EL ÚLTIMO BASTIÓN DE LIBERTAD EN SIRIA (Cap. IV – Resistencia y exilio)

En medio de una brutal guerra civil, un pueblo luchó contra el régimen y los fundamentalistas – y se atrevió a celebrar elecciones –. ¿Puede sobrevivir este experimento de democracia?


[Éste es el Capítulo IV del texto “Syria’s last bastion of freedom“, de Anand Gopal, publicado originalmente en inglés en The New Yorker, el 10 de diciembre de 2018. En Flores en Daraya publicamos la traducción en castellano por Xili Durán, divido en cuatro partes. Aquí puede accederse al capítulo I, II y III.]


 

⇐ Del capítulo anterior

Los bombardeos en Saraqib se volvieron tan rutinarios que los activistas desarrollaron un sistema de alerta temprana. Si un avión despegando de Alepo comenzaba tras dos minutos a pasar por las montañas orientales, una llamada salía hacia los miradores de la provincia de Idlib. Si descendía sobre el pueblo de al-Hader, los miradores sabían que venía hacia Saraqib. Los residentes tenían sólo siete minutos para huir.

Casi cada persona que conocí de Saraqib conocía a alguien que había muerto en los ataques aéreos. Sin embargo, hablaban de su pueblo destripado y muerto de hambre con un sentido de esperanza, incluso con asombro. Para 2016, Saraqib llevaba casi cuatro años libre de la autoridad del gobierno y en ese tiempo el pueblo había experimentado un floreciente arte y debate político. Antes de la revolución, los caseríos de Idlib no tenían ni un periódico local. Ahora docenas de pueblos liberados producían sus propias publicaciones semanales y mensuales. En Saraqib, la publicación líder era el Olivo, que a veces presentaba francos debates sobre el rol del Islam. Un escritor argumentaba: “El secularismo no está interesado en la relación entre los individuos y su religión, y de hecho nunca interferiría en esa materia”. Un activista comenzó una revista mensual dedicada a las ideas del pensador islámico del siglo diecinueve Abd al-Rahman al-Kawakibi; otro revolucionario lanzó una bi-mensual para niños. Los activistas establecieron Radio Alwan, una estación de noticias y comentarios, fijando un pequeño transmisor FM en la parte trasera de una camioneta pasando por las calles del vecindario, transmitiendo programación de cuadra en cuadra.

Anidado entre edificios medio derruidos estaban las sedes de instituciones antiguamente conocidas para Saraqib: un fórum de poesía, un grupo de comedia, una compañía de teatro. Inspirados por Bertolt Brecht, un ensamble de actores escenificaron obras que rompían la cuarta pared, dibujando para la audiencia cuentos que ofrecían críticas puntiagudas sobre los beneficios que surgían de la guerra y otras injusticias. Un colectivo de activistas pintó sobre las paredes marcadas por las balas alrededor del pueblo, embadurnando el cemento que se derrumbaba en verdes y azules luminosos, e inscribiendo en ellos frases filosóficas y fragmentos de versos. Pronto, las paredes del pueblo estaban cubiertas de mensajes hacia seres queridos, y los locales comenzaron a llamar a esta iniciativa Los Cuadernos de los Amantes. Una pared cerca de la casa de Hossein estaba pintada con un verso del poeta palestino Mahmoud Darwish: “Estamos vivos, estamos aquí y el sueño continúa”.

Mousab al-Azzo aprendió por su cuenta a editar videos y comenzó a filmar las secuelas de los ataques aéreos rusos – rescatistas sacando cuerpos de los escombros –. Rompía a llorar, luego se componía y subía el video a YouTube. Se convirtió en el corresponsal de la estación de televisión vinculada al ELS, y contribuyó con artículos independientes al Olivo. No le pagaban por su periodismo, así que se mantenía trabajando en una panadería.

La fuerza de este movimiento revolucionario redujo el impacto de Ahrar al-Sham. Casi todos los intentos por parte del grupo por imponer su ley sobre Saraqib habían fracasado; cuando trató de crear un nuevo cuerpo político – un “senado” – para socavar al Consejo Local, los activistas ganaron el control de esa institución también. Para 2017, Ahrar al-Sham había adoptado a regañadientes la bandera tricolor revolucionaria.

