EL ÚLTIMO BASTIÓN DE LIBERTAD EN SIRIA (Cap. II – Represión y autodefensa)

En medio de una brutal guerra civil, un pueblo luchó contra el régimen y los fundamentalistas – y se atrevió a celebrar elecciones –. ¿Puede sobrevivir este experimento de democracia?


[Éste es el Capítulo II del texto “Syria’s last bastion of freedom“, de Anand Gopal, publicado originalmente en inglés en The New Yorker, el 10 de diciembre de 2018. En Flores en Daraya publicamos la traducción en castellano por Xili Durán, divido en cuatro partes. Aquí puede accederse al capítulo I, III y IV.]


 

⇐ Del capítulo anterior

“Ésa fue la última vez que dormí en mi cama”. Los residentes escondieron en sus casas a los activistas que quedaron; Hossein pasó cada noche en una granja diferente fuera del pueblo, escabulléndose en su casa sólo para cambiarse de ropa.

Cuando el ejército abrió fuego sobre los manifestantes ese mes de junio, asesinando a una persona, los residentes quemaron la sede del partido Baaz. Parado en medio de la multitud, Hossein, con deleite y miedo, se dio cuenta que la revolución estaba tomando el pueblo al completo.

….

El gobierno tomó represalias con una fuerza aún mayor; el 11 de agosto de 2011, sus tanques y Humvees asaltaron Saraqib de nuevo. Al no encontrar activistas en sus casas, arrestaron a sus amigos y familiares. Saquearon tiendas y metieron fuego a las casas. Desde los olivares fuera del pueblo, Hossein vio las columnas de humo alzarse sobre Saraqib.

Una noche se fue al árbol de higos, donde encontró a los líderes del movimiento manifestante – unas cuarenta personas –. Un cordón eléctrico de una granja cercana daba luz a un bombillo pequeño, y bajo su tenue brillo los hombres bebían café amargo, fumaban y debatían. Eran jóvenes ‘estudiantes universitarios, agricultores, trabajadores – y no tenían una idea clara sobre qué debería reemplazar al gobierno. Ninguno de ellos aparte de Hossein había leído un tratado político o atendido una reunión de partido. El régimen había empobrecido tanto la vida cívica que la unidad de los activistas se basaba enteramente en lo que enfrentaban: corrupción, el incremento del costo del pan, las degradaciones diarias de la dictadura. Ideas vagas sobre la democracia y la redistribución de la riqueza flotaban sobre Saraqib; algunos residentes se preocupaban por que grupos como la Hermandad Musulmana se entrometiesen en su insurrección no violenta. Pero nadie podía fusionar estos sentimientos en un programa de acción – ya era suficiente reto sobrevivir a la noche –. Los activistas acordaron que, antes de seguir adelante, necesitaban organizarse mejor. Así que eligieron un comité de coordinación local de ocho personas, que incluía a Hossein, para ayudar a dirigir las protestas. Para muchos de los activistas, era la primera vez que votaban.

Discutieron cómo proteger las manifestaciones. Un feroz argumento surgió cuando algunos de los hombres propusieron armarse. Iyad Jarrod, uno de los activistas, recordó, “Yo estaba en contra. La mayoría lo estábamos. La gente decía que las armas nos llevarían de vuelta a los ochenta”. Hossein también se oponía. Unas semanas antes, un antiguo miembro de la Hermandad Musulmana de Saraqib, que estaba exiliado en Arabia Saudí, lo había llamado y le había ofrecido recaudar fondos para armas; Hossein lo había rechazado. Bajo el árbol de higos, dio un discurso apasionado contra la idea de armarse, y los activistas acordaron continuar su revolución pacífica.

La reunión se dispersó después de la medianoche. Hossein y tres amigos condujeron un tractor hacia una granja más profunda en el campo. Se acostaron en un trastero. En la oscuridad, sólo podían ver los bailes de los cigarros encendidos mientras reflexionaban sobre un futuro que, por primera vez en sus vidas, parecía pertenecerles.

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En el bazar o el patio del colegio, los residentes de Saraqib escuchaban el bajo retumbar de un avión que se acercaba y corrían en pánico. Algunas semanas, más de cien bombas barril atacaban el pueblo. La gente rara vez podía discernir si se trataba de Moscú o de al-Asad atacándoles. Ilustración de Bill Bragg

Se durmieron. Algún tiempo después, Hossein fue despertado por uno de los otros, que susurró, “Se acercan unas luces”. Salieron fuera mientras un Kia K4000G, utilizado por agricultores para transportar remolachas, rodó hasta detenerse. Un hombre en una galabiya llamó a uno de los amigos de Hossein, “Tú, el de las gafas – ven aquí –”. Su acento tenía el sonido afilado de las tierras altas costeras, el territorio de al-Asad. Cuando Hossein dio unos pasos atrás, oscuras figuras saltaron de la parte trasera de la camioneta. Mientras lo lanzaban al suelo y lo vendaban, podía escuchar gritos y disparos.

