EL ÚLTIMO BASTIÓN DE LIBERTAD EN SIRIA (Cap. I – Saraqib)

En medio de una brutal guerra civil, un pueblo luchó contra el régimen y los fundamentalistas – y se atrevió a celebrar elecciones –. ¿Puede sobrevivir este experimento de democracia?


[Éste es el Capítulo I del texto “Syria’s last bastion of freedom“, de Anand Gopal, publicado originalmente en inglés en The New Yorker, el 10 de diciembre de 2018. En Flores en Daraya publicamos la traducción en castellano por Xili Durán, divido en cuatro partes. Aquí puede accederse al capítulo II, III y IV.]


 

La provincia de Idlib, un trozo de tierra repleto de olivares y relucientes campos de trigo al norte de Siria, es el hogar de tres millones de personas que llevan atrapadas allí desde 2015. Viven en el último enclave opositor del país, en medio de un caótico surtido de rebeldes, de los cuales los más poderosos son fundamentalistas religiosos. El año pasado, el enviado especial estadounidense Brett McGurk llamó a Idlib “el refugio seguro más grande de Al Qaeda desde el 11/9”. El dictador de Siria, Bashar al-Asad, ha jurado lanzar una invasión sobre Idlib, que podría someter sus pueblos y aldeas de cemento a misiles, bombas barril, bombas de racimo e incluso armas químicas. Esto podría hacer estallar una crisis de refugiados de proporciones históricas, conduciendo a millones de personas hacia Turquía y Europa. Los residentes de Idlib, mientras tanto, deben continuar viviendo en un caprichoso campo de batalla sin imperio de la ley ni clara autoridad gobernante. En el verano de 2017, por primera vez en toda Siria desde 1954, los residentes del pueblo de Saraqib decidieron tomar el control de su futuro – y celebrar unas elecciones genuinamente libres–.

En la mañana en la que abrirían los centros de votación, un activista llamado Osama al-Hossein se despertó a las cinco de la mañana, sintiéndose ansioso. Pronto se dirigió a la Puerta de Idlib, un antiguo almacén de ventas que se había convertido en una sala de reuniones. Una pequeña multitud se arremolinaba alrededor: periodistas locales, monitores electorales y dignatarios trajeados que, en círculos internacionales, representan a la oposición siria. La elección pretendía escoger al líder del Consejo Local, un cuerpo civil que gobernaba el pueblo. Trabajadores electorales revisaban sus teléfonos buscando reportes del tráfico aéreo: aviones sirios y rusos eran famosos por atacar reuniones públicas, y los activistas habían apostado centinelas alrededor de la provincia.

Hossein, con treinta y cinco años, tenía la cara profundamente marcada de un hombre familiarizado con largas noches de café y cigarros. Antes de la guerra, había sido gerente de cuentas en una compañía cementera, pero en los meses recientes había estado como voluntario organizando las elecciones. Más tarde me admitió que, dadas las circunstancias, celebrar una elección popular era una “idea loca”. Había atendido reuniones de campaña de su candidato preferido, un abogado llamado Ibrahim Bareesh, dentro de un búnker improvisado, sentado cerca de una pared de sacos de arena. Había ayudado a organizar debates, transmitidos en vivo por Facebook, en los que cinco candidatos discutían sobre la avería de la red eléctrica local y sobre los elevados costos de los alimentos que seguían en aumento – algunos apoyaban el control de precios, otros el libre mercado –. Hossein y otros voluntarios habían conducido un censo local, distribuido panfletos y reclutado trabajadores electorales. Miles de votantes se habían registrado, pero nadie estaba seguro de cuántos se presentarían. El peligro emanaba no sólo del cielo sino también de las bermas coronadas con cableados de concertina y los puestos de control de la autopista alrededor del pueblo – áreas bajo el control de Al Qaeda –.

Las mesas electorales abrieron a las ocho y media. El sol ya pegaba fuerte, pero las calles estaban vacías, las persianas de hierro de las tiendas aún abajo. Ningún póster de campaña colgaba en las paredes del pueblo porque los candidatos no podían costearlos. Hossein arrastraba ocho urnas electorales de vidrio a las escuelas que servían como mesas de votación. Cuando hubo terminado, esperó fuera de la escuela de secundaria al-Baneen, las calles zumbaban con los generadores. Tras una hora, los primeros votantes llegaban con cuenta gotas. Luego visitó la escuela al-Salam, donde unas cuantas mujeres formaban una línea. Una vertiginosa idea le vino a la mente: la gente estaba acudiendo de verdad.