Al mismo tiempo, Nusra, que estaba bien financiado y estrechamente organizado, tragaba franjas del campo de Idlib. Cuidadosamente al principio, y luego con creciente descaro, sus miembros atacaron las organizaciones populares; periódicos revolucionarios fueron cerrados, y activistas empujados al exilio. Enfrentados al prospecto de la extinción, los Consejos Locales comenzaron a desviarse hacia la órbita de Nusra.

Para 2017, Saraqib era uno de los pocos lugares no conquistados por Nusra. La organización a veces conducía redadas en el pueblo – en algún momento embargaron el transmisor de Radio Alwan – pero también ejercía un poder suave distribuyendo pan y ropa. Saraqib, sin embargo, tenía uno de los pocos Consejos Locales que recaudaba impuestos para poder mantener el ritmo de distribución de los servicios.

Aún así, incluso con ambos bandos repartiendo ayuda, no era suficiente para salir adelante. La mayoría de los residentes encontraba trabajo sólo por unos cuantos días, como mucho. Pasaron noches a la luz de la vela, y a veces abrían el grifo para encontrarlo seco. El descontento contra ambos bandos se cocinaba a fuego lento (una vez, cuando el Consejo Local falló en proveer una explicación completa sobre cómo se gastó el dinero recaudado en impuestos, la editorial del Olivo exigía: “¿Dónde está el resto del dinero? ¿En qué se lo están gastando?”). A principios de 2017, una campaña se expandió en Facebook llamando a elecciones públicas del Consejo Local, para supervisar mejor los gastos de la ayuda y exigir cuentas al liderazgo revolucionario – no habrá impuestos sin representación –.

Hossein se mostró escéptico al principio. “Nadie había celebrado una elección general en estas condiciones”, dijo. “Pero luego pensé, ¿por qué no? Tenemos esta oportunidad de aprender de la experiencia, de crear algo para toda Siria”.

A medida que los votantes llenaban los centros de votación, el 18 de julio de 2017, Hossein se maravillaba no sólo con el despertar político de su pueblo sino también por la audacia de todo ello. Y entonces, a la mañana siguiente temprano, cuando rebeldes del ELS irrumpieron a través de las puertas del salón de reuniones para alertar de que los islamistas estaban atacando Saraqib, Hossein sintió una pérdida más profunda que el fallo de la elección, o incluso que la demolición de su propio pueblo de origen. Parecía ser una cruel vindicación del mensaje clave del gobierno sirio, uno que él se negaba a aceptar pero que buena parte del mundo había aceptado: la única alternativa a Bashar al-Asad era Al Qaeda.

Hossein y sus amigos se reagruparon en la granja donde habían celebrado la elección. Él permaneció despierto de noche, escuchando el descomunal ruido del fuego de artillería. En la mañana, les llegó la noticia de que Nusra estaba cazando hombres que pertenecían a Ahrar al-Sham. La pelea tenía la apariencia de una mera disputa entre facciones, pero Hossein sabía que Nusra estaba usándola como pretexto para abolir el Consejo Local e instalar una nueva dictadura.

Muchos combatientes de Ahrar al-Sham huyeron; unas pocas docenas de incondicionales se metieron en un búnker en la sede del ELS, en el centro. La única esperanza para Saraqib, creía Hossein, era persuadir a miembros de Ahrar al-Sham de abandonar la ciudad, manteniendo la pelea lo más lejos posible. Se dirigió al búnker.

Las calles estaban desiertas. Pasó junto a la sede del Consejo Local, y vio a hombres de Nusra enmascarados bajando la bandera revolucionaria. En el recinto del ELS, un estrecho edificio en un patio cerrado, descendió al búnker para encontrar al líder del batallón de Ahrar al-Sham, algunos de sus combatientes, y algunos oficiales del Consejo Local. “Traté de razonar con ellos”, recordó Hossein. “Pero estaban aterrados, y no cedían”.

Pronto, Nusra descubrió la presencia de Ahrar al-Sham en el búnker y rodeó el recinto. Hombres armados enmascarados comenzaron a escalar sus paredes. Algunos combatientes cargaban gigantes banderas de Al Qaeda.

