Daesh en el mundo: Las implicaciones para la política y los derechos de la emergencia de una entidad absurda

Autor: Yassin al-Haj Saleh  |       Traducción: Carlos Pérez Barranco 

 

*Extracto del libro Arab Authoritarianism: The Incubators of Terror. Disponible en inglés en:www.cihrs.org

Desde una perspectiva diferente, Daesh se asemeja a una potencia colonial basada en la expansión y la ocupación, similar a Israel y distinta de Francia en Argelia, donde los franceses no expulsaron a los argelinos. Los miembros de Daesh no son residentes de una entidad geográfica o de un estado, sino una entidad globalizada, una entidad totalmente moderna y artificial basada no en la pertenencia orgánica o heredada sino en la asociación voluntaria. Sus cuadros militares y religiosos en particular provienen de decenas de países. Al mismo tiempo, la entidad estatal Daesh se basa en la eliminación de indeseables de la población, ya sea por expulsión o asesinato. En Siria, esto ha provocado importantes cambios demográficos, equivalentes a una limpieza étnica, tras los cuales los bienes de la población expulsada o asesinada son confiscados y utilizados para albergar a los colonizadores traídos para reemplazarlos. La casa de nuestra familia en al-Raqqa fue expropiada en 2014 y se utilizó para alojar a un “muyahid” de Uzbekistán. Lo mismo ocurre con la casa de mi hermano y las casas de muchos amigos también.

La situación de la población en el Estado Daesh

El breve esbozo anterior proporciona una idea preliminar de la situación de la población bajo el gobierno de Daesh. Aquí hay información adicional.

En primer lugar, existe una estricta segregación de género. Las mujeres no pueden salir solas de la casa y fuera de ella deben ser acompañadas por un pariente o tutor masculino. Las mujeres usan ropa negra exclusivamente con un velo negro de dos capas que cubre sus rostros. La misma regla se aplica a la “Gente del Libro” no musulmana, las una o dos familias cristiano-armenias que permanecen en la ciudad. Los hombres deben dejarse crecer la barba, y las barberías masculinas están prohibidas. No hay un estándar de vestimenta para los hombres, pero un médico de 60 años que llevaba corbata se encontró a un miembro del Daesh tunecino de unos 20 años agarrándolo por la corbata y gritándole en la cara: “¿Por qué llevas un dogal alrededor del cuello, anciano?”

Los estudios sociales y las ciencias naturales han sido eliminados de los planes de estudios, que se limitan a diversos temas religiosos, como el árabe, las matemáticas y, por supuesto, la formación militar-religiosa. Las ejecuciones suelen tener lugar en plazas públicas donde pueda verlas el mayor número de personas. Las formas de tortura son innovadoras, mientras que se emplean formas antiguas de ejecución, como la decapitación, la crucifixión y el lanzamiento desde una gran altura. También hay nuevas formas de asesinato y entierro: hasta 3.000 personas fueron arrojadas a un profundo abismo al norte de Raqqa, conocido como al-Houta, algunas de las cuales aún estaban vivas.

Por lo general, las personas no sufren escasez de alimentos, pero no disfrutan de derechos políticos o sociales, ni siquiera de un derecho garantizado a la vida. El mundo de Daesh está fuera del mundo de los derechos. Matar es tan fácil como beber agua.

