EL ÚLTIMO BASTIÓN DE LIBERTAD EN SIRIA (Cap. III – Un pulso contra el fundamentalismo)

En medio de una brutal guerra civil, un pueblo luchó contra el régimen y los fundamentalistas – y se atrevió a celebrar elecciones –. ¿Puede sobrevivir este experimento de democracia?


[Éste es el Capítulo III del texto “Syria’s last bastion of freedom“, de Anand Gopal, publicado originalmente en inglés en The New Yorker, el 10 de diciembre de 2018. En Flores en Daraya publicamos la traducción en castellano por Xili Durán, divido en cuatro partes. Aquí puede accederse al capítulo I, II y IV.]


 

⇐ Del capítulo anterior

Esa noche, el ejército abandonó Saraqib. Hossein fue en motocicleta a casa de Haf, donde se reunían los dolientes. Lloró mientras enterraban a Haf. “Haf, él creó Saraqib”, me dijo Hossein. Sintió que su propia juventud, su idealismo e imaginación descendían a la tierra junto a su amigo.

Antes de que los soldados del régimen dejaran la escena, habían filmado el cuerpo de Haf. “Oh, hermano de la puta, Oh, hijo del chulo, ¿ya estás contento?” dijo un soldado en cámara. “Que se joda el coño de tu madre”.

….

El régimen se trasladó a reprimir rebeliones en otros pueblos, pero dejó detrás algunos puntos de control, y un francotirador se posicionó en una torre de radio que daba hacia el vecindario de Mousab al-Azzo, el antiguo entrenador de fútbol. Durante meses, el francotirador disparó contra todo lo que se movía. Uno de los vecinos de Azzo murió bajo su disparo comprando alimentos. Una niña de cuatro años fue disparada en la espina dorsal y quedó paralizada. Hossein, que vivía cerca, podía visitar su casa sólo después del atardecer, usando ropa negra. La periodista Samar Yazbek, en sus memorias de 2016, “El Cruce”, escribió, “Mucha gente del pueblo había derribado las paredes que separaban las casas, convirtiéndolas en vías de paso. Podíamos cruzar atravesando las casas de extraños, saltar de las ventanas o trepar las escaleras hacia el nivel de la calle, para luego escabullirnos a través del patio cargando nuestros zapatos”.

Pero con las fuerzas del régimen mayormente ausentes de Saraqib, los revolucionarios supervivientes comenzaron a reagruparse. Entre puestos de mercado quemados y montones de escombros, los manifestantes llenaron las calles de nuevo. Los rangos del ELS se llenaron de reclutas que habían perdido a seres queridos. Qatar y otros estados del Golfo inundaron Siria con armas y dinero, y las unidades rebeldes rejuvenecidas pronto invadieron Alepo y presionaron las puertas de Damasco.

Pueblos de paso como Saraqib parecían ahora inmateriales para la supervivencia del régimen, y el ejército se retiró de buena parte de Idlib para reforzar a sus tropas en ciudades clave. En noviembre de 2012, los rebeldes de Saraqib expulsaron al francotirador, y el último puesto de control del régimen calló. Protestantes exaltados pusieron canciones revolucionarias a todo volumen desde los altavoces de los coches. “Cuando el ejército se retiraba, comenzaron a bombardearnos”, recordó Hossein. “Quizás quinientos veinte proyectiles cayeron sobre Saraqib, y nosotros corríamos alrededor, excavando los escombros, pero por primera vez teníamos la idea de que éste era realmente nuestro pueblo”.

Tenía poco tiempo para celebrar: su pueblo tenía que luchar contra el bombardeo continuo, los mercados destruidos, los devastados vecindarios, y las familias sin techo. Los directores municipales y sus agentes habían huido junto a los agentes de inteligencia y los shabiha. La basura se acumulaba, la electricidad era intermitente, las escuelas abrían irregularmente. Los activistas en el comité de coordinación local de los manifestantes debatían cómo mantener las luces encendidas y a la gente alimentada. Decidieron establecer un cuerpo de doce miembros para gobernar Saraqib, y los llamaron el Consejo Local. Hossein fue nombrado su primer presidente.