La revolución de Saraqib había sobrevivido los asaltos de los aviones del régimen y de los tanques pero ahora estaba en peligro de caer en manos de una docena de hombres armados. Hossein envió mensajes de texto a sus amigos, familiares, a todo el que conocía, pidiendo ayuda. Otros activistas sonaron la alarma a través de los radios portátiles. Pronto, los altavoces de las mezquitas alrededor de la ciudad berreaban: “¡Jóvenes de Saraqib: Vengan a la sede del Ejército Libre de Siria! ¡Defiendan su revolución!”.

Mousab al-Azzo escuchó la llamada. Unos meses antes, había abierto el Café Deportivo de Saraqib, y durante la elección había ofrecido el espacio como un salón, invitando a los candidatos a celebrar debates y dar discursos. Tras esconder de Nusra las pipas de fumar en su café, se dirigió hacia el centro. Las calles habían empezado a llenarse de residentes alzando el estandarte revolucionario de tres estrellas. Alguien en la multitud comenzó a filmar con su teléfono móvil; Azzo miró a la cámara con un mensaje para Nusra. “¡Derrocamos al gobierno más tirano del mundo”, gritó. “Podemos hacer lo mismo con ustedes. Nuestro sistema de gobierno seguirá siendo civil. No permitiremos que nos gobierne una facción armada”. Hombres en motocicleta circularon tras él. “¡Saraqib es libre, y permanecerá libre!” exclamó Azzo. “Las instituciones son para que las gestionemos nosotros. No les pertenecen”.

La multitud asaltó los estrechos callejones del centro, llegando a la sede del ELS. Cantaron a los combatientes de Nusra: “¡Fuera!”. Los hombres armados que estaban encaramados en la pared del recinto no dispararon. La multitud presionó contra la pared, a sólo pulgadas de los hombres armados, gritando, “¡Allahu akbar!”, repudiando los reclamos de legitimidad de Nusra. Habían pasado cinco horas desde que Hossein había llegado al recinto, y por primera vez ese día sentía algo de esperanza.

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Un selfie de Hossein en uno de los debates electorales en Saraqib. Hossein ayudó a organizar los debates, que fueron transmitidos en vivo por Facebook. (Cortesía de Osama al-Hussein para The New Yorker)

Un camión lleno de combatientes de Nusra salió corriendo por una calle lateral, pero los manifestantes lo rodearon. Sus cantos continuaron hasta que, de repente, el pandemonium se desató al sonido de las metralletas: Nusra disparaba sobre las cabezas de los manifestantes. Hossein gritó, “¡No disparen!”. Los combatientes de Nusra se movieron hacia el búnker, pero los manifestantes se movieron hacia él como un enjambre desde la entrada. Un hombre armado de Nusra disparó a un manifestante en la pierna. Azzo empujó entre la multitud y saltó frente a la puerta del búnker. Se había quitado la camisa, con la barriga brillando de sudor. El combatiente apuntó su arma hacia él y le gritó que se moviese. Azzo se negó y gritó, “¡Por ti, Saraqib!”. El hombre armado disparó, y Azzo cayó al suelo.

El hermano de Azzo, que también estaba en la multitud, corrió a su lado. Los manifestantes se dispersaron asustados, permitiendo que Nusra entrara en el búnker. Los hombres armados detuvieron al líder de Ahrar al-Sham y se retiraron del recinto. Azzo fue llevado al hospital deprisa, pero los doctores no lograron revivirlo.

Saraqib estaba ahora bajo el control de Nusra. La gente rondaba las calles, agitada e insegura de qué hacer. Cuando una ambulancia emergió del hospital, llevando el cuerpo de Azzo, una multitud se reunió tras ella, alzando banderas revolucionarias, y se formó una fila de coches sonando sus bocinas y motocicletas. La procesión recorrió las oscuras calles hacia el cementerio de los mártires. Los dolientes rezaron mientras que a Azzo lo cubría la bandera de tres estrellas y era enterrado.

De vuelta en la granja, Hossein se sentía agotado. La elección, con sólo veinticuatro horas de antigüedad, parecía un recuerdo lejano. Tras seis años de lucha, y muchos amigos desaparecidos o muertos, su pueblo sólo había reemplazado una forma de tiranía por otra. Se despertó y revisó Facebook. La gente dejaba recuerdos en la página de Azzo: fotos de él entrenando al equipo de fútbol o cantando en las protestas. Azzo, que no había ido a la universidad, había puesto en el apartado de educación de su página “la revolución siria”. Hossein publicó un tributo y puso como hashtag las últimas palabras de Azzo: #PorTiSaraqib.