La característica más prominente de Daesh se relaciona con la vida religiosa. A primera vista, Daesh parece representar la victoria del Islam y su poder. Todo es islámico de pies a cabeza. De hecho, sin embargo, el Islam se ha convertido en un instrumento de gobierno, o el principal instrumento de gobierno, al tiempo que constituye la base ideológica y lingüística del mundo Daesh. El Islam como una viviente creencia personal o una relación social interpersonal e independiente está totalmente borrado a favor de la religión como poder y fuerza exteriores. Si bien puede parecer que la religión se está universalizando, lo que en realidad está sucediendo es exactamente lo contrario: la propiedad de la religión le está siendo despojada a la umma -la comunidad musulmana- y se ha convertido en la única posesión de la autoridad Daesh. Mientras que la religión solía vivir dentro y entre los creyentes musulmanes, hoy en día todo el mundo se ve obligado a vivir dentro de la religión como un poder externo coercitivo, es decir, dentro del mundo lingüístico, simbólico y político impuesto por Daesh. Este es un mundo inmutable que permanece intacto en el tiempo, una burbuja que encierra a la población, una prisión. Proteger esta prisión es proteger a la autoridad Daesh.

Así como no hay derechos en este mundo, tampoco hay política, ni cultura, ni sociología, ni fe. Por lo tanto, se adapta mejor a los tontos y locos que pueblan las mafias religiosas, déspotas que se ven a sí mismos como semidioses (la negación de los intermediarios abre la puerta a la deificación, no a la humanización de las personas). Esta es la humanidad en el punto cero, peor aún que los regímenes totalitarios del siglo XX, no sólo porque une el totalitarismo a un aparato de inteligencia, a una organización terrorista y al colonialismo de los asentamientos, sino también porque es un totalitarismo religioso que en ningún momento tuvo contenido emancipador. Es inconmensurablemente más pobre culturalmente que los totalitarismos seculares e infinitamente menos capaz científica y tecnológicamente, lo que en última instancia puede limitar el número de sus víctimas, aunque sin erosionar ninguno de sus innatos impulsos aniquilatorios. En el plano puramente religioso, este tipo de totalitarismo está cultivando la versión más pobre y hostil, autoritaria y primitiva del Islam suní.

Simplemente contando estos aspectos de la vida bajo el sistema de gobierno de Daesh, corremos el riesgo de considerarla como un objeto de indagación como cualquier otro, como comprensible, por lo que tal vez no podamos comprender su insensatez e irracionalidad. Más aún, es posible que no sintamos plenamente el horror de lo que vemos, es decir, que nosotros los sirios principalmente, pero también los musulmanes en general, no podemos negar alguna forma de paternidad con este demonio aniquilador que busca ser el padre de todos ellos.

Daesh es el producto de nuestra locura; más bien, es el producto de la escasez de razón y justicia en nuestras sociedades modernas y contemporáneas. Invoca un pasado que no funciona en el derrumbado presente. Cuando los espíritus del pasado aparecen en el presente, vienen como fantasmas o espíritus malignos, como demonios. Daesh es una de esas entidades que ha transformado lo que es ostensiblemente la virtud general de los musulmanes -su religión- en un vicio general, una fuerza de violación, asesinato, coerción, odio, mentira y robo.

Desde otra perspectiva, Daesh es también el producto del mundo moderno y contemporáneo, de los centros de poder en Occidente y especialmente en el Norte, que literalmente nos han vuelto locos con su apoyo a prácticas y situaciones injustas y sin sentido, incluso cuando determinan los estándares de razón y justicia en el mundo de hoy.

No se trata de repartir culpas. Hablando prácticamente, es verdad que esta locura religiosa es nuestro propio producto, un producto de nuestro déficit y de nuestra laxitud. Debemos comenzar ahora a hacer frente a los fracasos de nuestra razón y justicia sin esperar un cambio en o desde el mundo. Cambiar nuestra propia situación -y somos una gran parte del mundo- es nuestra contribución a cambiar el mundo. Se trata de asumir responsabilidades, de mostrar madurez y seriedad a la hora de enfrentarnos a nuestros propios demonios y males. Pero tal vez tampoco sea erróneo decir que analíticamente hablando, Daesh es un producto de la globalización, de Oriente y Occidente, presente y pasado. El mundo en el que surgió Daesh -un mundo en el que ha demostrado ser atractivo en numerosas áreas de Asia y África, atrayendo a europeos, estadounidenses y rusos- no puede ofrecer la solución a fenómenos sin sentido como Daesh. Es absurdo en sí mismo en algunos, aunque diferentes aspectos. La locura de Daesh es nuestra; su lenguaje es nuestro, su “razón” es nuestra, su conciencia es nuestra.

