Recogiendo los pedazos: Cómo ha cambiado la sociedad siria

Autores: Equipo Synaps Syria     |       Traducción: Carlos Pérez Barranco

Publicación original en inglés en www.synaps.network.com, 6 de agosto de 2018

La guerra de Siria ha transformado el país de manera sutil y devastadora. Aunque muchas evoluciones son a peor, otras inspiran un optimismo cauteloso: los sirios han demostrado un ingenio implacable para adaptarse a cada etapa de un conflicto horrendo, conservando restos de dignidad, solidaridad y vitalidad en medio de unas circunstancias de pesadilla.

Por lo general, lo han hecho en sus propios términos, haciendo frente a cambios ignorados por prácticamente todos los que dicen ayudarlos o representarlos. Estas transformaciones están muy alejadas de las conversaciones de paz y de la política de poder, y rara vez se tienen en cuenta en los esfuerzos de ayuda. Al parecer, esquivan el creciente grupo de forasteros que pueden visitar Siria, quienes a menudo comentan que las cosas son más “normales” de lo que pensaban: Los cafés de Damasco están llenos de gente, las tiendas han comenzado a reabrir en Alepo y los funcionarios de diversas nacionalidades llegan cargados de planes demasiado optimistas para el futuro.

De hecho, la sociedad siria se ha remodelado de una manera que llevará tiempo distinguir. Una reevaluación exhaustiva es necesaria si queremos comprender incluso las realidades más básicas de Siria, mientras sigue existiendo y evolucionando en la actualidad. Para calibrar la magnitud de estos cambios, los relatos de los sirios comunes y corrientes proporcionan la guía más poderosa.

No es país para jóvenes

La aniquilación de la población masculina de Siria representa, posiblemente, el cambio más fundamental en el tejido social del país. Mientras que una generación de hombres se ha visto reducida por la muerte, la discapacidad, el desplazamiento forzado y la desaparición, los que se quedan han sido absorbidos en gran medida por un sistema violento y corruptor centrado en las facciones armadas.

Una familia alauí de una aldea costera nos ofrece una ventana al devastador estado de la población masculina de Siria, incluso en un territorio que ha permanecido firmemente bajo control gubernamental. De tres hermanos, uno murió en combate, otro quedó paralizado por una bala en la columna vertebral y un tercero, un funcionario de 30 años mal pagado, vive con miedo al servicio militar. Su madre resumía su difícil situación:

 “Estamos cansados de la guerra. Le di un mártir, y otro hijo está medio muerto. El más joven podría ser reclutado en cualquier momento. Espero que Dios ponga fin a esta guerra; los cementerios están llenos de jóvenes”.

La historia es típica en su aldea de 3.000 habitantes, y a su vez refleja las realidades de muchas comunidades vinculadas socioeconómicamente con el aparato militar y de seguridad. Según las propias estimaciones de la familia, que coinciden con la información proporcionada por el director de una ONG activa en la zona, 80 de los hombres de la aldea han perdido la vida y 130 han resultado heridos, lo que equivale a un tercio de la población masculina de 18 a 50 años de edad. Los dos tercios restantes han sido absorbidos abrumadoramente por el ejército o las milicias.

La violencia que ha consumido tantas vidas también ha generado fuentes de ingresos indispensables. Dentro de esta familia en particular, el hermano paralítico depende de su pensión de veterano de aproximadamente 60 dólares por mes. (Todas las cifras en dólares son aproximadas, redondeando a un tipo de cambio de 500 libras sirias por dólar.) La viuda de su hermano recibe un subsidio mensual equivalente a 35 dólares, proporcionados por la milicia por la que luchaba cuando murió en combate. Sin embargo, esos estipendios distan mucho de ser adecuados, y otros miembros de la familia tienen que emplearse a fondo para llegar a fin de mes. El padre de 65 años, veterano del ejército, dijo abatido: “Con un hijo martirizado y otro roto, mi hijo sano y yo trabajamos día y noche para alimentar a la familia”.

Un malestar similar ha arraigado en zonas que antes estaban controladas por facciones de la oposición y que desde entonces han retomado las fuerzas pro-Assad. Mientras que muchos jóvenes han sido asesinados o forzados a huir, los que quedan se enfrentan a poderosos incentivos para unirse a los grupos armados alineados con el régimen. Esto ofrece la oportunidad de salvaguardarse a la vez que ganarse la vida, ofreciendo una alternativa al reclutamiento en el ejército regular, que combina un salario miserable con el riesgo mortal de ser desplegado en frentes lejanos.

