensa voluntario, el millonario fascista llamado Ignacio Rosalles.

“Al llegar a Guernica encontramos caos solitario de madera y ladrillo, como una antigua civilización en proceso de excavación”, escribió Cowles más tarde.

Solo había tres o cuatro personas en las calles. Un anciano estaba parado dentro de un edificio de apartamentos que tenía los cuatro lados pero el interior era solo un mar de ladrillos. Su trabajo era limpiar los escombros y parecía un trabajo eterno, pues con cada ladrillo que arrojaba sobre su hombro, se detenía y secaba la frente. Acompañada por Rosalles, fui hasta él y le pregunté si había estado en la ciudad durante la destrucción. Asintió con la cabeza y, cuando le pregunté qué había sucedido, levantó los brazos en alto y declaró que el cielo se había ennegrecido con los aviones: “Aviones“. Dijo: “Italianos y Alemanes“. Roselles quedó atónito.

“A Guernica la quemaron”, contradijo acaloradamente. El anciano, sin embargo, se mantuvo en su posición, insistiendo en que después de un bombardeo de cuatro horas no quedaba nada por quemar. Rosalles me alejó. “Es un rojo”, explicó indignado.

Después de su visita a Guernica, recordó Cowles, Rosalles le dijo a un oficial de la comandancia del Ejército del Norte franquista que los habitantes de la ciudad “intentaron decirnos que había sido bombardeada, no quemada”.

El alto oficial sorprendió a Rosalles al responder: “Pero, por supuesto, fue bombardeada. La bombardeamos, bombardeamos y bombardeamos, y bueno, ¿por qué no?”


Imagen de portada: representación del Guernica de Picasso inspirada en Siria. Obra de Shazia’Ayn Babul.

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