Entre el infierno y la frontera sellada

Autor: Sadik Abdul Rahman      |      Traducción: Elisa Marvena

Publicación original en árabe en: Al-Jumhuriya, 29 de junio de 2018

Pocos esperaban una guerra a esta escala en la región del Horán, al sur de Siria, una meseta volcánica que se extiende desde el límite de Damasco y a través de las provincias de Quneitra, Sweida y Daraa hasta el noroeste de Jordania. Desde mitades de Febrero se viene oyendo hablar de forma imprecisa sobre una inminente batalla en Daraa, con los garantes regionales e internacionales decididos a dar la impresión de que el destino del Horán será diferente al de otras regiones, y que la gran altura de los asentamientos conseguirá ahorrarle a esta llanura revolucionaria la guerra de extermino y desplazamiento que ha arrasado otras zonas del país. Sin embargo, es evidente que el régimen de Damasco no está dispuesto, o no puede, desistir de las prácticas que se han convertido en su marca distintiva de guerra.

Warda al-Yassin, quien ha escrito varios artículos para Al-Jumhuriya en árabe (éste traducido al inglés) sobre la reciente situación en Daraa, no pudo escribir en esta ocasión, ya que se encontraba de viaje, buscando refugio en dirección a la frontera jordana, después de que todo a su alrededor comenzase a convertirse en un infierno. “Warda al-Yassin” es el pseudónimo de una mujer del Horán que esperaba que el futuro cercano le otorgase una vida mejor. Las fuerzas aéreas rusas tenían otros planes.

Cuando hablo con Warda, escribiendo a través de la aplicación de Messenger, lo primero que me dice es que está “muy triste”—no enfadada, ni asustada, sino triste. Cuando pude ponerme en contacto con ella, un informe no confirmado que circulaba entre sus compañeros refugiados decía que la ciudad de al-Hirak; el “icono de la revolución,” como la llaman la gente del Horán; había caído en manos de las fuerzas del régimen tras cientos de ataques aéreos que la habían reducido a cenizas.

Hace sólo unos pocos meses, Warda había escrito sobre la vuelta a la vida en al-Hirak, donde ella vivía hasta que comenzó la reciente campaña militar. Dice que abandonó la ciudad junto a la mayoría de sus habitantes cuando se incrementó el bombardeo, hace aproximadamente una semana. No esperaba que la escala de los ataques fuera tan enorme, y pensaba, al igual que muchos de los que huyeron con ella, que volvería pronto. Desde al-Hirak fue primero hacia el sur, a Saida, de donde se marchó ayer con otro grupo cuando la batalla se convirtió en matanza con la llegada de la fuerza aérea rusa; el horizonte ardía en todas las direcciones.

Warda dice que se fue de Saida por miedo al intenso bombardeo, y a la posibilidad del avance de las fuerzas del régimen. La única dirección posible era la frontera jordana que está ahora completamente sellada, después de que los oficiales jordanos declararan que su país no albergaría ni a un refugiado sirio más, añadiendo que si la ONU quisiera ayudar a cualquier otro nuevo desplazado, tendría que hacerlo sobre suelo sirio.

Los medios de comunicación del régimen sirio hablan de la existencia de pasajes seguros hacia las zonas que éste controla, y parece que hay familias que han optado efectivamente por esta alternativa, habiendo sido transferidas inmediatamente después a campamentos. Según Warda, ésta es una posibilidad para aquellas personas que están seguras de no ser buscadas por el régimen, o sin miembros de su familia buscados por cualquier actividad de oposición; y para nadie más, siempre y cuando el régimen continúe torturando hasta la muerte a sus detenidos. La idea de reunir en campamentos a las personas forzosamente desplazadas hace por sí misma que muchos no vean con buenos ojos la salida a través de los pasajes del régimen.

Junto con sus compañeros, Warda llegó a la zona junto a la frontera jordana, cerca de la ciudad de Naseeb en el extremo sur de la provincia de Daraa. Describe el lugar en el que ahora reside junto con varias familias como “una pequeña casa hecha de bloques, con un techo de hojalata, usada originalmente por campesinos durante la época de cosecha de la aceituna. Tiene un tamaño de unos cuarenta metros cuadrados, con un pequeño aseo, y un pozo de agua enfrente.”