La mitad oriental de la ciudad de Alepo es un ejemplo de esta tendencia. Devastada por años de asedio y bombardeos del gobierno, se ha quedado con unos servicios mínimos, una economía devastada y la inseguridad desoladora causada por la actividad de las milicias no reguladas. “Si quieres protegerte a ti y a tu familia, te unes a una milicia”, comentó un hombre de mediana edad en el barrio de Jazmati. “El área está infestada de crímenes asociados con las milicias de Defensa Nacional. Cada grupo tiene control sobre un determinado barrio, y a veces se pelean por la distribución del botín. Los dueños de tiendas deben pagar la protección de estas milicias. Un dueño se negó, e incendiaron su tienda”.

Con este telón de fondo, portar armas tiene un atractivo natural. Un hombre del barrio Masakin Hanano describía esta dinámica:

 “Los jóvenes que permanecieron en Alepo oriental se han unido a las milicias, lo que aporta soluciones a algunos de los peores problemas a los que nos enfrentamos. Los combatientes reciben un salario decente, pero también otros beneficios -por ejemplo, más amperios de generadores privados, porque los vendedores de electricidad reducirán el precio si saben que están tratando con un miliciano”.

Otro residente de la misma zona explicó que él y su familia podían sobrevivir gracias a la posición de sus dos hijos en la Brigada Baqir, apoyada por Irán, que proporciona no sólo salarios mensuales, sino también oportunidades para adquirir artículos domésticos mediante saqueos.

En toda Siria, los jóvenes que desean eludir el servicio militar obligatorio -ya sea en el ejército regular o en las milicias- se enfrentan a escasas alternativas. La mayoría de los que pueden permitirse abandonar el país lo hacen; otros se benefician de una exención concedida a los estudiantes universitarios, mientras que otro subconjunto goza de un indulto debido a su condición de único varón de su generación en su familia nuclear. Otros pueden pagar sobornos exorbitantes para eludir el reclutamiento, o confinarse en sus hogares para evitar ser detectados, haciéndose invisibles tanto para el ejército como para la sociedad en general. Algunos soportan múltiples pruebas de este tipo, sólo para permanecer en un estado indefinido de limbo debido a la naturaleza contingente y precaria de estas soluciones. Un hombre de treinta y tantos años relataba su experiencia después de que las fuerzas lealistas retomaran su ciudad natal en los suburbios de Damasco en 2016:

 “Me enfrenté a dos opciones: O pagas entre 3.000 y 4.000 dólares para que te saquen clandestinamente a Turquía o al Líbano, o te alistas en el ejército o en una de las milicias. En mi ciudad había unas nueve facciones de ese tipo, encabezadas por jóvenes vinculados a los servicios de seguridad. Para los hombres que no desean luchar, hay un acuerdo tácito de que el jefe de cualquier facción puede registrarte como combatiente y simplemente dejarte vivir tu vida. A cambio, le pagas a ese comandante un soborno único que oscila entre 250.000 y un millón de libras sirias [500 a 2.000 dólares], además de su salario mensual de la milicia y, a veces, otra suma mensual de hasta 50.000 libras[100 dólares]”.

“En mi caso, los costos de salir clandestinamente eran demasiado altos, y además tengo esposa e hijos aquí. Así que gasté más de 500.000 libras [1.000 dólares] para arreglar las cosas con una facción. Por simple mala suerte, esa facción se disolvió, y perdí tanto mi dinero como mi libertad de movimiento. Estoy confinado en mi casa, dependiente de los ahorros y de la ayuda de la familia. No sé qué hacer”.

En otras palabras, incluso la cohorte decreciente de hombres jóvenes que permanecieron con vida y en Siria soportarán durante mucho tiempo sus propias cicatrices, si no por el trauma de unirse a las milicias, por las medidas desesperadas tomadas para evitarlo.

Inevitablemente, la devastación de la fuerza de trabajo masculina de Siria obstaculizará los esfuerzos por reactivar la economía del país. Un industrial de Alepo lo expresaba de forma sencilla: “Hablo con los dueños de las fábricas y dicen que quieren reabrir sus fábricas, pero no encuentran trabajadores varones. Cuando los encuentran, los servicios de seguridad o los milicianos vienen y arrestan a esos trabajadores y extorsionan a los dueños por haberlos contratado en primer lugar“. Como no se vislumbran retornos a gran escala para las industrias locales, este estancamiento económico tardará años en resolverse.

Políticamente, la guerra ha paralizado a la misma generación de jóvenes que encabezó el levantamiento de Siria. La mayoría de los que permanecen en Siria han sido apaleados hasta la sumisión, o incluso reclutados por la fuerza en el mismo aparato de poder contra el que se levantaron en primer lugar. El resultado es una sombría paradoja: aunque prácticamente todos los problemas que desencadenaron el levantamiento de Siria en 2011 han sido exacerbados, la sociedad ha sido golpeada hasta el punto de casi asegurar que ningún movimiento reformista de base amplia sea capaz de formarse durante la generación venidera.

