Sobre “Indefendible: Democracia, contrarrevolución y la retórica del imperialismo”, de Rohini Hensman

Autor: Joey Ayoub      |      Traducción: Elena Cal

Publicación original en inglés en Hummus for Thought, 3 de julio de 2018

Rohini Hensman comienza su libro “Indefensible: Democracy, Counterrevolution, and the Rhetoric of Antiimperialism” (Indefendible: Democracia, contrarrevolución y la retórica del antiimperialismo) con dos simples preguntas: ¿Cómo se ha utilizado la retórica del antiimperialismo para apoyar las contrarrevoluciones antidemocráticas en todo el mundo? ¿Y qué podemos hacer al respecto?

Las preguntas surgieron de su propia experiencia como activista sindical y feminista de Sri Lanka radicada en India. Hija de “padres que se opusieron sistemáticamente al imperialismo en todas partes del mundo” como “parte de un apoyo más general a la democracia y los derechos humanos”, quiso entender cómo algo aparentemente tan “prohumano” (el antiimperialismo) podría usarse para justificar lo que es intrínsecamente “antihumano” (la opresión de Estado). Ella estructura su ensayo ubicando a los “pseudo-antiimperialistas” en tres categorías: los dos primeros son los tiranos e imperialistas que utilizan el antiimperialismo para desviar la atención de sus propios crímenes y los neoestalinistas que regularmente sirven como apologistas del imperialismo ruso. En cuanto a la tercera tendencia, posiblemente la más común por su capacidad de adoptar el lenguaje del progresismo e incluso de la solidaridad para minimizar o apoyar diversas formas de opresión. Esta tendencia “parece incapaz de lidiar con la complejidad, incluida la posibilidad de que haya más de un opresor en una situación particular”.

Pero más allá de esto, Hensman argumenta que esta tendencia, que ha llegado a dominar grandes segmentos de los autoproclamados antiimperialistas, depende de “un centrismo occidental que los hace ajenos al hecho de que las personas en otras partes del mundo también tienen agencia, y que pueden ejercerla tanto para oprimir a los demás como para luchar contra la opresión; un orientalismo que se niega a reconocer que los pueblos del Tercer Mundo pueden desear y luchar por los derechos y libertades democráticas que se dan por sentadas en Occidente; y una total falta de solidaridad con las personas que sí emprenden tales luchas”. Aquí Hensman se une a quienes han intentado explorar esta tendencia, cada vez fortalecida en los últimos años. El disidente sirio Yassin Al-Haj Saleh, que pasó 16 años en prisión por pertenecer a un partido comunista de oposición, argumenta que los pseudo-antiimperialistas habitualmente niegan a los sirios la “agencia epistemológica“. La anarquista británico-siria Leila Al Shami lo llama ‘el antiimperialismo de los idiotas’.

Como ya mencionamos, el viaje de Hensman comienza en Sri Lanka cuando, después del final de la guerra civil en 2009, el régimen gobernante de Rajapaksa “afirmó ser antiimperialista cuando las naciones de la UE, Canadá y algunas otras en el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas solicitaron una investigación independiente y la rendición de cuentas por el enorme número de muertes civiles, así como el acceso irrestricto de las agencias humanitarias a cientos de miles de personas desplazadas internas (PDI) detenidas en campamentos militares”. Rajapaksa utilizó el antiimperialismo y obtuvo el apoyo de Cuba , Nicaragua, Bolivia y otros países, incluidos Rusia y China, finalmente aprobando una resolución “encomiando al gobierno a atender las necesidades de las personas desplazadas internas”. En 2014, cuando fueron evidentes los crímenes del gobierno en áreas de mayoría tamil ocupadas por militares en el norte y el este, así como su brutal represión de la disidencia en todo el país, el boliviano Evo Morales ofreció a Rajapaksa el premio Paz y Democracia. “Cuando la población de Sri Lanka finalmente logró provocar el cambio de régimen en 2015, no fue gracias a estos pseudo-antiimperialistas”, continúa Hensman, refiriéndose a la sorpresiva elección de Maithripala Sirisena en enero de ese año.

Pero el alcance del libro de Hensman es más aún ambicioso. Dividido en tres secciones: “comprensión del imperialismo”, “estudios de casos específicos” y “la búsqueda de alternativas”, analiza Rusia, Ucrania, Bosnia, Kosovo, Irán e Iraq, y dedica dos capítulos a Siria. Con el estudio de cada caso, Hensman adapta su propio análisis del imperialismo y del capitalismo global, realizado en la primera sección, a las particularidades de los países analizados. Su objetivo es nada menos que “sugerir narrativas alternativas en cada caso, proporcionando suficientes detalles como para permitir que los antiimperialistas de verdad, activistas contra la guerra, socialistas y humanitarios de otros países identifiquen a las personas con las que deberían expresar su solidaridad”.