En cualquier caso, el papel estadounidense en la consolidación de la raíz afgana del movimiento yihadista contemporáneo es bien conocido. También está el laboratorio iraquí y, antes de eso, la antigua incubadora saudí y del Golfo: enormes sumas de dinero en efectivo de una economía rentista gastadas en múltiples formas de imprudencia temeraria, desde casinos hasta armamento superfluo que mantiene a flote a los laboratorios estadounidenses y europeos, y la adquisición de cosas y propiedades masivas. La estupidez religiosa -la financiación de movimientos religiosos sin sentido como al-Qaeda, el afluente de Daesh- no es diferente.

Daesh y el Estado de Assad

El ascenso de Daesh en Siria dio al régimen de Assad una causa que correspondía a sus instintos básicos, en primer lugar, el impulso de aferrarse al poder. Le dio la oportunidad de ganar legitimidad internacional, es decir, la legitimidad conferida por el consentimiento de los fuertes, en lugar de una legitimidad basada en el consentimiento de los sirios. La aparición y el ascenso de Daesh ocasionaron una reconsideración casi inmediata del régimen de Assad, específicamente entre poderes que durante algún tiempo habían tendido a deslegitimarlo. Sólo cuatro meses después de que Daesh declarara su independencia de al-Qaeda, las masacres químicas de Ghouta en Damasco, el 21 de agosto de 2013, mataron a unos 1.500 sirios en una hora, un tercio de ellos niños. Tras las repetidas amenazas de sanciones militares contra el régimen, Estados Unidos finalmente se aferró a la salida rusa que permitía al régimen entregar sus armas químicas. Este deplorable acuerdo fue una licencia para matar sirios con otras armas, lo que se vio facilitado por la existencia de una entidad tan imposible como Daesh. En este sentido, Daesh salvó al régimen de Assad, a tres niveles. Primero, puso los crímenes del régimen de Assad en una perspectiva diferente, ya que había otra entidad criminal cuyos crímenes eran mucho más “sexys”. De hecho, Daesh mismo cultiva tales espectáculos, sugiriendo fuertes impulsos performativos y exhibicionistas entre los miembros de Daesh, tal vez compensando sus profundos sentimientos de debilidad e impotencia. (Por el contrario, el régimen de Assad hace todo lo posible por encubrir sus crímenes, negándolos sistemáticamente incluso cuando nadie en el mundo duda de que es el culpable). En segundo lugar, la presión internacional sobre el régimen de Assad disminuyó, aunque ya estaba vacilando debido al importante papel de seguridad que desempeña el Estado, especialmente para Israel. Tercero y más importante, puso a los revolucionarios en una situación sin salida: no tenían la capacidad de librar una batalla en dos frentes, pero tampoco podían librarla en un frente sin perder su propia causa. Incluso si dejaran a Daesh en paz, Daesh -una fuerza tanto para la expansión interna como externa, como se señaló anteriormente- no los dejaría en paz. Esta situación imposible llevó a la disolución de los restos del abandonado Ejército Libre y a la erosión de la propia oposición política siria. Esta última se había definido a sí mismo en oposición al régimen de Assad; con la aparición de Daesh, esto ya no era suficiente.

Y a través de todo esto, Daesh dio al régimen sirio una causa que las potencias occidentales, los EE.UU. en particular, estaban muy dispuestas a adoptar: una guerra contra el terrorismo. En su discurso de julio de 2015, Bashar al-Assad habló repetidamente de terrorismo, pero nunca mencionó a Daesh ni a al-Qaeda. Estaba claro que el hombrecito trataba de dirigirse a los grandes hombres del mundo de hoy: el terrorismo es cualquiera que se opone a su régimen letal, y él sería un socio en la lucha contra él.