Economías de canibalización

Las desesperadas circunstancias a las que se enfrentan los jóvenes sirios se alimentan y se ven reforzadas por una segunda transformación fundamental: a saber, el desmantelamiento de la economía productiva de Siria y su sustitución por una economía de canibalismo sistemático en la que los segmentos empobrecidos de la sociedad siria sobreviven cada vez más a expensas unos de otros.

La manifestación más visible de esta nueva economía es una cultura de saqueo tan desarrollada y arraigada que la lengua vernácula siria ha incorporado un nuevo término –taafeesh– para describir una práctica que va mucho más allá del robo de muebles e incluye extremos como el despojo de casas, calles y fábricas de fontanería y cableado eléctrico.

Un ejemplo reciente y particularmente espectacular de este tipo de saqueo sistemático se produjo con el regreso de las fuerzas pro-Assad a Yarmouk, un extenso campamento palestino al sur de Damasco, en abril de 2018. La caída de Yarmouk desencadenó una ola de saqueo que se mantuvo en pleno vigor a partir de junio, y que dejará el paisaje urbano casi irremediablemente marcado. La magnitud de la depredación fue tal que incluso algunos milicianos pro-Assad expresaron su conmoción, entre otras cosas porque sus propias propiedades eran objetivos de otras facciones.  “Observé a soldados uniformados utilizando un tanque del ejército sirio para arrancar cables eléctricos de seis metros bajo tierra”, comentó un combatiente de una facción palestina lealista, que se apresuraba a recuperar sus pertenencias de su piso antes de que pudieran ser saqueadas. “Vi soldados de unidades de élite saqueando hospitales privados y oficinas gubernamentales. Esto no es sólo un saqueo, es un sabotaje de la infraestructura esencial”.

Los desesperados residentes informaron que arruinaron sus propias propiedades simplemente para evitar que los grupos armados se aprovecharan de ellas. Uno de ellos explicaba:

“Volví a mi piso sólo para recuperar documentos oficiales y algunas piezas de oro escondidas. Lo hice, y luego destruí mis propios muebles y electrodomésticos porque no quiero que esta gente gane dinero a mi costa. Estaba a punto de quemar mi propio piso, pero mi esposa me detuvo; no quería que causara daño a otros pisos del edificio”.

A medida que este flagelo se extiende por toda Siria, el botín ha creado microeconomías por derecho propio, desde el reciclaje de escombros hasta la proliferación de los mercados de taafeesh, donde la gente compra artículos de segunda mano robados a sus compatriotas. Muchos no tienen otra opción que utilizar estos mercados para reemplazar sus propias pertenencias robadas. Un funcionario público explicaba el proceso de regreso a su ciudad natal, Deir Ezzor, tras dos años de desplazamiento en Damasco:

 “En octubre de 2017, se me ordenó regresar a Deir Ezzor para reanudar mi trabajo para el gobierno. Me sorprendió encontrar mi edificio demolido. Todo lo que había en él había sido robado. Mi hermano me ayudó a encontrar una habitación de un dormitorio, y me compró algunos bienes saqueados para amueblarla. La gente de Deir Ezzor ha perdido dos veces: primero perdimos los utensilios de cocina, las camas, todo, y luego sentimos que volvimos a perder, al comprar bienes saqueados”.

En más de un sentido, los desplazados sirios que intentan regresar a sus hogares deben navegar por un enrevesado y costoso proceso de volver a sus propios barrios. Más allá de los costos directos incurridos por los daños y el robo, estas personas se enfrentan a la depredación que van desde los peajes informales en los puestos de control hasta las tasas de extorsión impuestas por diversas ramas del Estado, incluidos los servicios básicos inexistentes. Un anciano comerciante de textiles de la ciudad vieja de Alepo pagó estos costos:

 “Gasté tres millones de libras sirias [6.000 dólares] para reabrir mi tienda dañada. Además de eso, las agencias gubernamentales me exigieron que pagara las cuentas de agua y electricidad, más los impuestos sobre las ganancias, desde 2013 hasta 2017. Argumenté que mi tienda estuvo cerrada, que no ganaba dinero ni usaba electricidad ni agua, pero me obligaron a pagar de todos modos. Luego gasté siete millones de libras [13.500 dólares] comprando nuevos textiles, porque mi tienda había sido completamente saqueada”.

“Así que, en total, gasté diez millones de libras [20.000 dólares] para abrir mi tienda. Ahora gano alrededor de [6 a 8 dólares] en ganancias diarias, lo que apenas cubre los alimentos, la electricidad, el agua y los impuestos. Pero aún así es mejor pasar mis días en el mercado en lugar de estar sentado en casa, pensando demasiado y contrayendo enfermedades cardíacas”.