A la mañana siguiente, revisó Facebook de nuevo, y vio que los activistas estaban usando #PorTiSaraqib para denunciar a Nusra y, sorprendentemente, llamando a otra protesta. Se apresuró hacia el centro. Para su sorpresa, la multitud se había duplicado en comparación con el día anterior. La masa de cuerpos se movía hacia la corte, donde Nusra había establecido su sede. Un hombre joven levantó su brazo y gritó, “¡La gente de Saraqib no teme a la muerte! ¡No abandonaremos la revolución!”. Un coro de voces repetía estas palabras. Los que marchaban gritaban: “¡Tu sangre, Oh Mousan, nunca será olvidada!” y “¡Nos carficiaremos por ti, Oh mártir!”.

Hombres armados de Nusra estaban parados nerviosamente en la techo de la corte. Uno de ellos apunto un RPG hacia los manifestantes, y un manifestanto gritó, “¡Nos va a disparar!”. La multitud gritó “¡Shabiha!” – la palabra utilizada para describir a los maleantes pro-gobierno. Un hombre joven tenía un cartel en el que se leía “¡SARAQIB ES PARA LOS CIVILES, NO QUEREMOS UN GOBIERNO ARMADO!”.

El aire crujía: Nusra estaba disparando de nuevo sobre las cabezas de la gente. Los manifestantes se revolvieron, escondiéndose detrás de coches aparcados. Pero luego comenzaron a moverse de vuelta a la corte, y pronto la calle estaba llena de nuevo.

Hossein contó diez combatientes de Nusra. Pese a sus uniformes de camuflaje y sus bandoleras, se veían abrumados, incluso aterrados, ante la tenacidad a la que se enfrentaban. Llamaron a sus superiores por radio. Pronto, una camioneta de Nusra apareció y aparcó cerca. Uno a uno, los combatientes de Nusra comenzaron a bajar del techo. Los manifestantes burlándose arrastraron a cada uno hacia la camioneta. A medida que rodaban, la multitud cantaba: “¡Shabiha! ¡Shabiha!”.

Nusra no mandó refuerzos. No podía seguir arriesgando más reacciones populares – el grupo se había enfrentado recientemente a protestas en pueblos cercanos –. Los manifestantes treparon a lo más alto de la corte, bajo un cielo ámbar, y alzaron la bandera revolucionaria.

Durante el año siguiente, Saraqib permaneció bajo el control de los rebeldes y del Consejo Local, pero fue rodeado por un mar de Al Qaeda. Había islas similares de resistencia cerca. Pero si Nursa fallaba en obtener el control militar de esas áreas, siempre podía recurrir al subterfugio, al politiqueo y a sembrar el terror. Como en los viejos días de la shabiha, los activistas se eran perseguidos. Los doctores y los voluntarios eran secuestrados. Hossein recibió mensajes de texto amenazantes: “¡Oh secular, oh infiel, serás privado de la bendecida tierra del Levante!”. Se mantuvo fuera de vista, evitando todas las reuniones.

Luego un día recibió una llamada de pánico de un amigo, que había escuchado que Nusra estaba conspirando para secuestrar a Hossein. Otro activista diseñó un plan de escape mientras Hossein se escondía en casas de amigos. Una mañana empacó sus maletas, besó a sus padres despidiéndose y, con su esposa, se montó en una furgoneta que pertenecía al directorado de distribución de granos. El vehículo municipal era capaz de pasar los puestos de control de Nusra sin escrutinio, y por la tarde él y su esposa ya habían entrado a Turquía.

Incluso como refugiado, Hossein era desafiante. “Nusra no me asusta”, dijo. “Si voy a morir, moriré. Pero no quiero poner a la gente a mi alrededor en peligro”. Su exilio era temporal, insistía, y planeaba regresar a Saraqib en cuanto las condiciones lo permitiesen. En casa, sus camaradas aún mantenían el control revolucionario del pueblo, pese a las continuas amenazas de Nusra.

