En Homs, re-abrazando la patria

Autora: Mona Rafea      |      Traducción: Elisa Marvena

Publicado originalmente en árabe en Al-Jumhuriya, 19 de diciembre de 2018. 

Nota del editor: Este artículo fue producido como parte de la Beca para Escritores Jóvenes de Al-Jumhuriya. 

Escucha el texto en audio:

 

Cuando me encontré ese día en un autobús con mis colegas, de camino a un desfile a favor del régimen, sentí que me habían partido por la mitad. Una mitad pertenecía al pasado, cuando vivía bajo asedio en el barrio al-Wa’r, en Homs, antes de que cayera en manos del régimen. La otra pertenece al aquí y ahora, al encontrarme en medio de una gran multitud que grita: “Viva el Presidente” y ondea banderas saludando al convoy del gobernador, que siempre aparece al frente de tales “celebraciones patrióticas” reafirmando su lealtad al Líder. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? Todo lo que sabía era que había perdido el rumbo y que debía haber tomado los autobuses verdes hacia el norte, hacia la provincia de Idlib, por muy duro e incierto que hubiera sido el viaje.

Veo a una amiga saltando y cantando por el Padre-Líder, y le pregunto cómo puede hacerlo después de perder a su padre en el oscuro abismo de la prisión. Dice que sólo quiere vivir, que está cansada de la guerra y que ya está harta. La bandera roja ondea en lo alto, como un río de sangre viscosa que fluye en el aire. Casi me desmayo al ver el movimiento de las banderas danzando en las manos de sus portadores. Dejo la marcha y vuelvo a casa, girándome para observar los ríos de sangre que cuelgan de las paredes a lo largo del camino, recordando lo ocurrido durante los primeros meses desde que dejé al-Wa’r para ir la ciudad antigua de Homs.

1.

Un ciego tropieza más de una vez al caminar, a pesar del palo que agita frente a sí. Cuando casi cruza la calle delante de un coche a toda velocidad, corro hacia él y lo arrastro agarrándolo por la camisa. Grito: “¡Cuidado, un coche! Sus párpados de gruesas pestañas bailan semicerrados, y su rostro se llena de alegría por tener a una mujer caminando a su lado. Él, un hombre joven de treinta y tantos años; yo, una mujer de tacones altos caminando junto a un ciego, guiándolo a un destino que no podía explicar con claridad, pues el hombre no sabía bien dónde se hallaba, ya que era de un pueblo cercano, conocido por estar poblado por musulmanes chiítas y ser un bastión de Hezbolá.

El hombre no tenía forma de saber que yo venía de un lugar donde su vida habría estado en peligro si hubiera puesto un pie allí no hace tanto tiempo. Tampoco habría sabido que, caminando juntos, éramos un espectáculo para los espectadores. Los pocos hombres en la calle que habían abdicado de la responsabilidad de ayudarlo prefirieron echarme miradas siniestras porque, en un momento dado, tuve que agarrarlo por el brazo para protegerlo de una motocicleta que iba a toda velocidad. Sonriendo y mirando hacia arriba, me dijo que había dejado a su esposa en el pueblo, en casa con sus dos hijos. Luego mencionó a un hombre que se suponía lo iba a ayudar con un trabajo o con alguna ayuda financiera. Sacó un viejo trozo de papel de su bolsillo, y me pidió con vergüenza que llamara al número escrito en él.

Cuando lo hice, una ronca voz masculina contestó, sombría y penetrante, como la de las fuerzas del régimen en el puesto de control de al-Wa’r que humillaron a los residentes del barrio durante años. Le entregué mi teléfono al ciego, que en ese momento parecía de otro mundo, y lo escuché hablar con la máxima reverencia al hombre de la voz aborrecible al otro lado. Nunca pensé que caminaría con un ciego hasta su destino, y menos hacerlo la primera vez que camino por la ciudad después de una ausencia de más de dos años. Había estado viviendo en al-Wa’r durante años, y al marcharme, me sentí abrumada, agobiada por todo lo que allí había sucedido. Yo era un poco como ese ciego, caminando sin saber a dónde iba, sólo que en mi caso no había nadie que se apresurara a mostrármelo.