No mucho más tarde, a Hossein le presentaron a Kinda al-Kassem, una parienta política de su hermano. Ella había estudiado física en la universidad y ahora enseñaba la materia a niños del colegio. Reunió el coraje para pedir su mano; se casaron el 15 de marzo de 2013, en el segundo aniversario de la insurrección de su país.

Pese a su nueva vida doméstica, Hossein continuó trabajando largas jornadas para ayudar a revivir los servicios de Saraqib, conectándose con activistas en otros municipios comprometidos con experimentos de auto-gobierno. En respuesta a las exigencias del colapso que suponen los tiempos de guerra, los Consejos Locales se habían erigido espontáneamente en cientos de pueblos y ciudades liberadas. Hossein y sus camaradas no conocían un modelo para este gobierno de abajo hacia arriba, pero entendieron que quien gobernase Saraqib necesitaría un fuerte apoyo popular. Hossein concluyó que los miembros del Consejo Local deberían, un día, ser elegidos mediante elecciones libres y justas.

No todos los residentes abrazaban la noción de un Saraqib democrático. Las primeras pistas de resistencia llegaron del mercado, donde comenzaban a aparecer cintas de DVD que mostraban las hazañas de los yijadistas luchando contra tropas estadounidenses en Afganistán. Luego, durante los días de los francotiradores, Hossein comenzó a notar combatientes barbudos alrededor del pueblo, hombres reservados que no cargaban la bandera revolucionaria de tres estrellas. Su líder era un hombre jovial y fornido conocido como Abu Anas. En los noventa, Abu Anad, un profesor de literatura árabe, había fundado un círculo de activistas dedicados a oponerse a las ideas comunistas – populares entonces en las universidades – que abogaba por una doctrina purista del Islam político llamada salafismo. Después de 2003, algunos de estos hombres fueron a Irak a pelear contra EEUU; cuando regresaron, fueron encarcelados por el régimen de al-Asad. En una serie de amnistías en 2011, la mayoría de estos combatientes fueron liberados, y regresaron a Saraqib.

Cuando la revolución estalló, Abu Anas y los salafistas evitaron las protestas de los viernes. “No queríamos que el régimen dijese que ésta era la revolución de la Hermandad Musulmana y Al Qaeda”, me dijo Abu Anas. Sin embargo, agregó, “Comenzamos a comunicarnos con nuestros viejos amigos”. Un día, fundamentalistas de todo el país convergieron en la casa de Abu Anas en Saraqib y lanzaron formalmente un movimiento armado salafista. Se denominaron los Hombres Libres del Levante, o Ahrar al-Sham.

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“Nadie había celebrado una elección general antes bajo estas condiciones,” dijo Hossein. “Pero luego pensé, ¿por qué no? Tenemos esta oportunidad de aprender desde la experiencia, de crear algo para toda Siria.” Ilustración de Bill Bragg

A medida que la revolución se militarizaba, Ahrar al-Sham permaneció en la clandestinidad. Sólo después de que las fuerzas del régimen invadieran Saraqib, los fundamentalistas comenzaron a mostrarse en público. “Reconocimos desde el inicio que este régimen no podía ser derrotado pacíficamente”, me dijo Abu Anas. “Pero queríamos que la gente llegase a esta conclusión por sí mismos”. Contrario a Hossein y su gente, los fundamentalistas de Ahrar al-Sham eran experimentados agentes, con mentes perspicaces para la estrategia política. Con fondos de Qatar y donantes privados, Ahrar al-Sham compró armamento pesado y atrajo reclutas. En cuestión de meses, se convirtió en el grupo rebelde más poderoso de Saraqib. En poco tiempo, secciones del grupo comenzaron a aparecer por toda Siria.