Pero pronto Saraqib se enfrentaría a un peligro aún mayor. Los estadounidenses y sus aliados habían vencido a ISIS al este de Siria, y la intervención rusa había cambiado la fortuna del régimen. Ahora al-Asad estaba en la ofensiva, y los poderes extranjeros comenzaron a abandonar a los rebeldes. El régimen comenzó a reconquistar territorio de la oposición – en enero de 2018, puso su mirada en la provincia de Idlib –. A medida que las fuerzas gubernamentales bombardeaban los campos al sur, cien mil residentes huían. El objetivo inmediato del régimen era asegurar el territorio que llevaba a un par de pueblos leales hacia el norte – un camino que pasaba por Saraqib –.

A finales de enero, el régimen y los rusos comenzaron a atacar Saraqib con un furor sin precedentes. “La situación escapaba a la comprensión”, dijo Ahmed al-Nashmi, dueño de un lavado de coches. Los aviones condujeron hasta treinta ataques al día, y el suelo temblaba con bombas barril y bombas de racimo. La electricidad faltó durante una semana. “El bombardeo fue indescriptible”, dijo Baleigh Suleiman, un periodista local. “De noche podía escuchar los ataques aéreos y los cohetes aterrizando en todas las partes de la ciudad, pero no tenía ni idea de cuáles eran los objetivos hasta la mañana”.

Aviones de guerra atacaron clínicas y puestos de respuesta de emergencia. Bombardearon una universidad privada y una organización de caridad local. Atacaron un mercado de patatas, y, cuando las víctimas fueron llevadas al hospital apoyado por Médicos Sin Fronteras, el hospital fue bombardeado, asesinando a cinco personas. El equipo transfirió a las víctimas a un búnker bajo el suelo, donde los doctores los trataron mientras las municiones llovían desde el cielo. Saraqib se vació mientras que las familias se escondían en los campos o buscaban refugio en otros pueblos. La línea de frente del régimen se encontraba ahora a tan sólo ocho millas. Por primera vez, muchos ciudadanos desesperados tomaron las armas, jurando proteger su pueblo junto al Ejército Libre de Siria. Autodenominándose el Ejército Libre de Saraqib, cavaron trincheras y llenaron sacos de arena. “Decidimos defender nuestra ciudad hasta la muerte”, dijo Suleiman.

En la noche del 4 de febrero de 2018, helicópteros del régimen lanzaron dos botes de gas cloro en un suburbio de Saraqib. Residentes intoxicados gritaban en agonía mientras que los rescatistas de emergencia empapaban sus cuerpos con agua.

A la mañana siguiente hubo un giro milagroso. Un convoy de tanques turcos y Humvees entró en Siria y estableció un puesto de observación cerca de la línea de frente del régimen. La presencia turca paró el avance de las fuerzas de al-Asad y el régimen dirigió su atención a conquistar los enclaves opositores en otras partes del país. Por ahora, Saraqib se salvaba.

Hoy, la revolución en Siria está efectivamente acabada, y así lo está la guerra – excepto en la provincia de Idlib, que el régimen guarda para el final –. Nursa ejerce su dominio sobre buena parte de la provincia, incluso tras haber fallado en conseguir que pueblos como Saraqib se arrodillen. Pero en mayo, Estados Unidos congeló unos doscientos millones de dólares en ayuda a la provincia. El presidente Trump dijo, “Dejen que otra gente se haga cargo. Vamos a regresar a nuestro país, donde debemos estar”. De un día al otro, los Consejos Locales, las estaciones de radio y las organizaciones benéficas – el núcleo de la resistencia contra Nusra – perdieron su financiación. La población de Idlib se ha duplicado en tamaño, alcanzando tres millones, a medida que los sirios que escapan del régimen llegan buscando refugio, pero ahora no tienen a dónde huir. En septiembre, Turquía firmó un acuerdo con Rusia para salvar a la provincia de la matanza, y en retorno se comprometió a forzar a facciones yijadistas como Nusra a abandonar Idlib. Pero nadie sabe si esto es posible; si Ankara falla, el régimen de al-Asad está listo a invadir Idlib y, en palabras del enviado de Naciones Unidas Jan Egeland, el asalto causará “sufrimiento humano como no hemos visto antes en este conflicto”.