2.

En 2015, durante el conocido como el “Asedio de la Sal”, un hombre me dio una pistola envuelta en una tela vieja. En ese momento me sentí como si estuviera en la escena de una película con un final infeliz. Me pidió que la cuidara y la escondiera, y me dio algunas balas. Dijo que era necesaria para la protección personal en al-Wa’r, y que podía tener que usarla si un ladrón venía a robar nuestras provisiones básicas o las baterías LED, o si el ejército entraba en el vecindario sin previo aviso. Al principio, la escondí debajo de mi cama durante varias semanas, pero luego la puse en un cajón cualquiera, porque había olvidado su existencia y nunca la necesité. La sensación de seguridad en el barrio hizo que la pistola pareciera una preciosa antigüedad, escondida entre la ropa en el fondo del armario, como en la serie de televisión Bab al-Hara, pero con más sinceridad y realismo, y menos fantasía.

Poco antes de que el ejército entrara en el barrio, el dueño de la pistola había muerto, o tal vez fue asesinado, o se había ido de nuestro mundo; la elección de las palabras para describir la muerte había dejado de importar. El arma no era más que un pesado recuerdo y una carga con la que tenía que actuar con rapidez antes de que fuera demasiado tarde. Se la entregué a un joven estudiante de farmacia que había perdido parcialmente la vista y que se dirigía a Idlib a bordo de los autobuses verdes. Prometió salvaguardarla a su llegada, aunque hace unas semanas me enteré de que se había mudado a Alemania, y el arma había terminado en otro lugar; en otro bolsillo; o debajo de otra cama.

Esta pistola, que nunca utilicé, no era más que un artefacto que había escondido entre otros recuerdos relacionados con el barrio. Para mí nunca se trató de la seguridad, porque la seguridad de la gente de al-Wa’r, aparte de a los bombardeos, los cohetes y los francotiradores, estaba ligada a algo mucho más querido y precioso, algo por lo que se sacrificaban vidas. Es algo que yo y muchos otros que vivimos allí ahora echamos mucho de menos, tanto los que se trasladaron al centro de la ciudad de Homs después de la toma del poder por el régimen y los que no. Sentimos su pérdida especialmente cuando pasamos por un puesto de control, o un soldado, o un coche con cristales tintados, o un hombre con pistola en mano, o cuando oímos el timbre a altas horas de la noche, o cuando un miembro de la familia llega tarde a casa. Los que están aquí en el centro de la ciudad pueden burlarse cuando hablamos de este miedo, porque están acostumbrados, o porque el fitna (“sedición”) ha terminado, y el país está seguro una vez más, y el “estado” quiere la seguridad para todos nosotros. Ya no hay que preocuparse más, ya que Homs ha sido “liberado del terrorismo”, aunque “el precio haya sido alto”, como dicen ellos.

3.

Para cuando el ejército entrase en al-Wa’r, los padres ya habían enseñado a sus hijos lo que debían decir y sobre lo que debían guardar silencio. Es asombroso lo bien que se les puede dar a los niños mentir, dada su capacidad para la sinceridad. Estas no son las falsedades ordinarias de la imaginación de los niños, sino las que surgen de su capacidad para comprender el miedo de sus padres y adaptarse en consecuencia a las nuevas realidades tan pronto como llegan. Aquellos que pueden soportar los barriles explosivos, los ataques aéreos y el asedio, pueden soportar estar cara a cara con los responsables de estas dificultades. Los niños lo vieron todo y escucharon todo lo que se dijo. Saben exactamente lo que pasó. Saben cómo fueron transferidos de una orilla a otra, de la garra de una persona a la de otra. Conocen el significado de estar bajo el control de cualquiera de las partes, y los límites permitidos en ambos casos. No tienen problemas para aprender de sus familiares la hipocresía que se requiere para mantener la compostura cuando el ejército entra en sus hogares para inspeccionar o encuestar, o cuando pasan por un puesto de control, o incluso cuando entran en una escuela pública.