Hossein se encontró pronto en una gran celda, atrapado en una maraña de extremidades y envuelto por el olor del sudor. Contó más de cuatrocientas personas, incluyendo niños. Su pie estaba roto y colgando: lo habían azotado en las suelas descalzas, luego lo ataron a una camilla y lo electrocutaron. También lo habían amarrado a un tablero plegable, conocido en las prisiones sirias como la Alfombra Voladora; sus piernas presionadas contra su cara mientras cargaba con el peso de su carcelero.

Las semanas pasaron. La sarna estalló entre los reclusos y una bola de pus del tamaño de una pelota de golf creció en la nariz de Hossein. Escuchó gritos en los pasillos de la prisión. Una noche, los guardias arrastraron a un manifestante cuyas piernas y espalda estaban azules de tanta tortura. Los reclusos se reunieron a su alrededor y echaron agua en sus heridas. Hossein masajeó su piel en un intento desesperado por mejorar su circulación, pero el hombre estaba muriendo. “Tengo cinco hijos, y tengo una madre”, le dijo a Hossein. “Mándale saludos”.

Hossein fue trasladado a una serie de prisiones. La mayoría de las noches no podía dormir. Trató de imaginar lo que estaría sucediendo allá en Saraqib: las sofocantes protestas del viernes; el sonido roto de la voz amplificada de Muhammad Haf. Se forzó a conjurar la dulzura de un cigarro, y se preguntó cómo lo estaría llevando su madre, y si sus amigos estaban aún saliendo en protesta. Fue un pequeño consuelo cuando descubrió a un amigo de Saraqib, Yaser, en la celda con él.

Un día en noviembre escuchó el sonido a lo lejos de una puerta girando, seguido de sordos pasos en el pasillo. Era un guardia que llamaba por nombres, incluyendo el suyo. Él y cincuenta y un prisioneros fueron llevados hacia el pasillo y se les ordenó pararse, hombro con hombro, en dos filas. Hossein encontró a Yaser y se paró junto a él. Un ayudante ordenó a la fila de Hossein subirse a un bus, y a la fila de Yaser subirse a otro. Hossein nunca más vio a la gente de la otra fila. “Si Yaser hubiese estado delante o detrás de mí, estaría conmigo ahora”, dijo.

Los veintiséis hombres en la fila de Hossein fueron transferidos a otra prisión. Mientras eran torturados, Hossein confesó once cargos, incluyendo burlarse del ejército, formar una “banda del mal”, encubrir un arma y financiar terroristas. Miles de sirios estaban siendo acusados de cargos similares, pero a medida que las prisiones comenzaron a alcanzar su capacidad máxima el régimen comenzó a liberar a algunos detenidos. El 20 de enero de 2012, tras cinco meses en prisión, Hossein caminaba libre. Estaba oscuro cuando llegó a Saraqib, y no podía creer lo que vio. El pueblo había organizado una marcha de bienvenida para él: carros sonando las bocinas, niños elevando serpentinas, mujeres ululando desde los balcones, hombres tocando tambores. Llegó a casa y abrazó a sus padres. Para su sorpresa, había armas por todas partes. La gente disparaba con alegría hacia el aire, iluminando el cielo de la noche sobre Saraqib. Los amigos que solía encontrar bajo el árbol de higos, alguna vez simples profesores y trabajadores de la construcción, estaban ahora armados, cada uno dirigiendo su propia brigada.

Hossein reconectó con viejos amigos y se lanzó a organizar nuevas protestas. Aprendió que, tras su arresto, el debate sobre tomar las armas había persistido durante semanas. En ese tiempo, cuatro o cinco personas locales había estado recogiendo nombres para el régimen. Estos agentes – que eran conocidos como shabiha, un término que originalmente se refería a bandas costeras de contrabando – también acosaron a los familiares de los activistas y alguna vez hicieron redadas en casas. Después de que un activista fuera secuestrado, “la gente estaba histérica”, cuenta Manhal Bareesh, añadiendo, “Nos dimos cuenta de que sabían todos los nombres, podían llegar a cualquier parte. Estábamos aterrorizados”.

Una noche, los shabiha asaltaron el mercado, siguiendo la pista de que allí se encontraba un activista. Cuando no pudieron localizarlo, comenzaron a amenazar a la gente. En un restaurante de parrilla, forcejearon un chico al piso y le dispararon en la mano. Muhammad Haf, el amigo de Hossein, estaba cerca, y cogió un rifle de caza y le disparó a los shabiha, alejándolos del lugar. Éstos fueron los primeros balazos disparados por un revolucionario en Saraqib.