Esta pequeña casa campestre no es la única en el lugar, sino que está rodeada por muchas otras similares, todas ellas llenas hoy de personas desplazadas. Se encuentra en una pequeña colina mirando al norte hacia la llamada “ruta de la guerra” y, al sur, hacia los valles divididos por la frontera jordana. A ésta le sigue inmediatamente el pueblo de Jaber, y después la ciudad de Mafraq. Warda dice que no llega a ver bien la valla de alambre desde donde está, pero todo el mundo sabe que la cercana frontera está repleta de cámaras de vigilancia y puestos del ejército jordano, por lo que a nadie se le ocurre siquiera acercarse. También en aquellos valles se encuentra el cruce fronterizo por el que el régimen luchó tan desesperadamente el año pasado, sin éxito; el cruce de Naseeb, del que se dijo era uno de los asuntos polémicos más intratables durante las negociaciones a puerta cerrada sobre el destino de la zona sur de Siria.

La adyacente “ruta de la Guerra” es la única carretera que conecta las campiñas al este y al oeste de Daraa (Warda escribió un artículo sobre ello en Enero). Es una vía de sustento vital para las zonas de la campiña de Daraa fuera del control del régimen, y que en este momento cruzan cientos de coches llevando gente de este a oeste, hacia Quneitra.

Se me ocurre que la batería del teléfono móvil de Warda podría agotarse, así que le digo que deberíamos terminar la conversación por si necesitase la batería restante, pero me contesta que la gente ha traído consigo baterías externas portátiles y paneles solares. Todo el mundo cuida de sí mismo, pues no existen organizaciones o asistencia que llegue del otro lado de la frontera. Miles de personas desplazadas internas han quedado abandonadas a lo largo de la frontera con Jordania.

Desde la colina, los desplazados llegan a ver claramente los helicópteros y aviones de combate lanzando sus misiles y barriles explosivos, así como se puede escuchar el sonido de las incursiones, los enfrentamientos y el fuego de artillería, especialmente en los frentes cercanos de la ciudad de Daraa. Allí, las facciones luchan por su vida, pues si el régimen consigue avanzar hacia la frontera jordana, amputaría el acceso entre las campiñas al este y al oeste, y seccionaría la ruta de la guerra.

Warda dice que ella y sus amigos piensan avanzar hacia el oeste, a través de la provincia de Daraa, hacia la campiña de Quneitra, junto a la frontera con los Altos del Golán ocupados, a donde ya han llegado miles de desplazados, creyendo que los aviones de combate no atacarán posiciones cercanas a los soldados israelíes en la zona de distensión supervisada por la ONU. Minutos después llega la noticia de que un avión ha bombardeado el pueblo de al-Rafeed, cerca de Quneitra, y olvidan la idea, una idea que se les había ocurrido tras dar por seguro que las autoridades jordanas no abrirían las fronteras ni otorgarían ayuda alguna.

Ayer por la tarde, activistas jordanos comenzaron una campaña en línea con la consigna “Abran las fronteras”, pidiendo a su gobierno que diese la bienvenida a los refugiados sirios, sin resultado por ahora. Después, informes no verificados hablaban de negociaciones y de un alto el fuego de 24 horas, el cual pronto quedaría claro que Rusia y sus aliados no pretendían respetar, mientras que los mismos informes decían que Moscú se negaba a aceptar cualquier otra cosa que no fuera la rendición incondicional del Horán a las fuerzas del régimen.

Los civiles en Daraa hacen muchas preguntas, dirigidas no al régimen ni a Rusia, por supuesto, sino a las facciones armadas de la oposición; preguntas relacionadas con el apagón mediático sobre el curso de la batalla, y sobre la realidad de la situación, de las negociaciones encubiertas llevadas a cabo –y que quizás aún continúan– y de los posibles acuerdos que los civiles ignoran, aunque sean ellos los que vayan a pagar el precio por ellos. Esta opacidad y este caos, dice Warda, han levantado interrogantes sobre las facciones, llevando a muchos en el Horán a pensar que quedan armas pesadas sin usar dentro de sus almacenes, y que detrás de las declaraciones oficiales sobre la resistencia y la victoria existen acuerdos y entendimientos tácitos de una naturaleza distinta.

Staffan de Mistura, enviado especial de la ONU en Siria, dice fríamente que el escenario de Ghuta Oriental está a punto de repetirse en Daraa, lo cual lamenta pues complica el trabajo de su consejo constitucional. Rusia dice que no se retirará del acuerdo de distensión en el sur, mientras que sus aviones se encuentran arrasando vidas y demoliendo hospitales. El gobierno jordano dice que ya ha llevado a cabo al máximo sus deberes humanitarios, a la vez que afirma que no proveerá ayuda a ningún sirio más. Éste es el mundo que enfrenta hoy la gente del Horán, y algunos aún se aferran a la esperanza; la “esperanza”, como dice Warda al final de su testimonio, “de vivir lo suficiente como para contar la historia.”

 


Imagen de portada: Hombre mayor parte del grupo de desplazados de Daraa, esperando la apertura de las fronteras. Foto de Mastafa al Hoorane

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