En la última sección, Hensman sugiere cinco maneras de combatir las tendencias reaccionarias entre la izquierda pseudo-antiimperialista: (1) buscar y contar la verdad; (2) devolver la moral y la humanidad a la política; (3) luchar por la democracia; (4) poner el internacionalismo en primera plana; y (5) presionar para que las instituciones globales promuevan los derechos humanos y la democracia. Si bien cuatro de estas sugerencias no parecen polémicas, la necesidad del internacionalismo es de particular urgencia. Sin minimizar las demás, que siguen siendo componentes necesarios de lo que se requiere para avanzar en la construcción de un internacionalismo serio que podría aliarse con las luchas por la libertad y la justicia en todo el mundo. Más bien, traer el internacionalismo al centro del escenario es un desafío contra uno de los conceptos más autoritarios que la mayoría de la izquierda mundial da por sentado hoy en día, a saber, el del nacionalismo económico. Esto incluye a entidades supranacionales como la Unión Europea, que predica el internacionalismo dentro de las fronteras de la Europa Fortaleza mientras que las militariza para mantener alejadas a algunas de las personas más vulnerables del mundo.

El marxista ucraniano Roman Rosdolsky, reflexionando en 1948 sobre “el tema teórico particularmente diabólico, la cuestión nacional, cuya horripilante actualidad había sido demostrada por la infame política de Hitler hacia los judíos y otros “Untermenschen” (infrahumanos), así como por la menos conocida de Stalin, y solo algo menos letal, las políticas hacia las nacionalidades no rusas en la Unión Soviética, “concluyeron, entre otras cosas, que así como la clase obrera no es socialista o revolucionaria de facto, tampoco es internacionalista de facto. En otras palabras, debemos “adquirir primero, mediante un arduo esfuerzo, la actitud internacionalista que sus intereses históricos generales exigen de ella”. Digo ‘nosotros’ en lugar del original ‘proletariado de cada país’ utilizado por Rosdolsky porque este último parece tener menos resonancia con el público actual y es probable que quede obsoleto en nuestra era de catástrofe y automatización climática antropogénica.

Existimos dentro de los confines de la sociedad capitalista y desafiarla requiere un trabajo serio sobre nosotros mismos y con los demás. La ausencia de internacionalismo, como es obvio hoy en día, está alimentando a la extrema derecha y otras fuerzas reaccionarias (incluso entre los autodenominados izquierdistas). Si la izquierda quiere utilizar el nativismo contra los nativistas de derecha, por ejemplo, sugiriendo que el Partido Laborista del Reino Unido ‘se hará cargo de la inmigración ilegal’, solo conseguirán convertirse en socios de facto de la xenofobia mientras se vuelven, en el mejor de los casos, irrelevantes o en el peor, un obstáculo para aquellos cuyas vidas son destrozadas por las fronteras. Lo mismo ocurre con Bernie Sanders cuando pone especial atención en los trabajadores estadounidenses que pierden empleos en favor de los trabajadores en Vietnam, China y América Latina (sin mencionar que no reconoce el papel mucho mayor de la automatización en la inevitable pérdida de empleos). Como lo expresó el difunto teórico Moishe Postone: la derecha (aquí, Trump) es mucho mejor nacionalista que la izquierda (aquí, Bernie). Y la construcción del internacionalismo también requiere los otros cuatro componentes propuestos por Hensman. Después de todo, hay anti-imperialistas fascistas y supremacistas blancos transnacionales que intentan organizarse entre sí. Elogian el régimen ‘blanco‘ de Assad por aplastar la disidencia, aterrorizan a los refugiados desde Francia a Australia y demonizan a los musulmanes y/o a las personas negras y/o transexuales, al tiempo que se obsesionan por controlar el cuerpo de las mujeres, independientemente de las fronteras. Sin una oposición internacionalista a esta alt-right internacional, ¿cómo vamos a tener éxito?

Decir ‘Los [indicar nacionalidad] primero’ es eliminar a las clases trabajadoras que no están dentro de las fronteras del estado y, en el proceso, refuerza los argumentos de Trump/Orban/Mohdi/Netanyahu [y demás] de que ‘ya no estamos ganando’. Como argumenta Hensman: “El capitalismo es intrínsecamente global, y lo ha sido aún más durante el último medio siglo; a menos que la oposición al mismo sea igualmente global, el capitalismo siempre vencerá. Globalizar la oposición incluso al neoliberalismo, en primer lugar, requiere organizarse a través de las fronteras nacionales, lo que se ve facilitado por la libertad de movimiento a través de esas fronteras. El cierre de las fronteras, como quiere hacer la extrema derecha, solo sabotea la lucha contra el neoliberalismo. “Esta noción fundamental es ignorada con demasiada frecuencia por aquellos que ya tienen el privilegio de la libertad de movimiento. Y lo mismo vale para el antiimperialismo. Un antiimperialismo que no sea internacionalista no puede ser efectivamente antiimperialista. Así como el anticapitalismo siempre fracasará sin el internacionalismo, también lo hará el antiimperialismo. En lugar de tachar de excepciones a ignorar a aquellos en la izquierda que no se oponen a los regímenes autoritarios de todo el mundo, deberíamos preguntarnos, primero de todo, por qué son tan efectivos silenciando a las personas anti-autoritarias.

Es de esperar que el trabajo de Hensman ayude a justificar la introspección, una introspección que exige la construcción de la comunidad y la solidaridad independientemente de las fronteras. “Es absolutamente necesario reconstruir una base intelectual y política para la crítica y buscar el cambio en el mundo, pero el antiimperialismo metropolitano resulta totalmente inadecuado para esta labor”, escribió en una ocasión Al-Haj Saleh. “Ha absorbido las tendencias imperialistas subordinadas y está cargado de eurocentrismo y vacío de cualquier contenido democrático real. Un mejor punto de partida para la crítica y el cambio sería observar los conflictos reales y las relaciones reales entre las partes en conflicto”.

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