A principios de 2013, un hombre de Saraqib tomando alcohol fue secuestrado y golpeado. No mucho después, hombres enmascarados irrumpieron en la oficina de una organización de base, exigiendo que las mujeres empleadas se cubriesen el cabello. Después de que los activistas estableciesen una corte local para juzgar los crímenes cometidos por los rebeldes, Ahrar al-Sham logró instalar 3 jeques religiosos – convirtiéndola de la noche a la mañana en una corte de la sharia –.

Una tarde, los fundamentalistas aparecieron en el mercado de Saraqib con dos prisioneros. Un combatiente de pelo largo declaró que uno de ellos era culpable de permitir que su hija se volviese a casar muy rápido tras haberse divorciado. Al prisionero lo obligaron a arrodillarse. Mientras otros dos combatientes lo contenían, un hombre enmascarado le daba violentos golpes con un látigo, contando en voz alta. El prisionero se retorcía como un pez varado, llorando, “¡Oh, Dios!”. Al contar cincuenta, fue reemplazado por otro prisionero – su yerno – y el conteo comenzó de nuevo.

Hossein y sus compañeros activistas estaban enfurecidos. Aunque muchos de ellos eran píos, habían concluido que la fe era una cuestión del corazón, no del estado. En ese tiempo, Mousab al-Azzo me dijo: “Están secuestrando la revolución. Es como una guerra fría aquí”. En una protesta de viernes en febrero de 2013, Hossein y cientos de manifestantes marcharon a lo largo de la calle del mercado, llamando a la caída del régimen. Luego, varios manifestantes, incluido Hossein, cantaron un nuevo la consigna que llamaba explícitamente al secularismo: “¡Saraqib es un estado civil! ¡Queremos un estado civil!”. Un miembro de Ahrar al-Sham asaltó a un manifestante secular, amenazando: “¡Obtendremos nuestro califato por la fuerza!”. Los fundamentalistas pisotearon la bandera del Ejército Libre de Siria. Por primera vez en la revolución, la protesta en Saraqib había quedado dividida. Los manifestantes seculares se separaron, ondulando la bandera revolucionaria de tres estrellas, gritando por la libertad y la unidad. Los fundamentalistas marcharon adelante, alzando banderas blancas y negras engalanadas con las palabras “No hay más dios que Dios”.

En esta creciente división, el fervor revolucionario de muchos residentes de Saraqib flojeaba bajo el bombardeo implacable del régimen y la catástrofe económica. Los fundamentalistas intentaban ganar apoyo popular resaltando la corrupción de los rangos del ELS; en aldeas montañosas cercanas, un notorio comandante rebelde había estado erigiendo puestos de control fraudulentos y saqueando motoristas. Las cortes religiosas como la de Saraqib ofrecían justicia dura, pero confiable, mientras que las cortes seculares de la región estaban llenas de conflicto e ineficiencia. Pero para la mayoría de los ciudadanos el asunto clave era el pan, un pan que el régimen había suplido anteriormente a precios subsidiados para las familias pobres. Ahrar al-Sham abrió una panadería en Saraqib y comenzó a proveer pan barato. Los fundamentalistas comenzaron a hacer esto en muchas ciudades sirias, lo que les permitió marginalizar o expulsar a los revolucionarios seculares; miembros del Consejo Local de Saraqib estaban determinados a superar estas tácticas de los fundamentalistas. Hossein recuerda: “Sabíamos muy bien que, si dejabas un hueco en los servicios, sería llenado por el extremismo”.

El Consejo Local se dio cuenta de que la línea de electricidad del gobierno pasaba por Saraqib hacia Idlib, la capital de provincia, que permanecía bajo el control de al-Asad. Hossein llamó al gobernador del régimen con una amenaza: continúe proveyendo trigo a la panadería pública de Saraqib, o los revolucionarios dañarán la línea eléctrica. Los suministros llegaron, y los trabajadores de la panadería comenzaron a gestionar el local por sí mismos, en cooperación con el Consejo Local.