En agosto, mientras que las tropas de al-Asad avanzaban a lo largo de los campos del sur de la provincia, entré a Idlib de nuevo. Amenazando sobre una autopista se encontraba un cartel que mostraba un oscuro campo de lirios, junto a las palabras: “DONDE QUIERA QUE ESTÉS, FLORECE”. Mi conductor y yo pasamos junto a pequeños pueblos de carretera – con tiendas arrejuntadas, basura quemándose aquí y allá –. Vastos campos rojizos, que alguna vez se dedicaron a cultivos, estaban cubiertos de barro – salpicado de tiendas de campaña, cuerdas de ropa, bolsas de plástico arremolinadas, niños inspeccionando montículos de basura –. Cuando el régimen tomaba territorio en otras partes de Siria, a la gente se le daban las siguientes opciones: largarse a Idlib o rendirse. En un suburbio de Damasco, los ataques aéreos habían sido tan incesantes que los residentes habían izado la bandera del régimen y cantaban, “¡No queremos más libertad!”. Los campos de Idlib pululaban con sirios que no podían, o no querían, vivir bajo dicha autoridad.

Pasamos junto a un bloqueo de carretera operado por combatientes de Nusra usando pasamontañas negros. El tráfico era intenso y no nos detuvieron. Pasamos junto a aldeas con casas a medio construir, y el ocasional cráter de bomba. Una bandera de ISIS estaba pintada en una pared de piedra. Puestos de control comenzaron a aparecer con creciente frecuencia, rodeados de zarzas de cables de concertina. Salimos de la autopista, y los puestos de control se desvanecieron. Edificios de varios pisos de color ocre comenzaron a surgir en multitud. Cableado eléctrico colgaba entre los balcones. Muchas casas estaban en ruinas, pero un número sorprendente estaba siendo reconstruido. En una tabla de madera fuera de uno de ellos, alguien había pintado con spray, en blanco, “SARAQIB”.

Pasamos la torre de la radio desde la que el francotirador del régimen había aterrorizado al pueblo. El cartel descolorido del Café Deportivo de Saraqib, el bistró de Mousab al-Azzo, colgaba sobre la cortina del frente de una tienda. Condujimos junto a la mezquita al-Zawiya, donde Muhammad Haf y Hossein había liderado la primera protesta. La imagen pintada de una rosa, sus pétalos rizados hacia dentro para formar un apretado puño, cubría una pare de cemento cercana. Junto a ella estaba escrito, “Si no luchas por lo que quieres, no llores por lo que has perdido”. Era uno de los pocos Cuadernos de los Amantes que había sobrevivido a los bombardeos. Una pared adyacente mostraba la imagen de un niño pequeño vendado, usando una máscara de gas, pero los fundamentalistas habían ennegrecido su cara.

En el borde del pueblo, en una pequeña casa de bloques de hormigón, conocí a un zapatero desempleado llamado Fayez Khatab. En 2016, el régimen bombardeó el mercado de Saraqib, destruyendo su taller y asesinando a cinco de sus familiares. Durante la incursión del ejército este pasado febrero, los hombres de este suburbio enviaron lejos a sus familias y se quedaron atrás para proteger sus casas. Una noche, mientras los cielos tronaban y destellaban, los hombres se refugiaron en un sótano. Una enorme bomba aterrizó cerca.

“Entonces escuchamos un sonido muy débil, como un pop”, me dijo Khatab. Los hombres gritaban. Se esparcieron fuera y treparon al techo. “Ya no podía ver nada”, me dijo. “Cuatro de los chicos comenzaron a vomitar. Caí inconsciente”.

Más tarde, la Organización por la Prohibición de las Armas Químicas determinaron que “gas cloro había sido lanzado desde cilindros mediante impacto mecánico”. Khatab me llevó al sitio del impacto, con un pequeño cráter en medio de un campo seco, abierto. Alrededor había montículos de tiza blanca que alguna vez fueron casas. Los pilares se asomaban en dirección al cielo. No muy lejos, un grafiti garabateado en una pared decía: “Oh Haf, cree en el ojo que nunca olvida el párpado. Cree en la flor que nunca olvida su raíz”.

En el centro, en el mercado reinaba una calma inquietante, como si los residentes hubiesen endurecido su propio destino. Los carritos resplandecían con naranjas y ciruelas rojas; un vendedor vendía jugo de tamarindo. Un equipo de trabajo limpiaba los escombros. En un café, encontré a un viejo izquierdista, envuelto en una kaffiyeh, fumando un cigarro. “No me iré, no puedo irme”, dijo. “¿A quién se lo iba a dejar? ¿a ellos?”. Señaló hacia la calle, donde pasaban tres hombres enmascarados en una furgoneta. Había estado preso por el régimen en 2011, y ahora estaba convencido de que los fundamentalistas y al-Asad representaban dos cara de una misma moneda. “Estamos en contra de estos grupos extremistas” dijo, en alto. “Saraqib los odia”.