Hossein vio a amigos, familiares y una afluencia estable de gente que no conocía, incluyendo a un hombre de setenta años votando por primera vez en su vida. A mediodía, Hossein volvió a la Puerta de Idlib, ahora llena de gente. La bandera de tres estrellas de la revolución siria de 2011 colgaba entre los pilares. Los platos se amontonaban con pollo asado, patatas y arroz que se ofrecían alrededor. Alguien puso una cinta del cantante local Ahmed al-Tellawi en una casetera, y los trabajadores electorales y Hossein comenzaron a bailar.

Temprano en la noche, las líneas de votación salían hacia la calle. Dos candidatos quedaron en la boleta para la presidencia del Consejo Local, y sus seguidores se reunieron en la Puerta de Idlib; a medida que retornaban, ambos campos comenzaron a discutir. Los estatutos electorales, que Hossein había ayudado a diseñar, estipulaban que, si el resultado no alcanzaba un cincuenta por ciento, la votación se extendería un día más. El rival de Bareesh, que presintió que él llevaba la delantera, solicitó que la elección cerrase. Mientras los trabajadores se juntaban en una esquina, contando votos, Hossein iba y venía entre ambos campos opositores, tratando de persuadirlos de respetar las reglas. Cuando un trabajador electoral anunció que el resultado era de un cincuenta y cinco por ciento, la sala estalló en aplausos.

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Antes de la guerra, Hossein había sido un gerente de cuentas en una compañía cementera. Luego se convirtió en un activista político, y, en 2011, fue torturado y encarcelado por las fuerzas de Assad durante cinco meses. Fotografía de Emin Özmen / Magnum para The New Yorker

Hossein estaba cansado hasta los huesos, pero quería celebrar. Mientras los trabajadores electorales tabulaban los resultados, se fue con amigos a una granja fuera del pueblo. En el porche, bajo el pálido brillo de una luz fluorescente, pusieron carne en la parrilla y abrieron una botella de Grant’s 25. Hossein no podía creer lo que habían logrado. El alzamiento del 2011 había comenzado con manifestantes pacíficos demandando reformas, pero, a medida que el gobierno los atacaba y las facciones rebeldes surgían, el país entró en una espiral mortal: balas, bombas barril, decapitaciones. Un pueblo sirio tras otro caía fuera del control gubernamental, y de esta anarquía surgían nuevos horrores. Las banderas de ISIS y Al Qaeda se alzaban a lo largo del país. Niños refugiados se hundían en el mar; rehenes occidentales eran asesinados frente a las cámaras. Siria parecía haber descendido en la barbarie, y, a los ojos de la comunidad internacional, la dura estabilidad de la dictadura de al-Asad comenzaba a parecer razonable, incluso deseable. Siria, se decía, ilustraba el disparate que suponía imaginar, en una región marcada por la religión y la etnia, que un mundo mejor era posible.

De alguna forma, Saraqib había evitado este destino. Ofrecía una historia alternativa para todo el conflicto sirio – y, creía Hossein, sus ciudadanos representaban la verdadera alma de la revolución –. Esa noche, él imaginó que otras pequeñas democracias florecían a lo largo de Siria, y que el resto del mundo lograba entender, finalmente, que su país tenía más que ofrecer que matanzas y tragedia.

Cuando regresó a la Puerta de Idlib, cerca de las 3am, un oficial electoral anunció al ganador: el oponente de Bareesh, un abogado llamado Muthanna al-Muhammad. Los aplausos rodaron por toda la sala. Los resultados importaban menos que el hecho de que los ciudadanos habían formado parte de un ritual en democracia. La gente estaba en lágrimas. Incluso habiendo perdido Bareesh, Hossein recibió abrazos y apretones de mano.

Justo entonces, las puertas se abrieron y un grupo de hombres entró, empuñando armas y aparentemente asustados. Hossein los reconoció como rebeldes locales que apoyaban la elección. “¡Todos fuera!”, gritó uno. “¡Pónganse a salvo!”. A medida que la gente se apresuraba hacia la puerta, las noticias llenaron la sala: Al Qaeda asaltaba Saraqib.

Situado en las amplias planicies del sur de Idlib, Saraqib es un pueblo melancólico, con una sola oficina de correos, al igual que los pueblos vecinos. Durante décadas, era un descanso en la autopista Damasco-Alepo, conocido principalmente por la experiencia de sus residentes reparando los instrumentos utilizados para perforar pozos de agua. Crespos tractos poligonales de tierras de cultivo irradiaban desde los bordes del pueblo. Las calles de Saraqib son estrechos callejones de paredes de cemento amarillentas. Pequeños balcones cuelgan de los altos pisos de las casas de áspero hormigón. El centro es denso con tiendas cubiertas de toldos y puestos de comida callejeros. No hay salas de cine, parques, bares o clubes nocturnos. En el ala norte de pueblo hay un campo de fútbol, cubierto de árboles de higos y olmos; los residentes se toman en serio el deporte. Muchos de los treinta mil habitantes de Saraqib encuentran sus raíces en tiempos otomanos, aunque en décadas recientes una comunidad romaní se estableció en el ala sur, monopolizando el mercado odontológico.