El Consejo Local continuó respondiendo a cada movimiento hecho por los fundamentalistas, y la rivalidad se convirtió en la obsesión de Hossein. Cuando Ahrar al-Sham abrió una clínica, Hossein consiguió donaciones para el hospital público. Cuando los fundamentalistas comenzaron a proveer ayuda para las viudas de guerra, buscó fondos para hacer lo mismo. Ahrar al-Sham tenía donantes adinerados en Kuwait y Qatar; Hossein y sus camaradas se vieron forzados a apelar a fuentes occidentales, incluyendo varias subvenciones gubernamentales estadounidenses, que proveyeron al Consejo Local de salarios y equipo de construcción.

Ahrar al-Sham comenzó a acusar públicamente a Hossein y al Consejo Local de colaborar con “cruzados” estadounidenses. Nuevos grupos fundamentalistas surgieron, incluyendo una banda de hombres que habían peleado en Irak y que se declararon miembros de Jabhat al-Nursa – la franquicia siria de Al Qaeda –. Nusra era incluso más radical que Ahrar al-Sham: abogaba por prohibir los cigarros, segregar a hombres y mujeres sin relación y cubrir a las mujeres – incluso los maniquíes femeninos en las ventanas de las tiendas –. Desde el punto de vista de los seculares, sin embargo, ambos grupos buscaban imponer sus estructuras en la población.

Hombres enmascarados recorrían las calles de Saraqib, hablando con acentos extranjeros. Había claras ráfagas de disparos en la noche y, en la mañana, noticias de hombres jóvenes desaparecidos. Los amigos de Hossein lo alertaron para que huyera de Saraqib, pero él se negó. Irse jamás había sido una opción para Muhammad Haf, ni para otros de sus camaradas asesinados. Abandonar el pueblo ahora, se decía a sí mismo, sería una traición.

En cambio, Hossein enfocó sus energías en coordinar los servicios municipales. Un día en abril de 2014, condujo fuera del pueblo para discutir los fallos de la red eléctrica con miembros de varios grupos armados. Se acercó a un puesto de control solitario en una carretera vacía. De repente, fue sacado de su coche, vendado y lanzado a un maletero. En un molino de trigo cercano, un jordano de una facción radical disidente le preguntó sobre la financiación occidental del Consejo Local. Su portátil y su teléfono móvil fueron registrados, y luego lo pusieron dentro de una nave, con el cerrojo echado.

“Estaba en la tierra, con las manos atadas en mi espalda”, recordó. “Fue enloquecedor”. Un gorro de lana le cubría la cara, y los días pasaron en la oscuridad. Ocasionalmente, un hombre entraba y le quitaba el gorro; Hossein parpadeaba ante la luz mientras el hombre le metía un sándwich, ordenándole comer. Pero estaba mayormente solo. Podía escuchar el canto de los pájaros, el gemido del ganado. Trató de pensar sobre su casa, su esposa y sus camaradas, pero el dolor era tan implacable que su mente se ponía en blanco. En la prisión del régimen estuvo en la compañía de otros. Ahora se preparaba, en soledad, para el momento en el que sería arrastrado y lanzado a una cuneta.

Pero un día la puerta de la nave quedó abierta, y le dijeron que era libre de irse. Cuando llegó a casa, se dio cuenta de que a los fundamentalistas se les habían ido las cosas de las manos: su secuestro había hecho estallar protestas por todo Saraqib. Su cautiverio había durado sólo seis días, pero Hossein estaba profundamente agitado. En el pasado, sólo había tenido que evadir a unos cuantos shabiha; ahora tenía muchos enemigos, y vivían junto a él. No había cuartel seguro. Esa noche, Hossein demitió del Consejo Local.