Los shabiha suspendieron sus redadas, lo que animó a los activistas a recaudar fondos entre amigos y familiares para comprar armas. Para cuando Hossein regresara a casa, seis pequeños grupos rebeldes operaban en Saraqib, liderados cada uno por los activistas originales. Milicias similares brotaron a lo largo y ancho del país y, aunque no había una organización central, se llamaron colectivamente a sí mismos el Ejército Libre Sirio. El ELS era tan rudimentario que la gente empezó a diferenciar las unidades refiriéndose al “ELS bueno” y el “ELS malo”. En Saraqib, la mayoría de las unidades eran bien vistas, aunque una de ellas desató la rabia tras recurrir al bandidaje para financiarse.

Por todo el país, las milicias “buenas”, junto a activistas no armados como Hossein, eran la mayoría, y hacían rápidas ganancias. Oficiales del ejército sirio aparecieron en YouTube, rompiendo sus tarjetas de identificación y anunciando su deserción. Rebeldes armados comenzaron a erigir cientos de bloqueos en las calles. Uno tras otro, los pueblos pequeños comenzaron a caer bajo la autoridad de facto del ELS, y los disturbios se extendían a las grandes ciudades.

En la primavera de 2012, el régimen golpeó con fuerza. Una brutal contra-ofensiva barrió el norte de Siria, y pronto alcanzó los suburbios de Saraqib. Hossein y muchos otros coordinadores de protestas huyeron, pero Muhammad Haf decidió quedarse atrás y dirigir a miembros del ELS para defender el pueblo.

Las escuelas estaban cerradas, y, con los hombres en edad militar bajo sospecha de apoyar la revolución, las familias enviaron a sus hijos a otras provincias. Los rebeldes comenzaron a perder los nervios. Docenas desertaron del grupo de Haf, hasta que sólo quedaron unos cincuenta combatientes.

Fuerzas del régimen comenzaron a amasarse cerca de Saraqib, y una invasión parecía inminente. Una noche, el activista Iyad Jarrod, que había estado filmando un documental en Saraqib, visitó un campamento rebelde. En un patio, bajo un joven árbol de naranjas, encontró a Haf reuniendo bombas de carretera hechas de cilindros de gas de cocina. Unos cuantos combatientes se amontonaban cerca. Los combatientes se quejaron de la falta de apoyo internacional y de la escasez de armas. Jarron preguntó a Haf sobre las deserciones. “¡Una retirada táctica!” respondió, sonriendo.

“Imagina que te conviertes en un mártir mañana”, dijo Jarrod. “¿Cuáles te gustarían que fuesen tus últimas palabras?”

“Espero que quienes sobrevivan continúen nuestro camino, eso es todo”. Agregó, “La revolución va a continuar sin importar cuánta gente muera, cuánto nos ataquen y nos persigan. Venceremos”.

Primero visité Idlib en la primavera de 2012, acompañado de activistas locales. Entramos en Siria tarde en la noche, a pie, luego condujimos por carreteras de tierra. En aldeas de carretera, ventanas iluminadas por velas parpadeaban mostrando movimientos dentro. Tras descansar en el tope de la montaña de una aldea, descendimos a las planicies del centro de Idlib. Un amanecer rosado exponía el campo abajo; chabolas de hierro oxidado, establos marrones, casas bajas. Aquí y allá, columnas de humo oscuro salían de aldeas de piedra recién atacadas por el ejército sirio.

En Saraqib, las calles estaban desoladas, las tiendas cerradas. Una semana antes, el ejército había reconquistado el pueblo. Fuerzas del régimen permanecían a las afueras del pueblo, y los locales tenían miedo de hablar. Llegué a hablar con varias personas que habían sido testigos de la batalla. Uno de ellos era Mousab al-Azzo, que vivía en un barrio de clase trabajadora en el lado oeste. Azzo, un hombre de cara alegre de treinta y nueve años de edad con pelo cano, había sido un popular entrenador de fútbol hasta que las dificultades económicas lo forzaron a irse para encontrar trabajo reparando herramientas de excavación de pozos de agua. Regresó a Siria justo antes de la revolución y pronto se convirtió en un fijo de las protestas de los viernes. Estaba en casa cuando el régimen invadió Saraqib. “La batalla fue realmente aterradora”, dijo. “Escuchábamos los misiles y los niños lloraban. Luego reinó el silencio y después vimos los tanques viniendo”.