Los sirios también recurren a valiosos recursos para pagar a los funcionarios a cambio de información, por ejemplo, sobre familiares desaparecidos o su propio estatus en las extensas listas de personas “buscadas” de Siria. Para aquellos que desean confirmar que no serán detenidos al cruzar la frontera con Líbano, la tarifa vigente es de unos 10 dólares, la mayoría de las veces pagados a un empleado del Departamento de Migración y Pasaportes.

Aunque gran parte de la economía depredadora de Siria está directamente relacionada con la violencia, la guerra ha engendrado innumerables formas más sutiles de depredación que perdurarán y evolucionarán en los años venideros. Esta economía caníbal, que abarca a todos aquellos que han llegado a depender de la extorsión para su propio sustento, se extiende a la cohorte de abogados, funcionarios de seguridad y funcionarios públicos que se han posicionado como “corredores” en el mercado de documentos oficiales como certificados de nacimiento, matrimonio y defunción. Un número incalculable de sirios han pasado por acontecimientos cruciales de la vida mientras se encontraban en territorio fuera del control del gobierno; para evitar el purgatorio legal tanto dentro como fuera de Siria, a menudo pagan sumas exorbitantes a intermediarios para facilitar la documentación. Un abogado con sede en Damasco explicó cómo esta industria en crecimiento ha transformado su propia profesión:

 “Hoy en día, incluso los abogados más experimentados en nuestra práctica están trabajando como corredores de documentos. Un corredor bien conectado gana de 30 a 40.000 libras [60 a 80 dólares] por día, lo que equivale aproximadamente al salario mensual de un funcionario con educación universitaria. Como resultado, muchos empleados del gobierno renuncian y trabajan como corredores para ganar más dinero”.

“Y esto es realmente un negocio, no una caridad: Cada corredor acepta dinero, incluso de sus propios hermanos y hermanas. La semana pasada un colega me trajo a su cuñado. Le pregunté por qué me necesitaba, cuando podía hacer todos los papeles él mismo. Me explicó que no puede aceptar dinero de su propio cuñado, pero yo puedo hacerlo y luego darle la mitad”.

Estas dinámicas caníbales son aún más perniciosas por su cualidad autoperpetuante. La multiplicación de las formas de depredación ha acelerado la salida del capital financiero y humano de Siria, dejando atrás un país poblado en gran medida por una subclase que puede aspirar a poco más que la subsistencia. Las demandas de supervivencia, a su vez, empujan a un número creciente de sirios ordinarios al círculo vicioso de las industrias depredadoras, si no como depredadores en sí mismos, al menos como beneficiarios de segundo orden de la depredación, a través de la compra o recepción de bienes saqueados, la dependencia de los ingresos de los familiares basados en la extorsión, y así sucesivamente. En otras palabras, la economía depredadora de guerra de Siria se está convirtiendo lenta pero inexorablemente en una economía depredadora en tiempo de paz.

Muros de miedo y cansancio

Un cambio menos llamativo, pero no menos profundo, radica en el grado en que la sociedad siria se ha visto obligada a someterse psicológicamente después de un período de despertar revolucionario. Como dicen algunos sirios, Damasco ha sido particularmente eficaz en la reconstrucción de una cosa en medio de la inconmensurable destrucción: el “muro del miedo” que caracterizó al régimen antes de 2011 y que se derrumbó momentáneamente al comienzo del levantamiento.

Esta transformación se relaciona, obviamente, con el resurgimiento del Estado de seguridad de Siria en las zonas del país de las que se había retirado temporalmente. Áreas que estuvieron repletas de activismo revolucionario han sido devueltas a la atenta mirada de la policía política de Siria, o mukhabarat, dejando a muchos temerosos de hablar abiertamente fuera de la seguridad de sus hogares. Una investigadora de Homs describió el peso de esta presión en su ciudad natal:

“Tengo un amiga que estaba investigando con una ONG con licencia, haciendo preguntas en la calle. Estaba embarazada. Los de seguridad vinieron y se la llevaron, sin hacer preguntas, simplemente se la llevaron. La detuvieron durante la noche y la dejaron salir por la mañana, sólo porque estaba embarazada”.

Sin embargo, la vigilancia activa, la intimidación y la represión no son los únicos factores que contribuyen a esta atmósfera de plomo. Un agotamiento generalizado se ha asentado sobre los sirios, destrozados y reducidos a la miseria por la guerra, desilusionados con todos los que que pretendan guiarlos o protegerlos, y reducidos en gran medida a la lucha por la subsistencia cotidiana. La misma investigadora de Homs continuó:

“En 2011, todo el mundo hablaba de política, incluso aquellos que no sabían nada de política. Hoy ya no hablan de política, porque no les importa. Quieren vivir. Gastan su energía tratando de encontrar lo suficiente para comer, o tratando de sacar a sus familiares de la cárcel”.