El niño que vi un día pintando la bandera de la revolución en acuarelas en una pared cerca de su casa es el mismo que ahora dibuja las banderas del régimen en sus cuadernos y la lleva como una pulsera de tela alrededor de su muñeca. El niño que una vez memorizó las canciones cantadas por el icónico líder de la protesta Abdul Basit Sarout es el mismo que ahora grita canciones “patrióticas” glorificando al presidente.

Nunca hubiera creído que algún día formaría parte de esto, o que me uniría a una maestra para arrancar y quemar todos los dibujos hechos por los niños; las cosas más bellas jamás dibujadas por los niños de al-Wa’r, y que la maestra había olvidado destruir junto con el resto de las pruebas. En esos dibujos, los niños contaron con sus propios ojos y manos la verdad de lo sucedido, lejos de los chismes y exageraciones de los adultos. Los dibujos hablaban de la sangre y la muerte, y del miedo, y de la esperanza pospuesta, ahora equiparable a la muerte.

Esa noche, pocos días después de la entrada del ejército en al-Wa’r, mis pies me llevaron a la calle principal mientras buscaba aire fresco lejos del humo que emanaba de los recuerdos ardientes de al-Wa’r; ese humo conocido por todos los que permanecieron en el vecindario y nunca lo abandonaron. Esa noche, un grupo de niños se reunió frente a un puesto de control del ejército, formando un pequeño círculo alrededor de los soldados, animándolos y saludándolos, y luego gritaron el viejo canto: “Con nuestra alma, con nuestra sangre, nos sacrificamos por ti, Bashar”.

Se reían; se reían mucho; se reían histéricamente. En cuanto a los soldados, con el ceño fruncido, sabían perfectamente que estos niños que ahora cantaban en adoración estaban ayer gritando en su contra, y que nadie sabía en el honor de quién cantarían mañana.

4.

Todavía no ha llegado el Día del Juicio, y sin embargo ya ocurre que el hermano huya de su hermano, o el padre de su hijo o hija, si uno es sospechoso de algo (1). Esto es lo que les sucedió a los que estuvieron bajo asedio en al-Wa’r, y que después regresaron al “abrazo de la patria” (2). Nos cruzamos por la calle y, no llegan a cruzarse nuestras miradas más de un segundo y apartamos la vista, en un repudio público de lo que una vez nos unió.

Yo no te conozco, ni tú me conoces a mí de nada. Ahora estamos en el abrazo de la patria, y la patria no puede soportar el peso de un conocido con el que se compartió refugio antiaéreo, en un pequeño sótano apenas capaz de acomodar a la gente del mismo edificio y la de las casas vecinas. No te conozco, ni tú a mí, aunque intercambiáramos panes hechos de ingredientes impensables; aunque trabajáramos juntas; o nos diéramos el pésame en los funerales; o asistiéramos a bodas celebradas con una taza de café, derramando una lágrima de alegría al ver a la novia vestida de blanco en medio de toda aquella destrucción.

Cuando lo vi por primera vez, me sorprendió. El joven había pertenecido a una de las principales facciones rebeldes, trabajando para ellos como electricista. Ahora trabaja en una pequeña tienda de comestibles. Conozco a su esposa y a sus dos hijos, y sé que estaba buscado por el régimen. Ahora vende galletas, arroz y especias. Esta vez no había forma de apartar la mirada. “Bienvenida, señora”, dijo, y luego me dio mis bienes apresuradamente, sonriendo con confidencialidad.

