Idlib: 3 millones de personas sin lugar a dónde ir

Autor: Kareem Shaheen      |      Traducción: Elena Cal

Publicación original en inglés en The New York Rimes, el 8 de septiembre de 2018

Lo primero que me llamó la atención cuando vi Idlib, la provincia controlada por los rebeldes en el noroeste de Siria, en abril del año pasado, fue lo verde que era la zona. Los olivos y los cerezos se alineaban en los caminos llenos de hoyos que iban desde la frontera turca hasta las ciudades de la provincia. El humo se levantó en la distancia después de un ataque aéreo o un proyectil explosivo, y los edificios en la mayoría de las ciudades quedaron marcados con las cicatrices de los golpes caídos del cielo.

Había viajado a Idlib para informar sobre el ataque químico del régimen del presidente Bashar al Asad en la ciudad de Jan Sheijun, que mató a más de 80 personas. Recuerdo haber visto a Abdulhamid al-Yousef, padre de dos hijos, sostener a su hijo y a su hija antes de su entierro; fueron envenenados por el mismo aire que respiraban. Según la Comisión de Investigación de las Naciones Unidas, independiente, la fuerza aérea del Presidente Asad fue responsable del ataque químico con gases, que causó la muerte de la mujer e hijos de Yousef, junto con otros familiares.

Intentando consolar al angustiado Sr. Yousef, un amigo le cuenta una historia sobre “al-sirat”, el puente que los musulmanes creen que la gente ha de cruzar el día del juicio. Existe la creencia de que al-sirat es más estrecho que un pelo y que conduce a las puertas del paraíso. “En el día del juicio, los que pierden a sus hijos y soportan la tragedia con paciencia se reunirán con ellos”, dijo el amigo. “Sus hijos tendrán alas y sobrevolarán al-sirat hasta las puertas del paraíso”.

El Sr. Yousef pareció despertarse. “¿Y a su madre también? ¿Ahmad y Aya estarán allí? ¿Y Hammoudi y Ammoura? “. Ahmad y Aya eran sus hijos. Hammoudi y Ammoura, sus sobrinos.

El momento todavía me parte el alma.

La semana pasada, un creciente cúmulo de inquietudes apuntaba a un ataque inminente a Idlib por parte del régimen de Assad y sus patrocinadores rusos, y las agencias de ayuda advirtieron sobre una catástrofe humanitaria que podría impulsar nuevas oleadas de refugiados hacia la vecina Turquía. Los ataques aéreos rusos ya han matado a 13 personas en Idlib. Las fuerzas de Asad están bombardeando la zona y sus aliados iraníes y rusos, eligiendo un lenguaje deshumanizante, describieron a los combatientes en Idlib como “este absceso supurante que debe ser liquidado”.

Idlib es considerado como el final de una guerra que se cobró más de medio millón de vidas, desplazó a la mitad de la población siria, llevó millones a refugios “seguros” en el extranjero y desencadenó la explosión xenófoba y populista en Europa y más allá, que puso en evidencia la fragilidad y el vacío del alardeado orden liberal global.

Pero Idlib es también el último refugio de unos tres millones de personas. Cientos de miles de personas que viven en la provincia ya fueron desplazadas de sus hogares en otras partes de Siria ante el avance constante del ejército de Asad y las milicias sectarias aliadas, respaldadas por una despiadada campaña de bombardeos llevada a cabo por la fuerza aérea rusa.

Muchos morirán, muchos huirán, muchos quedarán enterrados bajo los escombros. Sucedió antes. Sucederá nuevamente. Lo sabemos. Somos cómplices de nuestro conocimiento, indiferencia e inacción.

Idlib se ha convertido en un microcosmos donde han reclamado participar todas las potencias regionales e internacionales, donde todas las fuerzas que dieron origen y nacieron con la traumática insurrección siria están luchando en una batalla catastrófica cuyo precio pagarán, como de costumbre, civiles inocentes.

En los campos de refugiados, en las ceremonias conmemorativas, entre los escombros de los edificios bombardeados, la población siria compartió sus historias, deseando ser escuchados. Algunas veces dejaron de hablar durante nuestras conversaciones porque reconocían su absoluta futilidad. A menudo compartí su frustración, pero seguí informando para crear un registro, con la esperanza de que nadie dijera que no lo sabíamos.