Un analista norteafricano que vivió y trabajó durante décadas en Damasco se hizo eco del tema, describiendo sus actuales interacciones con amigos en y alrededor de la capital: “La gente está perdida, frustrada hasta el punto de que no les importan los acontecimientos diarios. Incluso los leales dirán abiertamente: No sabemos adónde vamos. Nadie ve un futuro.”

Desmembramiento

La sociedad siria ha sido además de apaleada, también desmembrada. A medida que las comunidades se fueron asentando en la rutina de la guerra o el exilio, se recluyeron en grupos separados que ahora saben poco o nada unos de otros, a pesar de que a menudo tienen mucho en común.

En un nivel, la guerra ha desgarrado las fracturas sociales y económicas que existían mucho antes del conflicto. La ciudad de Homs es quizás el microcosmos más marcado de esta tendencia. Una ciudad de mayoría suní con considerables minorías cristianas y alauís, Homs fue el primer gran centro urbano que se levantó y el primero en convertirse en un amargo derramamiento de sangre sectario. Casi cuatro años después de haber sido reconquistadas por las fuerzas lealistas, las divisiones comunales de Homs siguen coloreando brutalmente todo, desde las interacciones sociales ordinarias hasta los patrones de reconstrucción y el trabajo cívico. Un trabajador de una ONG describió cómo la esfera asociativa de Homs se ha visto moldeada por tales divisiones: “Las ONGs no eran intrínsecamente sectarias, pero la guerra las ha hecho así. La gente no se siente cómoda trabajando fuera de sus áreas”.

En Homs, al igual que en toda Siria, las divisiones colectivas están íntimamente relacionadas con la división entre los que se consideran partidarios del régimen y los que se oponen a él, una división binaria que es a la vez inadecuada e ineludible, ya que ha marcado a familias enteras, vecindarios, pueblos y ciudades de una manera que resonará durante décadas. Mientras que la mayoría suní de Homs apostó por la revolución, la minoría alauí de la ciudad se movilizó rápidamente contra lo que percibía como una amenaza existencial. Ahora, con el resurgimiento de Damasco, las fronteras comunales adquieren nueva importancia, enfrentando al vencedor contra el vencido.

Un hombre de un barrio alauí de Homs se quejaba de los (escasos) esfuerzos de rehabilitación que se están llevando a cabo en las zonas sunís de la ciudad: “No sé por qué nuestro gobierno permite estos proyectos de reconstrucción. Deberían estar en nuestros barrios, para darle las gracias a las familias que sacrificaron a sus hijos”. Si bien amplios sectores de la población suní de Siria se sienten silenciados y maltratados, las comunidades alauís suelen llevar su propia narrativa de victimización, en la que se mezclan agravios legítimos con impulsos vengativos contra los sunís, a quienes consideran traidores al país. Los sunís, por su parte, expresan con frecuencia el punto de vista opuesto, a saber, que los barrios alauís han prosperado gracias a las ganancias de la guerra. “Las zonas leales se han beneficiado enormemente”, comentó un comerciante suní de la ciudad. “Se han convertido en mini-estados dirigidos por shabbiha [matones leales]. Ni siquiera las fuerzas de seguridad se atreven a entrar en una zona como [el barrio alauí de] Muhajireen. Es aterrador, y no creo que vuelva a la normalidad pronto”.

Además, Homs ejemplifica el abismo cada vez mayor entre ricos y pobres de Siria, una realidad que ayudó a sentar las bases del levantamiento y que hoy en día ha alcanzado proporciones sin precedentes, con una pequeña camarilla que se aprovecha de la economía de guerra mientras la mayoría cae en la pobreza. Un comerciante suní local resumía así la situación:

“La guerra ha arruinado la actividad comercial aquí. Muchos comerciantes respetables han emigrado o han sido asesinados. La mayoría de los que todavía están aquí tienen miedo de volver a trabajar. Se puede ver a algunos que tienen éxito al estar cerca de los servicios de seguridad, al informar sobre jóvenes con afiliaciones de oposición o al tomar enormes sumas de dinero de las familias que intentan conseguir la liberación de los niños detenidos. Esos son los hombres de negocios que se las arreglan para prosperar”.

Otras divisiones en Siria son menos visibles, pero no menos insidiosas, como consecuencia de siete años de una guerra brutal y desordenada. En efecto, las burdas divisiones basadas en la secta o la clase no describen un paisaje complejo y fluido. Algunas fracturas son menos dramáticas, casi imperceptibles excepto para aquellos que las experimentan de primera mano. Vecinos, colegas, amigos y parientes pueden haber caído en lados opuestos, a pesar de tener todos los marcadores sociales en común. Cada parte del país tiene su propia red de trágicos acontecimientos que desentrañar.