Es bien sabido que la guerra contra el terrorismo permite adoptar medidas excepcionales en relación a los derechos y a la política, además de una carta blanca internacional para tratar con las poblaciones locales según sea necesario. Se puede decir que la gente no tiene ni derechos ni política en Siria en ningún caso. Es cierto, pero no cabe duda de que la participación del régimen de Assad en la guerra contra el terrorismo es la fuerza oculta detrás de la negativa a ver las atrocidades que comete contra los sirios, el asesinato de decenas de personas cada día con bombas de barril, bajo tortura o a través del asedio y el hambre. Si bien es cierto que el régimen de Assad no carecía de razones para reprimir brutalmente a sus súbditos, Daesh proporcionó a los partidos no locales motivos legítimos para hacer lo mismo. Las unidades militares de la Unión Democrática Kurda, la rama siria del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) en Turquía, utilizan la lucha contra Daesh como base para controlar el movimiento de las poblaciones árabes, no kurdas e incluso kurdas en las zonas bajo su control, especialmente en Tel Abyad, que arrebataron a Daesh en junio de 2015 después de que este último expulsara a los kurdos.

La población kurda se apoderó de sus propiedades y mató a muchos de ellos. Un presunto vínculo con Daesh proporciona un pretexto precocinado para la detención de personas y una razón para impedir que las familias regresen a sus hogares y los residentes a sus aldeas, y para saquear los bienes de la población local. Esto ocurre sin que ningún órgano reciba quejas y mientras que a los medios de comunicación independientes y a los organismos locales o internacionales de derechos se les niega la entrada a la zona. Mientras tanto, numerosos combatientes kurdos están desplegados desde Turquía y otros lugares, recibiendo órdenes del centro de mando político-militar situado en las montañas de Qandil, entre Turquía e Iraq, que cuenta con personal de alto rango kurdo turco y en coordinación militar con la coalición internacional, especialmente Estados Unidos. Esto tendrá consecuencias potencialmente trascendentales en los meses y años venideros, y todo ello en un ámbito en el que nunca en la historia moderna de Siria se han producido conflictos entre diversos grupos étnicos y otros grupos de población. Jaish al-Islam, una organización yihadista salafista, está haciendo algo similar. Un grupo patrocinado por Arabia Saudita con base en Ghouta Oriental, tiene fuerzas en al-Qalamoun y el norte de Siria. El grupo también mantiene un estrecho control de la comunidad local de Ghouta oriental con el pretexto de luchar contra Daesh. Aunque no se trata de un pretexto totalmente falso -de hecho, Daesh controlaba algunas pequeñas áreas en la zona-, se ha convertido en una excusa para que Zahran Alloush y sus partidarios controlen la zona y supriman a cualquier grupo militar o civil independiente, como se vio en el enfrentamiento con Jaish al-Umma a principios de este año. Jaish al-Umma es una milicia local formada por grupos que liberaron Douma del régimen de Assad en el otoño de 2012. A esto le siguió la ejecución de Abu Ali Kheiba, un popular héroe contra el régimen, y otras 40 personas en una plaza pública de Douma. Esto contradice cualquier estrategia clara para unificar fuerzas para enfrentarse a este régimen. En agosto de este año, miles de personas se unieron a las manifestaciones en Saqba, cerca de Douma, para condenar la tiranía de la milicia yihadista al-islam.

Además, algunas fuerzas regionales, en particular Egipto, han encontrado conveniente respaldar al régimen de Bashar al-Assad con apoyo político y equipo militar, citando también la necesidad de luchar contra Daesh y los islamistas. El régimen de Sisi, que llegó al poder tras un golpe contra el gobierno de la Hermandad en Egipto, tiene sus propias razones para apoyar un régimen letal, sobre todo porque normaliza su propia conducta. El destino de Siria o Iraq también es una lección para los egipcios, haciéndolos más sumisos a un régimen militar con tintes fascistas. Claramente, Daesh -que es una fusión de organización terrorista, colonialismo de asentamientos y estado fascista-brinda una estupenda ocasión para la solidaridad entre tiranos.