Nusra había comenzado a reaparecer en la ciudad, aunque sus miembros no se atrevían a interferir en los asuntos locales. Contrario a otros pueblos de Idlib, no había policía religiosa, ni banderas de Al Qaeda. Aunque Saraqib está en medio de una de las guerras civiles más mortíferas, no vi ni a un hombre armado ni un puesto de control. Me encontré con Abu Traad, el líder de la facción del Ejército Libre de Siria, e incluso él estaba desarmado, usando pantalón y camiseta. Los activistas, supe, habían insistido en que no se cargasen armas dentro de los límites de la ciudad, inmunizando Saraqib de las disputas entre facciones y protegiendo la ley revolucionaria. Ocasionalmente, vi miembros de Nusra encorvados en un vehículo; aunque ardía de calor, se escondían bajo pasamontañas. Muchos residentes, mientras tanto, denunciaban libremente a los fundamentalistas: uno me dijo, “Esta gente son una maldición sobre Dios mismo”. Parecía que en Saraqib, al menos, la gente no temía a Nusra; Nusra les temía a ellos.

Si Saraqib representaba el alma de la revolución, como Hossein creía, sugería entonces también lo que Siria podría haber sido hoy si los revolucionarios demócratas hubiesen recibido más solidaridad internacional, si hubiesen estado más unidos, y si hubiesen sido más efectivos recaudando impuestos. Quizás podrían haber vencido a los fundamentalistas en la batalla de las mentes y los corazones. O quizás ninguna revolución democrática podría sobrevivir intervenciones de la escala de aquellas libradas por Rusia y los estados del Golfo.

Hossein me había dicho que él deseaba poder regresar en el tiempo, tomar a sus camaradas por los hombros, y suplicarles de nuevo no armarse. Eso sólo había sujeto a los revolucionarios a la ley de la pistola, y dejó al régimen con una excusa para nivelar ciudades a ras del suelo. Él había tratado de convencerlos de que los gobiernos extranjeros, incluso aquellos que fingían ser amigos, tenían sus propias agendas. Pero, pese a todos los errores, había ahora algo enraizado dentro de Hossein, y en decenas de miles de sirios como él, que nunca podrían arrebatarles. “Antes de la revolución, vivíamos la vida de la manada, sólo siguiendo sin cuestionar”, dijo. “Pero luego nos dimos cuenta del montón de mentiras bajo las que vivíamos”. Ahora él había despertado al mundo: al poder contenido en miles de pequeños actos de solidaridad y desafío, y a la exhilarante posibilidad de que el futuro de Siria podría descansar en las manos de su propia gente.

Condujimos a la sede del Consejo Local, la cual, tras múltiples bombardeos, había sido trasladada a un viejo edificio municipal. Anuncios de reuniones y organizaciones benéficas colgaban en su fachada de mármol. Unos cuantos hombres se entretenían fuera. El ruido de un helicóptero rasgaba y llenaba el aire. Se acercaba rápido y bajo. Desde el fuselaje, panfletos revoloteaban hacia el suelo. Proclamaban, “Cooperar con el ejército árabe sirio te salvará del gobierno de los terroristas armados”.

Dentro, un miembro del Consejo, Maher Hassan Najjar, hablaba amargamente de la potencial destrucción de Saraqib. “El mundo se ha vuelto contra nosotros”, decía. “El compromiso de Estados Unidos con los derechos humanos es mentira”. Su oficina estaba gastada y llena de ceniceros. El gemido bajo de un generador llenaba la habitación. Hicimos una video llamada a Hossein, que vivía con su esposa en Gaziantep, Turquía. Acababan de tener un bebé, al que llamaron Aboudeh. Aunque Hossein hablaba con alegría, detecté su tristeza – una nostalgia por un mundo que su hijo quizás no vería jamás –. Uno de los activistas giró la cámara hacia mí, y yo apenas podía ver la cara pixelada de Hossein. “Estás ahí”, dijo, con una gran sonrisa. “Estás en mi pueblo”.

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