De hecho, el conflicto ha generado un enorme caudal de resentimiento que puede haber sido suprimido por ahora, pero que no se olvidará pronto. Un profesor de al-Raqqa, por ejemplo, cuyo hermano fue asesinado por ISIS, expresaba una perspectiva sombría sobre las persistentes divisiones que dejó el gobierno del Estado Islámico en esa ciudad:

“Muchos combatientes del Estado islámico se cambiaron de ropa y se unieron a las Fuerzas Democráticas Sirias [dirigidas por los kurdos] para protegerse a sí mismos y a sus familias. Pero no han cambiado; esas personas son malas, y siempre lo serán. Habrá venganza. Ahora no, mientras todos están ocupados organizando sus vidas. Pero al final, todos los que sufrieron bajo el dominio de ISIS, se vengarán”.

El legado de violencia se ve exacerbado por la competencia despiadada por los escasos recursos, lo que genera otra fuente de descontento creciente. En Damasco, han surgido sutiles gradaciones entre los habitantes originales y un mosaico de comunidades desplazadas, que luchan por el empleo y las donaciones asistenciales. Una mujer desplazada de Deir Ezzor explicó que se siente culpable por aceptar trabajos de personas conocidas coloquialmente como nazihin sirios que fueron desplazadas en 1973 por la ocupación israelí de los Altos del Golán, y que durante décadas han ocupado posiciones de inferioridad dentro de la jerarquía social de Siria:

“Trabajo para una mujer que antes contrataba a su señora de la limpieza de la zona rural de Wafideen (habitada por nazihin), pero envejeció y empezó a romper cosas. Me dijo que soy más joven y más adecuada para el puesto. Otra mujer empleaba a alguien también de Wafideen, pero ya no los ve como desplazados. Ella siente que los recién desplazados, como yo, merecen más”.

Anécdotas similares son comunes entre quienes luchan por sobrevivir en la capital y sus alrededores. Una mujer de la zona rural de Alepo describió su experiencia al cambiar de lugar dentro de la jerarquía de la pobreza de Damasco: “Llegamos a Damasco hace un año y solicitamos ayuda a la Media Luna Roja Árabe Siria. Nos dieron tres mantas, un colchón, y al final  tres canastas de comida. Pero ahora se han detenido, diciendo que ya no pueden darnos nada, ahora es el turno de la gente de Ghouta“. Una mujer de Deraa señaló con el dedo en otra dirección: “La gente de Deir Ezzor se está llevando todas las cestas de comida. Son muy buenos convenciendo a los trabajadores humanitarios de que los ayuden“. Los locales necesitados, por su parte, a menudo se sienten ignorados. Un nativo de un suburbio de Damasco comentó: “Las organizaciones benéficas típicamente quieren ayudar a aquellos que huyeron de otros lugares. Así que, cuando voy a una organización benéfica, digo que soy desplazado.”

Aunque menos venenosas que el cisma entre los que se alinean en lados opuestos de la guerra, esas divisiones captan el grado en que la violencia ha dividido a Siria en sus partes constituyentes. Y la lista continúa: La división entre los sunís conservadores y los más seculares se ha solidificado, manifestándose incluso en un trato diferenciado en los puestos de control. “Me resulta más fácil conducir porque no llevo el hijab“, comentó una mujer del área suburbana de Damasco. “Si te pones velo, la seguridad asume que estás con la oposición“. Las divisiones entre los sirios dentro y fuera del país, entre las comunidades urbanas y rurales, y entre la capital y la periferia también se han agudizado, y los primeros a menudo culpan a los segundos por el levantamiento y la consiguiente destrucción.

Esta fragmentación parece dar lugar a una creciente gama de esfuerzos de “diálogo” financiados por Occidente, entre un grupo comunal y otro, entre las comunidades de acogida y los desplazados, entre las instituciones estatales y los actores de la oposición. Aunque el diálogo es muy necesario, algunos sirios advierten que no se debe hacer hincapié en el diálogo  sin más, incluso a expensas de enterrar las cuestiones más importantes en juego. Un empresario de Damasco describió su propia experiencia frustrada con conversaciones que proponían vincular elementos dispares del sector privado de Siria: “Hay toda esta industria en torno a la `mediación’, incluso entre partes que en realidad no están en desacuerdo en nada. Mientras tanto, todos los problemas que causaron el levantamiento han empeorado”.

El riesgo de encubrir los peores males de Siria es aún mayor en un momento en que Damasco es cada vez más capaz de imponer su versión de los acontecimientos en todo el país, legitimando a los lealistas más agresivos del país y silenciando al mismo tiempo tanto a los que se oponen a ella como a los que, ambivalentes, se encuentran en algún punto intermedio.