Por muchos años, no había prensa local o estación de radio, y las noticias llegaban a través de la prensa estatal de Damasco o Alepo. Enormes posters de propaganda ocupaban los lugares de las vallas publicitarias. Un cartel, sobre la sub-estación eléctrica, contenía las palabras “SIRIA ESTÁ PROTEGIDA POR DIOS”, acompañado de una fotografía de al-Asad mirando hacia la calle bajo él.

Cuando era niño, Hossein vió muchos posters en todas partes. Lo conocí por vez primera junto a otros activistas locales en el verano de 2017. Tiene el semblante de un hombre considerando perpetuamente los misterios más profundos de la vida, aunque tiene una debilidad por el Real Madrid y la luz de la luna. Cuando al-Asad controlaba la zona, Hossein recuerda que incluso las conversaciones a puerta cerrada eran circunscritas. “Decíamos, ‘Las paredes tienen oídos’,” contaba él. La infraestructura de vigilancia era palpable: el escuálido edificio de una planta que hospedaba la rama local del Directorado de Inteligencia Militar; la oficina adornada con la bandera del partido gobernante Baaz. En las escuelas, los alumnos recibían instrucción en armas de fuego y cantaban, “¡Con nuestra sangre, con nuestra alma, nos sacrificamos por ti, Bashar!”.

Hossein creció en los barrios de clase trabajadora del ala oeste de Saraqib, donde su padre atendía una pequeña tienda de alimentos. Los viernes, su familia asistía a la mezquita del barrio o visitaba el campo. Desde una edad temprana tuvo facilidad para los números y sorprendía a sus amigos recordando las fechas de eventos oscuros. Soñaba con “hacer algo grande”, decía, como convertirse en un economista que acababa con la pobreza. Pero en clase veía que los instructores mostraban favoritismo hacia los hijos de los oficiales de seguridad, hasta el punto de otorgarles las preguntas del examen por adelantado. En las planillas escolares, se le solicitaba que atestiguara su afiliación partidista – había dos opciones, el partido Baaz o “neutro” – y desafiantemente escogió la segunda. Tras su graduación, sus solicitudes de empleo quedaron sin respuesta.

Un día, un amigo lo invitó a una reunión del partido socialista que seguía un poco la visión del nacionalista árabe Gamal Abdel Nasser, de Egipto. “No sabía nada sobre eso”, Hossein me admitió. “Me uní sólo porque decían oponerse al régimen”. Inauguró una sección en Saraqib, y las conexiones del partido le ayudaron a conseguir un puesto en el departamento de cuentas del gobierno municipal. Se sentía atraído por las ideas socialistas, aunque se oponía al “socialismo falso” del régimen, que, creía él, explotaba la etiqueta para enriquecerse. En el trabajo, agitaba para pedir aumentos de sueldo para los trabajadores del sector público, pero sus esfuerzos fueron bloqueados. Su partido, se daba cuenta, había entregado su independencia al partido Baaz y funcionaba como un frente del gobierno; los partidos de oposición genuinos estaban prohibidos.

Hossein se alejó de la política y con el tiempo consiguió trabajo en una compañía cementera. Tenía poco tiempo para los libros – cualquier cosa digna de ser leída era ilegal – pero desarrolló un gusto por Hollywood, y veía programas de detectives siempre que encontraba un reproductor de DVD. La mayoría de las noches las pasaba en salas llenas de humo y cafés, jugando rummy con amigos. “No tenía ningún sentido pensar en política, porque sentíamos que el régimen estaba en todas partes – incluso en el dormitorio –”, bromeaba. Pero un día en casa de sus padres, en enero, 2011, el satélite comenzó a mostrar sorprendentes imágenes de la Plaza Tahrir, en Cairo, llenándose de manifestantes.

En ese momento, Hossein no podía imaginar algo similar sucediendo en Siria. Pero, un mes más tarde, estudiantes de la ciudad sureña de Daraa hicieron grafitis en la pared de una escuela “ES TU TURNO, OH DOCTOR” – en referencia a al-Asad, oftalmólogo de profesión. Fueron arrestados y tratados brutalmente por las fuerzas de seguridad. Las protestas comenzaron, y Hossein escuchó que el régimen respondió masacrando a disidentes no armados. A medida que las protestas se esparcían a lo largo de Siria, Hossein se preguntaba si se podría organizar algo en Saraqib.