Siria me enseñó que el conocimiento no conduce a la responsabilidad. Las familias que fueron enterradas bajo los escombros no recibirán justicia. Aquellos que tuvieron que comenzar de nuevo en tierras extranjeras y fueron vilipendiados por tener la temeridad de querer criar a sus hijos en condiciones de seguridad tampoco lo harán. Tampoco los que se ahogaron en el camino a las costas europeas, ni los que fueron sitiados y muertos de hambre obtendrán justicia.

Los padres cuyos hijos fueron asesinados con gas sarín y cubiertos con pequeñas mortajas blancas en las portadas de los periódicos tampoco lo harán. Y la justicia seguirá siendo difícil de alcanzar para la madre cuyos pies sangraban en busca de noticias de su hijo en las mazmorras de los servicios de seguridad sirios. Muchos sirios con los que he hablado solían preguntarse por qué el mundo no hizo nada para ayudarlos, por qué Occidente -un término sustituto de Estados Unidos- se limitó a ofrecer meras palabras, por qué cada acto de horror sólo evocaba indignación y postureo en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Los estadounidenses a menudo tienen poca conciencia de la gran influencia de su país y su modo de vida en Oriente Medio. Un activista en Raqqa me describió cómo vivía bajo el gobierno de ISIS haciendo referencia a la serie de televisión estadounidense “The Blacklist” para explicar cómo los humanos se adaptan a la criminalidad.

Muchas vidas han cambiado, se han trastocado o destruido por el alcance directo o indirecto de los Estados Unidos, ya sean yazidis salvados por la intervención de los Estados Unidos en Iraq o enterrados bajo los escombros por los ataques aéreos de la coalición liderada por los estadounidenses en Mosul y Raqqa.

La historia en la que muchos estadounidenses creen y se propagan sobre su país está moldeada en el espíritu de la Guerra Fría, basado en difundir el liberalismo y la libertad, una historia a la que a veces se aferra la gente en apuros desesperados. Después del ataque químico de 2013 del régimen de Asad en Siria, que mató a más de mil civiles, muchos sirios esperaban que Estados Unidos hiciera cumplir la línea roja del presidente Barack Obama. Incluso más tarde, en 2016, Alepo esperó en vano la ayuda estadounidense que nunca llegó.

La prolongación de la guerra condujo al surgimiento de grupos extremistas que Estados Unidos está combatiendo en Siria. Cuando Ghuta, un suburbio de Damasco, fue asediada este año, los sirios ya no esperaban que el mundo les ayudara.

La narrativa de la ficción liberalizadora de los Estados Unidos es conveniente porque Estados Unidos no solo aceptó la prevalencia de los dictadores totalitarios en la región y en otros lugares, sino que también los incitó y los impulsó en la búsqueda de sus intereses. Yo no sabía qué decirles a los sirios bajo asedio que me escribían todos los días con la esperanza de que la intervención de una fuerza benevolente pusiera fin a su sufrimiento.

Estados Unidos intervino en Siria para proteger sus intereses de “seguridad nacional”, no para proteger a los civiles. Estados Unidos intervino y mató a muchos civiles en su empeño por dar caza al grupo terrorista Estado Islámico, un síntoma de las dolencias de la región, en lugar de su causa. Las líneas rojas fueron violadas, se hicieron los llamados superficiales para que el dictador dimitiera, y la sed de indignación moral se apagó, mientras la gente seguía muriendo.

Medio millón de personas murieron, y la única justicia que pueden esperar es en el más allá, cuando las balanzas, creen ellos, serán equilibradas.

Repetidamente me encuentro pensando en el cementerio cerca de la casa del Sr. Yousef en Jan Sheijun, donde me quedé parado después de hablar con él, mirando las tumbas recién cavadas de su esposa e hijos, en el suelo de color canela. Esas tumbas siguen siendo un testimonio de la ficción que es hoy la comunidad internacional y el derecho internacional.

Los cuentos de hadas árabes comienzan con una línea: Kan ya ma kan. Fue, o no fue. El mito es tuyo para creer o negar.

Kan ya ma kan, había una comunidad internacional.

Kan ya ma kan, hubo valores de justicia y decencia.

 


Imagen de portada: Familias de los suburbios del sur de Idlib huyen de los bombardeos rusos y del gobierno sirio. Septiembre 2018. Foto de tomada de la página de facebook de Edlib Media Center.

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