Ataque sobre Daraa: “El régimen de Asad ha ganado la guerra contra su propio pueblo”

Autora: Loubna Mrie      |      Traducción: Elena Cal

Publicación original en inglés en The Nation, 11 de julio de 2018

El 28 de junio, un misil cayó sobre la casa del vecino de Saeed en la ciudad de El Taebah, en la provincia de Daraa en Siria. La explosión no solo convirtió la casa en escombros, destruyó también la mitad de la casa de Saeed, la habitación de sus hijos y la sala de estar.

“Mis vecinos habían huido solo una hora antes. De haberse quedado, no sé si estarían con vida”, me dice Saeed en una llamada por Skype (pidió que no usara su apellido para proteger su seguridad).

“Cuando me calmé del shock y procesé lo que acababa de pasar, decidí marcharme. Empaquetamos todo lo posible en nuestro coche, y yo, mi mujer y mis seis hijos condujimos hacia el sur, con la esperanza de poder cruzar a Jordania el mismo día”, recuerda Saeed.

La región de Daraa se enfrentaba al peor ataque militar desde que los rebeldes tomaron el poder en 2012. A principios de julio, decenas de personas habían sido asesinadas, incluidos niños y niñas. La mayoría de las instalaciones educativas y de salud en Daraa, situada al sur de Siria, en la frontera con Jordania, estaban cerradas o completamente fuera de servicio debido a los ataques aéreos generalizados.

Según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), el ataque obligó a más de 271.800 personas a huir de sus hogares desde el 2 de julio: 164.000 se trasladaron a Quneitra, cerca de la frontera con Israel y 60.000 más terminaron, como Saeed y su familia, en la frontera jordana, esperando que se les permitiera cruzar (finalmente, huyeron más de 300.000). Pero los funcionarios en Jordania, que alberga ya a más de 650.000 refugiados provenientes de Siria, no permitirán que entren más debido a factores económicos y de seguridad.

“Pedí a los soldados jordanos detrás de la alambrada que dejaran entrar a [mi hija de 4 años]. Si yo les doy miedo, pues bien, pero déjenla pasar a ella, podría morir. Les supliqué”.

“Pero la gente esperaba que esto cambiara y que las fronteras se abrieran al menos para los niños y las mujeres”, dice Saeed.

“Al mediodía llegamos a la zona libre, cerca del cruce de Naseeb [un paso fronterizo cerca de la ciudad siria de Naseeb, donde solía haber una zona comercial libre de impuestos]. El área no estaba preparada para recibir a miles de personas. No había pan, ni agua potable, y es tierra seca, sin sombra. Nos sentamos debajo de carpas improvisadas que construimos con sábanas traídas de casa”, recuerda Saeed.

“Dos días después mis hijos comenzaron a enfermar. La combinación del calor extremo que alcanzaba los 43 y la falta de agua potable era mortal. Mi hija menor, que tiene 4 años, tuvo fiebre y llegó a vomitar todo lo que comía. Cuando comenzó a alucinar, la sostuve en mis brazos, me acerqué más a la valla y pedí a los soldados jordanos detrás de la alambrada que la dejaran entrar. Si yo les doy miedo, pues bien, pero déjenla pasar a ella, podría morir. Les supliqué”.

Su ruego cayó en oídos sordos. “Solo pasan los gravemente heridos”, respondieron, sin siquiera mirarla. De hecho, su afirmación no era del todo cierta: muchos heridos sangraban justo al lado de la valla, pero tampoco se les permitía cruzar.

“Vi a una mujer, a la que le faltaba parte de un brazo, estaba sangrando y lo tenía envuelto en una toalla”, dice Saeed. “Siguió suplicando y sangrando hasta que se desmayó”. Luego la llevaron al lado jordano. Aún no sé si ha sobrevivido”.

Las lesiones y el calor no fueron los únicos problemas que padecieron las personas desplazadas en la frontera. Según OCHA, también murieron por picaduras de escorpión, deshidratación y enfermedades contraídas por el agua contaminada. Y no se les proporcionó ningún medicamento.

“En las noticias locales, las autoridades jordanas afirmaron que nos estaban distribuyendo comida y ayuda, pero no dijeron cómo. Echaban latas de atún y sardinas a las personas que estaban más cerca de la valla. La gente desesperada por comer corría hacia la valla, empujando a los demás contra el alambre. En mis 39 años, nunca sentí tanta humillación”.

 

“Sí, volví porque nos quedamos con dos opciones: morir por deshidratación en la frontera jordana o admitir que hemos perdido esta guerra”.

 

“La salud de mis hijos empeoraba a diario. Así que comencé a considerar el regreso”, dice Saeed. “Prefiero morir bajo las bombas en mi casa que ser humillado en las fronteras”.

El 4 de julio, Rusia negoció una tregua entre el gobierno sirio y los rebeldes. El gobierno sirio emitió una declaración pidiendo a las personas que abandonasen las fronteras y regresasen a sus hogares, alegando que nadie sería arrestado.

Saeed, al igual que otros miles de sirios en la frontera jordana, regresó con su familia a su casa semiderruida, de la que había huido nueve días antes. Hoy, de los 60.000 iniciales, solo 150-200 sirios permanecen en la frontera jordana.

“Sí, volví porque nos quedamos con dos opciones: morir por deshidratación en la frontera jordana o admitir que hemos perdido esta guerra y aceptar la vida bajo un gobierno contra el que Daraa provocó un levantamiento”.

Ahora hay medios como Al Mayadeen, un canal libanés de televisión pro-Hezbolá, o como la televisión estatal siria, que celebran la victoria, con una cobertura especial desde el cruce fronterizo de Naseeb. Los analistas hablan de cómo los autobuses del gobierno trasladarán a las personas recientemente desplazadas desde la frontera jordana a sus aldeas, que ahora están controladas por el gobierno sirio.

Afirman que estas personas desplazadas fueron obligadas a abandonar sus aldeas porque los rebeldes les aterrorizaron, no debido al reciente ataque del gobierno. Y que ahora han vuelto porque los rebeldes acordaron una tregua. No se mencionan las terribles condiciones en la frontera jordana ni el incesante bombardeo del gobierno sirio sobre las ciudades y pueblos de Daraa por el cual se vieron forzados a huir.

Ahora, Daraa, la que fue una de las primeras ciudades en rebelarse contra el gobierno, muestra su lealtad al presidente Bashar al-Assad, a punta de pistola. El gobierno sirio ha ganado de verdad. Ha ganado la guerra contra su propia gente.

 

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