En la primavera de 2015, una coalición rebelde que incluía Al Qaeda y tenía fuertes apoyos del Golfo capturó la ciudad de Idlib. Esto desencadenó la intervención rusa en Siria, y pronto dos fuerzas aéreas chirriaban sobre el cielo de Saraqib. En el bazar o el patio del colegio, la gente escuchaba el rugido bajo de un avión que se acercaba y corrían en pánico. Algunas semanas, hasta veinticinco bombas barril por día caían en el pueblo, y los residentes no podían saber si era Moscú o al-Asad quien los atacaba. Una vez, los rebeldes derribaron un helicóptero de transporte MI-8 ruso en los suburbios. Según trabajadores de ayuda local, Rusia tomó represalias con ciento sesenta y cinco ataques aéreos, atacando escuelas, tiendas, el banco de sangre, el cementerio. El régimen de al-Asad envió un mensaje de texto masivo a los ciudadanos exigiendo los cuerpos de los pilotos, amenazando, “Ayúdanos a devolverlos si no quieren más dolor”.

A medida que se apilaban las víctimas de Saraqib, los residentes abrieron un segundo cementerio para albergar a los muertos. Miembros del Consejo Local lucharon por mantener el pueblo a flote a la vez que intentaban mantenerse con vida ellos mismos. Una vez, cuando Hossein visitaba la sede del Consejo Local, un activista de oposición vino a la puerta. El activista tenía cita ese día, pero estúpidamente anunció sus planes en Facebook. Los hombres pronto escucharon el zumbido lejano de un helicóptero. Hossein encendió la radio portátil; eran amenazas a todo volumen de un avión que se acercaba. Gritó: “¡Fuera!”. La radio chillaba: “¡Bombas barril!”. Segundos más tarde, el mundo explotó. Los marcos de las ventanas volaron hacia fuera; el polvo sofocaba el aire. “Había un silencio increíble”, recordó Hossein. Miró abajo hacia sus piernas y vio a un hombre abrazado a ellas. Cuando Hossein emergió de la destrucción, vio que el techo del edificio se había volado. Su sucesor como presidente del Consejo Local, Nihad Sheikh Deeb, estaba muerto.

Durante los próximos cuatro años, el régimen asestó cinco golpes directos contra el Consejo Local. También diversificó sus tácticas. En abril de 2013, un helicóptero lanzó tres botes de humo sobre el vecindario donde Hossein y Azzo vivían. La gente vomitó y perdió la consciencia. Una mujer fue llevada a toda prisa al hospital, con espuma en la boca, pero no sobrevivió. Según un informe posterior de Naciones Unidas, una autopsia indicó que la mujer había “dado positivo en el examen” de gas sarín.

Los bombardeos en Saraqib se volvieron tan rutinarios que los activistas desarrollaron un sistema de alerta temprana. Si un avión despegando de Alepo comenzaba tras dos minutos a pasar por las montañas orientales, una llamada salía hacia los miradores de la provincia de Idlib. Si descendía sobre el pueblo de al-Hader, los miradores sabían que venía hacia Saraqib. Los residentes tenían sólo siete minutos para huir. Los activistas corrían la voz en las radios portátiles y los teléfonos móviles. Los rebeldes disparaban al aire. La gente conducía fuera del pueblo para esconderse en campos y olivares; tras el ataque, regresaban para ver si sus casas estaban aún en pie. Tras un tiempo el régimen aprendió que los residentes escapaban y despachó un L-39 Albatross para destrozar los vehículos que huían. Los residentes comenzaron a escapar a pie, o, si estaba muy oscuro, en coches con las luces apagadas. “Yo mismo hice esto al menos cien veces”, dijo Hossein.


Continúa leyendo el capítulo IV ⇒

Casi cada persona que conocí de Saraqib conocía a alguien que había muerto en los ataques aéreos. Sin embargo, hablaban de su pueblo destripado y muerto de hambre con un sentido de esperanza, incluso con asombro. Para 2016, Saraqib llevaba casi cuatro años libre de la autoridad del gobierno y en ese tiempo el pueblo había experimentado un floreciente arte y debate político…

 

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