Daesh en el mundo

En el plano internacional, el ascenso de Daesh ha reflejado la indiferencia hacia la revolución siria y las aspiraciones emancipadoras de los sirios. De hecho, esta tendencia precedió a Daesh, pero fue reforzada por su surgimiento y ascenso. Los organismos internacionales que trabajan con refugiados sirios se quejan constantemente de la escasez de recursos, y las condiciones de los refugiados en el Líbano y Jordania se deterioran, lo que demuestra la escasa solidaridad internacional con los sirios y la falta de preocupación internacional por su difícil situación debido a la función de seguridad regional que desempeña el régimen de Assad y el ascenso de Daesh. Europa levantó barreras legales, políticas y de seguridad frente a la creciente ola de refugiados sirios. En cuanto a la actual ola de interés y solidaridad con los refugiados en los países europeos (en agosto y septiembre de 2015), será fugaz a mi entender; la tendencia general será hacia más restricciones y barreras.

La mayoría de los refugiados sirios, y la mayor parte de la población de Siria, no posee documentos de viaje. Los sirios no tienen derecho a pasaporte, que es retenido por el régimen de Assad como medida punitiva. La política de la ONU y de las potencias internacionales perpetuó así la política de Assad a este respecto, ya que no trataron de ofrecer protección a quienes no tenían salida ni facilitaron su circulación entre Estados. Yo mismo tengo una experiencia infeliz con esto, al no tener pasaporte tampoco. A pesar de ello, soy uno de los pocos afortunados que han podido viajar ocasionalmente con documentos especiales y volver a la estabilidad temporal.

Cuando se mostró interés por los refugiados sirios, que hoy en día suman más de cuatro millones, se les privó de cualquier tipo de agencia política, su difícil situación se redujo a una cuestión puramente humanitaria. Este es el rasgo característico de la oleada de simpatía europea, en particular austríaca y alemana, que siguió al descubrimiento de la muerte de 71 refugiados, la mayoría sirios, en un contenedor cerrado en una autopista de Austria en agosto de este año, así como la imagen sumamente conmovedora de Aylan Kurdi, de tres años de edad, cuyo pequeño cuerpo fue llevado a la orilla del Mediterráneo en Turquía, que su familia había dejado tratando de llegar a Grecia y luego a Europa. Esta oleada de simpatía ve a los refugiados como víctimas que necesitan ayuda – y de hecho la ayuda es dada – pero permanece casi en silencio sobre las raíces políticas de su difícil situación, como si huyeran de su país a causa de un terremoto u otro desastre natural. De hecho, esta es la lente a través de la cual Occidente generalmente ve el surgimiento de Daesh: como algo relacionado con la naturaleza o la constitución de los musulmanes o los problemas internos de sus sociedades, más que como un fenómeno que puede ser explicado en términos de historia concreta y experiencia humana general.

El impacto político más claro del ascenso de Daesh se ve en la disminución del compromiso con los órganos oficiales de la oposición siria, ya que las potencias occidentales han explotado las divisiones en la oposición para debilitar a todos. Esto va en paralelo a ver a Bashar al-Assad como un socio potencial en los futuros acuerdos políticos del país.

Antes de esto, Estados Unidos había dejado de lado a Amigos del Pueblo Sirio, formado originalmente para ofrecer apoyo a los sirios fuera de los límites del Consejo de Seguridad de la ONU, que ha resultado ineficaz para abordar el problema debido a los repetidos vetos rusos y chinos.