Más de treinta combatientes del ELS fueron asesinados en el asalto. Haf y otros sobrevivientes se escondieron en edificios abandonados. Soldados del régimen fueron casa por casa, buscando a los rebeldes. Registraron de arriba abajo la casa de Azzo y golpearon a su padre. Al día siguiente, alguien disparó un cohete desde el vecindario, y el régimen respondió bombardeando una casa junto a la de Azzo. Miró a través de la ventana a su vecino, un sastre, buscando supervivientes. Los soldados aparecieron de repente, deteniendo al sastre y a uno de sus primos. La madre del sastre salió fuera. “¡Por favor, se lo ruego”, lloró. “¡Es un chico simple, sólo es un trabajador!”. Un soldado amenazó con matarla. Apretó a su hijo, pero se lo arrebataron, diciendo, “Su hijo es una deshonra”. El sastre y su primo fueron llevados a una estación de servicio cercana y ejecutados.

El resto del día, Azzo permaneció escondido en casa, mientras otros residentes fueron llevados y ejecutados en la misma estación de servicio. Al día siguiente, los soldados comenzaron a saquear el mercado y a incendiar las tiendas mientras cazaban a Haf. Durante una redada en las casas, descubrieron a su hermano, Sa’ad, que estaba herido de bala tras haber huido de la ofensiva. La hermana de Haf, Wisal, que estaba con Sa’ad en ese momento, recuerda: “Comenzaron a atacarlo brutalmente, dándole en la cabeza, en su cara, en su herida abierta”. Le dijo a los soldados que Sa’ad sólo era un estudiante universitario y que no había usado ningún arma. “Todos somos sirios, ¿por qué hacen esto?” rogaba ella. “No somos su enemigo. ¡No somos Israel!”.

Los oficiales llegaron, y ella juró que no sabía dónde estaba Haf. Uno de los oficiales ordenó a sus hombres incendiar la casa. “¡Quémenla!” lloró ella. “¡Quemen todas las casas!”. Señalando a Sa’ad, ella dijo, “Sólo deje en paz a mi hermano”. Luego los soldados comenzaron a golpear a su hijo menor, Uday, un chico de noveno grado. “Agarraron a mi hijo frente a mí”, recuerda ella. “Estaba tan asustado y mudo”. Sa’ad y Uday fueron arrastrados fuera. Era casi de noche, y la electricidad se había cortado.

Escuchó los gritos de un hombre. Era Sa’ad, gritando “¡Allahu akbar!” mientras los soldados le pedían que dijese “¡Bashar es grande!”. Lo ejecutaron. Luego Uday comenzó a cantar “¡Allahu akbar!”. Él, también fue asesinado.

Durante dos días, el ejército continuó asesinando. Haf y unos cuantos rebeldes fueron vistos cerca de una granja fuera del pueblo. Los soldados del régimen abrieron fuego. Haf corrió detrás de la granja y gritó a sus hombres que escapasen mientras él los cubría. Fue asesinado en pocos minutos.

Esa noche, el ejército abandonó Saraqib. Hossein fue en motocicleta a casa de Haf, donde se reunían los dolientes. Lloró mientras enterraban a Haf. “Haf, él creó Saraqib”, me dijo Hossein. Sintió que su propia juventud, su idealismo e imaginación descendían a la tierra junto a su amigo.

Antes de que los soldados del régimen dejaran la escena, habían filmado el cuerpo de Haf. “Oh, hermano de la puta, Oh, hijo del chulo, ¿ya estás contento?” dijo un soldado en cámara. “Que se joda el coño de tu madre”.

 


Continúa leyendo el capítulo III ⇒

El régimen se trasladó a reprimir rebeliones en otros pueblos, pero dejó detrás algunos puntos de control, y un francotirador se posicionó en una torre de radio que daba hacia el vecindario de Mousab al-Azzo, el antiguo entrenador de fútbol. Durante meses, el francotirador disparó contra todo lo que se movía. Uno de los vecinos de Azzo murió bajo su disparo comprando alimentos. Una niña de cuatro años fue disparada en la espina dorsal y quedó paralizada. Hossein, que vivía cerca, podía visitar su casa sólo después del atardecer, usando ropa negra. La periodista Samar Yazbek, en sus memorias de 2016, “El Cruce”, escribió, “Mucha gente del pueblo había derribado las paredes que separaban las casas, convirtiéndolas en vías de paso. Podíamos cruzar atravesando las casas de extraños, saltar de las ventanas o trepar las escaleras hacia el nivel de la calle, para luego escabullirnos a través del patio cargando nuestros zapatos”.

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3 comentarios sobre “EL ÚLTIMO BASTIÓN DE LIBERTAD EN SIRIA (Cap. II – Represión y autodefensa)

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