La unión hace la fuerza

Dada la magnitud de la desintegración de Siria, resulta aún más sorprendente observar el ingenio con el que los sirios comunes y corrientes siguen perseverando, basándose en una mezcla de valentía, paciencia y formas de solidaridad que salvan vidas.

Para muchos, esto equivale simplemente a esperar y soportar todo el tiempo que sea necesario hasta que puedan reiniciar sus vidas en serio.

Un maestro contratado por el gobierno en Deir Ezzor describió una experiencia típica de regreso a la ciudad, después de varios años de desplazamiento en la provincia de Hasakah:

“Me alegré de encontrar mi piso intacto, ha sido completamente saqueado, pero al menos tiene paredes y techo. Necesito unos dos millones de libras [4.000 dólares] para arreglarlo. Tengo algunos ahorros, y mi hijo es médico en Arabia Saudita, así que me va a enviar el dinero que necesito para el piso y para pagar la exención del servicio militar en una milicia kurda para mis otros hijos”.

“La vida en Deir Ezzor no es buena. No hay servicios básicos en absoluto. Pero al menos tengo mi piso, y espero que en unos meses el gobierno traiga agua y electricidad, y el año que viene abrirán algunas escuelas. Estoy cansado de ser un desplazado. Quiero descansar en mi propia comunidad. Aquí puedo ir a la cafetería y encontrarme con mis amigos, fumar argileh y beber té y jugar a las cartas todos los días”.

A menudo, las circunstancias cambiantes exigen un alto grado de adaptabilidad simplemente para sobrevivir. Otro nativo de Deir Ezzor, menos optimista, explicó los extremos a los que ha llegado para mantener su trabajo en una clínica de salud administrada por el Estado, al tiempo que conseguía que su familia siguiera viviendo en la relativa seguridad del desplazamiento en Damasco:

“Hace tres meses, se me pidió que volviera a Deir Ezzor para reanudar mi trabajo o lo perdería. Pero tengo tres hijas adolescentes y dos hijos, y tengo miedo de traerlos conmigo debido a las milicias y las bandas criminales. La ciudad se ha convertido en un lugar para los shabbiha, no para los civiles. Así que me quedo con mi hermano en Deir Ezzor una semana al mes, y paso tres semanas en Damasco con mi familia. Tenía una casa de dos pisos y una gran farmacia en Deir Ezzor; ambas han sido destruidas”.

“Mi sueldo del gobierno es de unas 45.000 libras [85 dólares] al mes, lo que sólo es suficiente para cubrir mi alquiler en Damasco. Gano otras 60.000 libras [120 dólares] al mes trabajando muchas horas en una farmacia privada. El simple hecho de viajar de ida y vuelta a Deir Ezzor cuesta más que el sueldo del Gobierno: entre 45 y 50.000 libras [90 y 100 dólares] por viaje”

Al igual que los sirios se ven obligados a ser más autosuficientes, también han llegado a depender cada vez más de las estructuras vitales de apoyo social. De hecho, las circunstancias extremas han creado una paradoja: incluso cuando la sociedad se ha fragmentado de innumerables maneras, se puede decir que la magnitud de las privaciones hace que los sirios sean más interdependientes que nunca.

Tal vez el mecanismo de apoyo más fundamental y ubicuo sean las transferencias de los familiares que viven en el extranjero. Una mujer desplazada de Homs, ahora en Damasco, explicó cómo la ayuda de su familia le permite sobrevivir:

“Trabajaba como empleada doméstica con una anciana y recibí un adelanto para que mi marido pudiera abrir una pequeña tienda. Mi esposo tuvo un derrame cerebral, así que dejé mi trabajo y me hice cargo de la tienda. Pero entre el alquiler, las cuentas, la comida, el tratamiento para mi marido y la escuela para mi hija, gasto más de lo que gano. Tengo tres hermanas -dos en el Golfo y una en Homs- que están en mejor situación que yo, así que me envían un subsidio mensual”.

Otras formas de apoyo son más organizadas, pero no menos genuinas, no por ningún interés financiero o político, sino más bien por el simple impulso de ayudarnos unos a otros. Estos esfuerzos de base a menudo son impulsados por necesidades inmediatas y urgentes, y dependen de la buena voluntad de la población local, que puede permitírselo. Un oficial retirado del ejército que vivía en los suburbios de Damasco describió cómo él y un grupo de amigos decidieron tomar medidas al margen de cualquier iniciativa formal de ayuda:

“En 2013, un gran número de personas desplazadas llegaron a nuestra ciudad necesitadas de refugio y alimentos. Algunas personas les dieron comida y mantas, o encontraron apartamentos vacíos, tiendas y escuelas donde dormir. Seis amigos y yo empezamos a discutir cómo podríamos reunir donaciones. Fuimos por la ciudad pidiendo a los residentes que donaran la comida, las mantas o el dinero que tuvieran. Algunos se ofrecieron para hacer comidas calientes. Los médicos se ofrecieron a examinar a los desplazados, mientras que los farmacéuticos proporcionaron medicamentos gratuitamente”.