Daesh también restauró la centralidad política y legal de conceptos como”seguridad” y”estabilidad”, es decir, la seguridad y estabilidad de los intereses de las potencias locales e internacionales influyentes, reforzando así la importancia de una banda de asesinos. Es una escena extraña: las potencias que generalmente se piensa que controlan el mundo entero se tambalean y pierden el tiempo mientras una amenaza crece ante sus propios ojos. A continuación, centran toda su atención en hacer frente a la amenaza e insinúan que todo el mundo debería temblar de miedo. Esto sugiere que la incompetencia de estas potencias supera incluso su estupidez moral, o que necesitaban una amenaza tan terrible para controlar a la población de nuestra región y sus países. También hay explicaciones alternativas: la constitución de las élites e instituciones que producen la política y los políticos en el mundo actual ya no permite ningún modo de acción más allá de la gestión de crisis, no sólo en el conflicto sirio, sino en todo el mundo. Por su propia naturaleza, ese modo de funcionamiento no sólo margina las dimensiones morales de los conflictos políticos y sociales, sino también sus dimensiones políticas. De hecho, pone al”experto” en el lugar del político o actor político y reduce la política a la tecnología de gobernar a las poblaciones humanas.

Me parece que se trata de una tendencia política importante en todo el mundo, y es una amenaza tanto para las democracias establecidas como para la democratización en otros países. En resumen, Occidente sigue siendo avanzado y democrático, pero ya no es una fuerza para el progreso global. Existen países democráticos, pero no existe un orden democrático internacional, ni una dinámica democrática global. Una crisis más como la siria puede convertir este estancamiento en un retroceso global de la democracia o en un giro hacia una democracia autoritaria en la que las poblaciones democráticas renuncien a sus derechos ante una élite tecnocrática de seguridad política vinculada a las grandes empresas y a las industrias militares y de seguridad.

Aparte del impacto que el ascenso de Daesh ha tenido en la política, la seguridad y los derechos, me parece que las implicaciones culturales e intelectuales no son menos serias. Ha servido para desencadenar otra ola de esencialismo cultural y racismo, o para prolongar la ola desencadenada por primera vez al final de la Guerra Fría y renovada por los ataques terroristas del 11 de septiembre. Esta tendencia fue impulsada por nuevos peligros como Daesh y el salafismo islámico yihadista, así como por las necesidades de la élite gobernante occidental. Esta élite es tanto una formación institucional vinculada al mundo de los expertos, los centros de investigación y la gestión de crisis, como una formación social relacionada con la alta burguesía y sus estilos de vida y patrones de consumo, más que con el mundo del “pueblo” y las clases y conflictos sociales e internacionales. Esto, combinado con la interrupción del progreso global, la pérdida de dirección, y el fin de la historia quizás han amplificado y universalizado un tipo de individualismo y darwinismo social. La ola anterior de esencialismo cultural entumeció la empatía con los demás y la capacidad de solidaridad, dando como resultado una creciente distancia entre los seres humanos, incluso cuando el mundo parecía convertirse en una “pequeña aldea” (Marshall McLuhan). La situación en el mundo actual parece paradójica: las personas se mezclan más que en ningún otro momento, pero su compromiso es limitado, y apenas existen fuerzas y tendencias intelectuales o instituciones globales que inviertan en acercar a la humanidad y transformarla en una fuerza política global. En general, parece que los modelos de compromiso e interacción a la sombra de Daesh, a nivel local e internacional, se han convertido en similares a los de Daesh, lo que significa que fortalecen a Daesh y no constituyen una ruptura con las condiciones morales y políticas que llevaron a su surgimiento. El objetivo aquí no es culpar o acusar al mundo, sino cuestionar si la respuesta al surgimiento de Daesh tiene algún impacto en la entidad, o incluso si puede fomentar la aparición de entidades similares. Daesh es de este mundo, no de otro mundo; surgió de la mentalidad y la justicia de este mundo, no de fuera de él.