Una noche de ese mes de marzo, Hossein y cinco amigos se reunieron en la casa de sus padres para discutir de política. Hablaron del alzamiento de la Hermandad Musulmana en Siria en los ochenta, y de la respuesta viciosa del régimen, que acabó con miles de muertos. “Sabíamos muy bien que si queríamos levantarnos contra el régimen la factura sería cara”, me dijo. Pero las recientes protestas en Daraa eran sobre reformas democráticas básicas, no sobre derrocar al gobierno, y Hossein confiaba en que al-Asad se sentiría constreñido por la mirada de la comunidad internacional y las redes sociales, que emitirían los abusos. Los seis amigos decidieron celebrar una protesta en Saraqib ese viernes, y juraron secretamente invitar a una o dos personas más de confianza. Una mal llamada ley de emergencia prohibía la mayoría de las formas de asamblea pública, y el grupo sólo podía pensar en un sitio para llevar a cabo la demostración.

El 25 de marzo de 2011, unas cuantas docenas de feligreses se reunieron en la mezquita al-Zawiya, en el centro. Se pararon en filas, con los brazos cruzados y las cabezas bajas, mientras el imam recitaba las oraciones de la tarde. De repente, un hombre joven, alto y de cara estrecha gritó “¡Allahu akbar!” (“Dios es más grande”). Era una interjección religiosa estándar, pero en este contexto cuestionaba el principio permanente de la vida siria: que al-Asad era más grande que todas las cosas reales y concebibles. El joven ayudó a liderar una procesión lejos de la sorprendida congregación y hacia la calle. Modificando el eslogan del colegio, los hombres cantaban, “¡Con nuestra sangre, con nuestras almas, nos sacrificamos por ti, oh Daraa!”.

La demostración duró sólo unos minutos, pero el adormecido mercado y los carriles de tierra llenos de baches del pueblo natal de Hossein se sentían diferentes. “Rompimos el miedo”, recordaba él. “Y más gente comenzó a venir y a coordinarse con nosotros”. Hossein se volvió cercano al hombre que había gritado en la mezquita, un estudiante universitario conocido como Muhammad Haf. Formaron el núcleo de un grupo de activistas que se reunían cada viernes y marchaban a través del mercado mientras los agentes del régimen observaban desde las aceras. En esta tensa atmósfera, Haf – quien, antes de la revolución, jamás había sido conocido por expresar una opinión política – ofrecía alegría y carisma. “Bailaba con los niños, se montaba sobre los coches y comenzaba a cantar”, recordaba Hossein. “Donde quiera que él estuviese, la gente gravitaba”. Tarde en la noche, bajo un solitario árbol de higos en una plantación de olivos fuera del pueblo, Hossein y Haf se encontraron con otros activistas. Garabatearon consignas en carteles y planearon rutas de escape. En la oscuridad, fueron a casas de amigos y les suplicaron unirse al grupo.

Las multitudes de los viernes crecieron de manera estable. Los manifestantes cantaban, “Pacífica, pacífica”, y demandaban reformas como eliminar la ley de emergencia. “Sentí que nacía de nuevo”, contaba el activista Manhal Bareesh a la página web Syria Untold.

“Personal de seguridad delante de mí, tipos del Baaz detrás de mí, pero yo protestaba con mi gente. Mis amigos me besaron, algunas personas mayores lloraron, yo esperaba que una bala penetrase mi cabeza en cualquier momento y morir en sus hombros. Fue un sentimiento extraño y fabuloso”.

Algunas semanas más tarde, el gobierno entregó el cuerpo de un soldado de Saraqib que había servido en Daraa. Oficialmente, había sido asesinado por los manifestantes, pero su cuerpo mostraba una herida de bala detrás de la cabeza. Los manifestantes introdujeron un nuevo canto: “La gente quiere la caída del régimen”.

Ese abril, las fuerzas de gobierno asaltaron Saraqib. Hossein pasó la noche sorteando callejones y agachándose en porches no alumbrados mientras el personal de seguridad registraba las casas. Llegó a casa, pero casi un centenar de activistas fueron rodeados. “Perdimos el corazón de nuestro movimiento en una sola hora”, me dijo Bareesh. “Ésa fue la última vez que dormí en mi cama”. Los residentes escondieron en sus casas a los activistas que quedaron; Hossein pasó cada noche en una granja diferente fuera del pueblo, escabulléndose en su casa sólo para cambiarse de ropa.

Cuando el ejército abrió fuego sobre los manifestantes ese mes de junio, asesinando a una persona, los residentes quemaron la sede del partido Baaz. Parado en medio de la multitud, Hossein, con deleite y miedo, se dio cuenta que la revolución estaba tomando el pueblo al completo.

 


Continúa leyendo el capítulo II ⇒

El gobierno tomó represalias con una fuerza aún mayor; el 11 de agosto de 2011, sus tanques y Humvees asaltaron Saraqib de nuevo. Al no encontrar activistas en sus casas, arrestaron a sus amigos y familiares. Saquearon tiendas y metieron fuego a las casas. Desde los olivares fuera del pueblo, Hossein vio las columnas de humo alzarse sobre Saraqib.

……

 

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