“Visitamos la zona industrial y pedimos a los dueños de las fábricas que nos dieran materiales para equipar un refugio. Algunas fábricas de ropa acordaron donar ropa dos veces al año, mientras que las fábricas de alimentos proporcionaban alimentos básicos mensualmente. También recibimos dinero en efectivo de los expatriados sirios”.

Esos métodos informales de apoyo tienen profundas raíces en la sociedad siria. Las clases medias y altas del país han extendido durante mucho tiempo formas vitales de solidaridad a sus compatriotas más necesitados, en las que las redes de comerciantes y religiosos de Siria desempeñan un papel protagonista. Lo que es único hoy en día es la magnitud de las penurias en todo el país, que es tan grande que ha cambiado la manera en que los sirios conceptualizan el acto de recibir caridad. Un empresario de la región central de Siria señaló hasta qué punto la dependencia, que una vez exigió cierto grado de discreción, se ha convertido en una realidad. “Antes la gente ocultaba cuando dependían de la caridad. Ahora ya no. Hoy en día, es posible que los trabajadores de una fábrica se pregunten: ‘¿Dónde está el gerente? Y alguien dirá que está afuera esperando su cesta de alimentos. Todo el país vive de limosnas”.

A medida que las necesidades se han disparado, los sirios comunes se han levantado colectivamente para hacer frente a retos aparentemente insuperables, una hazaña que, para este hombre de negocios, sugiere un resquicio de esperanza:

“La gente sigue haciendo caridad a la manera islámica, basándose en la premisa de que hay que ayudar a las personas más cercanas a uno. Si hay alguien a quien debes ayudar -digamos, un vecino- pero no puedes, entonces eres responsable de encontrar alguien más que sí pueda. Estos círculos permanecen muy intactos, y toda la sociedad vive de ello. Siete años de guerra no destruyeron ese aspecto de la cultura siria, y eso es algo de lo que los sirios están orgullosos”.

* * *

La guerra de Siria avanza hacia una conclusión sin ninguna sensación de cierre. A medida que disminuya la violencia a gran escala, las preguntas esenciales seguirán sin respuesta: ¿Cuántos murieron? ¿Por quién y por qué razón? Innumerables tragedias quedarán oscurecidas por los relatos contradictorios, las pruebas que han sido destruidas y la magnitud de la devastación del país.

Otras preguntas han sido agotadas durante mucho tiempo, y sin embargo estimulan un ciclo interminable e inútil de comentarios. El régimen ha ganado, en los términos maximalistas que estableció desde el principio, y sin ningunas ganas de hacer concesiones para seguir adelante. Tras su victoria, los aliados de Damasco no reconstruirán el país. Sin embargo, tampoco lo harán los Estados occidentales, que seguirán ofreciendo ayuda humanitaria mientras se oponen a la idea de financiar una reconstrucción completa dirigida por Assad. No habrá recuperación a nivel nacional, ni reforma seria, ni reconciliación significativa en el futuro inmediato.

Pero eso no significa que no haya preguntas que valga la pena hacer. Más bien, las cuestiones más apremiantes son las que con demasiada frecuencia se pasan por alto, ya que el mundo en general se centra en la geopolítica y en procesos de paz vacíos. Estas cuestiones tienen que ver con la forma en que la sociedad siria ha luchado, se ha transformado y, en última instancia, ha sobrevivido: en qué se ha convertido Siria, cómo se organizan los sirios y qué necesitan para crearse un futuro. No se encontrarán respuestas en Ginebra, Astana o los pasillos del poder en Damasco. Serán susurradas por la gente sobre el terreno.

6 de agosto de 2018

Este ensayo fue escrito colectivamente por el equipo de Synaps en Siria.

Agradecimientos por las ilustraciones al repositorio de libre acceso MédiHAL, diseñado para archivar material audiovisual producido en el contexto de la investigación científica, y específicamente al Institut Francais du Proche Orient (IFPO): Syrie, Jebel Barisha, Kukanya, hacia 1960; Syrie du Nord, Jebel Barisha, Burj Baqirha (1), 1940; Syrie du Nord, Jebel Barisha, Burj Baqirha (2), 1940; Syrie du Nord, Jebel Barisha, Burj Baqirha (3), 1940; Syrie du Nord, Jebel Barisha, Burj Baqirha (4), 1940; Syrie du Nord, Jebel Barisha, Bashmishli, 1940.

 

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