En cualquier caso, no es cierto que la respuesta del régimen de Assad o de las fuerzas regionales e internacionales a la aparición de Daesh esté creando algo nuevo. Todas estas son trayectorias bien conocidas que preceden a Daesh y lo necesitan, no respuestas lamentables o caminos excepcionales que se deben seguir para enfrentarlo.

Frente a Daesh y sus parientes

Si el análisis anterior es en gran medida correcto, implica la necesidad de centrarse más en tres áreas de interés para las organizaciones de derechos humanos y todas las personas interesadas en cuestiones de justicia y ética en el mundo árabe.

En primer lugar, requiere un mejor análisis de la condición internacional, cultural y política y la reconstitución de la filosofía de los derechos humanos en torno a la situación global y la condición humana en el mundo de hoy. Este mundo no es un aliado de los principios de los derechos humanos y de la igual dignidad humana para todas las personas. Esto requiere repensar el principio mismo de los derechos humanos. Por ejemplo, el debate sirio de los últimos dos años ha planteado cuestiones que merecen un debate adicional: el derecho a una representación visual digna (el colectivo cinematográfico Abu Nadara), el derecho a una tumba personal, el derecho a la religión (al que me referiré más adelante), el derecho al asilo y a la apertura de las fronteras para los refugiados, y la aplicación de los derechos de los refugiados establecidos internacionalmente. La situación de los refugiados sirios en los Estados árabes en particular es un escándalo moral y político, y esto no tiene nada que ver con el ascenso de Daesh. La situación era despreciable antes de Daesh y es deplorable tras su despertar.

En segundo lugar, hay que vincular la política con los derechos humanos y resistirse a la división entre los dos conceptos, no sólo porque la mayoría de las violaciones de los derechos humanos son políticas, sino también porque la humanización de la política requiere una política humana. Es decir, las condiciones humanas deben ser politizadas, vistas como el producto de la política y la responsabilidad de la política pública; el sufrimiento humano en todas partes debe ser visto a través de la lente de la política. Si la política es un anatema para los derechos humanos -tales como que algunas personas son vistas como más humanas que otras, algunas violaciones más dignas de atención que otras, y las violaciones de Daesh son tomadas más seriamente que las de Bashar al-Assad o viceversa- entonces la política”humana” estaría desprovista de política, lo que significa que las prioridades políticas se determinarían sobre la base de consideraciones de eficacia y conveniencia, o de seguridad y estabilidad, erosionando así el principio de justicia y dignidad humana.

En tercer lugar, en la esfera árabe e islámica, existe una fuerte necesidad de acción intelectual, política y de derechos en relación con las violaciones religiosas de los derechos humanos, incluido el derecho de los seres humanos y de la sociedad a la religión. Este último derecho es violado constantemente por organizaciones religioso-políticas cuya filosofía se basa en la apropiación de la religión y su reificación como arma para ser blandida contra la población como autoridad absoluta y sagrada, obligándola así a vivir en sus dominios de la manera en que los agricultores encierran su ganado en los establos por la noche. ¿Es la vida religiosa de los musulmanes bajo Daesh mejor que la vida religiosa en la Turquía secular, por ejemplo? No de ninguna manera en mi opinión.

Pero este no es el único ámbito en el que se defienden los derechos de las personas. Debemos explorar el pensamiento islámico, el régimen de derechos islámicos y la ley islámica, y la imaginación islámica en lo que se refiere a la recompensa y el castigo para descubrir lo que hizo posible a Daesh y sus semejantes. El Islam no es Daesh, pero Daesh es del Islam. Cuando el castigo incluye la tortura eterna en el infierno, ¿cómo podemos negar que las prisiones donde se ejerce la tortura en Siria, Egipto o cualquier otro lugar no son éticamente coherentes? ¿Cómo podría Daesh no ser una posibilidad real? También existe el problema de los castigos hudud y la discriminación de género en el matrimonio, la herencia, la custodia de los hijos y el testimonio.

Me parece que la base política más favorable, orientada hacia los derechos, desde la cual abordar estos problemas es la defensa del derecho de la gente común a la religión -el derecho de la gente, no del Estado, a poseer religión- como pilar principal de la libertad religiosa. Esto es en gran medida compatible con la trayectoria histórica actual de nuestras sociedades a lo largo de 1.400 años y con el principio mismo de la historicidad. Los problemas surgen de los esquemas políticos para apropiarse de la religión, ya sea en nombre del secularismo o del islamismo. La necesaria crítica de las violaciones religiosas de los derechos humanos debe ir siempre unida a la defensa del derecho de las personas a la religión y a la dignidad humana. La crítica en nombre de la dignidad humana no debe singularizar la dignidad del Islam o de cualquier religión, pero tampoco debe halagar la concepción de la élite islamista sobre la dignidad de la religión. Tal concepción se opone a una crítica humanista de la religión y también separa la dignidad del Islam de la dignidad de los musulmanes y del pueblo en general, valorando la primera a expensas de la segunda.

Aparte del derecho a la religión, el principio de la dignidad humana se basa en la centralidad de la humanidad, una crítica de la religión unificadora y monocromática, y la subordinación fundamental de la humanidad a ella. La deificación y soberanía irrestricta del hombre podría casi destruir el planeta, pero la subordinación del hombre en el modelo político y militar islamista conduce a la destrucción de la humanidad y a formas degradadas de vida humana, asociadas con la deificación de unos por encima de otros en nombre de la religión. Unir el derecho de todos a la religión con el derecho a criticar la religión podría conducir a condiciones más emancipadoras y justas.

En conclusión, las actividades de derechos humanos han dedicado importantes esfuerzos a la ética no religiosa en nuestras sociedades. En la fase actual, las cuestiones relacionadas con el concepto de los derechos humanos y sus fundamentos occidentales se entrecruzan con las cuestiones asociadas con el surgimiento de entidades bárbaras y sin sentido como Daesh, así como con la pobreza moral del secularismo árabe -es decir, su falta de énfasis en la justicia, la libertad, la igualdad y el respeto mutuo- y la débil dimensión ética de nuestra cultura. Dadas estas condiciones, es importante trabajar para liberar las reflexiones sobre la ética, la moral y los derechos de la camisa de fuerza de los marcos de referencia tanto islámico como occidental. Debemos prestar mayor atención a nuestras propias experiencias, que son una de las experiencias humanas más angustiantes, si no la mayor, en el mundo de hoy. No debemos aprovechar el humanismo ya establecido y la validez de los marcos de referencia intelectuales e históricos de los derechos humanos, en torno a los cuales se formaron las organizaciones árabes, al igual que otras. Hacemos el bien por nosotros mismos y a los demás si reconocemos que los conceptos de derechos y ética son históricos y contingentes, hijos de la experiencia y el sufrimiento históricos. Las experiencias y sufrimientos a los que nos hemos enfrentado nos han permitido liderar una reconsideración de la agenda internacional de derechos humanos, en términos de sus conceptos y valores, así como a nivel de políticas, fuerzas y organización.

No se trata de una cuestión de autenticidad o identidad; no se trata de que tengamos voz árabe o islámica en estos asuntos. El problema son las experiencias humanas en sus diversas formas. Gracias a Daesh, hoy representamos lo último en inhumanidad y humanidad. Walter Benjamin dice que no hay ningún documento de civilización que no sea también un documento de barbarie. Podríamos decir que no hay condición de barbarie última que no sea también la humanidad última. El documento es imperativo como testamento, un testimonio de la atrocidad y la resistencia a la atrocidad. El documento es que pensamos, escribimos y damos testimonio. Nuestra penitencia histórica por Daesh es que contribuyamos a cambiar la agenda del debate global y a cambiar el mundo mismo para hacer que Daesh ya no sea posible.

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