Es uno de los cientos de personas que han “resuelto su estatus” y se han trasladado a lo que nosotros, los que pertenecemos al otro mundo, solíamos llamar la Antigua Homs. A veces se escucha a gente que se enorgullece de haberse “resuelto” de esta manera, aunque la mayoría evita mencionarlo. Lo que está más allá de toda duda es que la mayoría de los jóvenes en edad militar, o aquellos que sabían que eran buscados por el régimen, nunca habrían regresado al cálido abrazo de la patria sin tales “resoluciones”, y sin la recepción de sus papeles de “no buscado”, lo que significa que ya no son perseguidos por el aparato de seguridad. Esto ocurrió inmediatamente después de que los combatientes rebeldes abandonaron el barrio. El precioso papel de “no buscado” era como un pasaporte al “paraíso de la Antigua Homs”. Una de mis amigas se jactó de que su esposo fuera uno de los primeros en resolver su estatus, y de que su papel llegó sólo dos semanas después de haberlo solicitado y de que, la noche en la que lo recibió, los dos caminaron juntos por los barrios de la ciudad antigua, tras cinco años lejos de ella.

Pero la historia no termina ahí, pues muchos de estos hombres fueron reclutados a la fuerza como reserva del ejército, o están en la lista de espera. Esto es conocido. Otros no se atreven a moverse ni un metro lejos de sus casas, sabiendo que serán llevados inmediatamente al servicio de reserva. Uno de ellos se ocupó incluso de cocinar y cuidar a los niños en casa, mientras que su esposa trabaja en turnos de diez horas para poner comida sobre la mesa. En cuanto a los que lucharon militarmente contra el régimen en el vecindario, y luego “resolvieron” su estatus, su destino varía de acuerdo a sus roles anteriores. Un número no insignificante desapareció de repente sin que nadie se atreviera a preguntar por su paradero.

Lo que realmente rompe el alma, sin embargo, no son aquellos que fingen no conocerme, a quienes yo a su vez pretendo no reconocer, sino aquellos que se parecen a otros que se fueron hacia el norte. Mi corazón da un vuelco cuando los veo y confundo sus caras, creyendo por un segundo que todavía están aquí, apresurándome a saludarlos, rompiendo la regla de este falso Día del Juicio, sólo para descubrir mi error, que mis ojos ya no reconocen las caras.

5.

Es el mes de Ramadán y ya ha pasado un año desde la “limpieza” de al-Wa’r. Tomo un taxi a la ciudad antigua. El conductor de cincuenta y tantos años sonríe excesivamente mientras trato de negociar el precio, diciendo, “no importa”. Luego se presenta con una sonrisa alegre, diciéndome que trabaja en la Inteligencia de la Fuerza Aérea. Tartamudeo y me atraganto con la frase “encantada de conocerle”. Habla con confianza sobre el papel del “liderazgo” en la restauración de la seguridad en el país, haciendo una pausa y diciendo que los clérigos religiosos son los culpables de lo sucedido, por incitar al pueblo a la fitna a pesar de que “el liderazgo” les extendió una mano conciliadora desde el principio. El clero, dice, es siempre “la raíz de todos los males”.

Asiento con la cabeza en un acuerdo hipócrita y miro sus manos, imaginando lo cometido con ellas. Supongo que me habló de su verdadera profesión como forma de alardear. O tal vez es parte de la política de “romper cabezas” seguida a tal extremo en esta ciudad. Un gran número de personas se han acostumbrado a intimidaciones casuales de este tipo, y se identifican con ellas de manera no muy diferente a la de otros países que han pasado por guerras y revoluciones. Todo lo que está podrido sale a la superficie, y los villanos se vuelven aún más egoístas y crueles como resultado de la guerra.

Cuando llego a la ciudad antigua, el conductor me da un papel con su número escrito y me dice que lo llame si alguna vez necesito que me lleven. Lo tomo y lo guardo para emergencias, porque ¿quién sabe lo que podría pasar en este país de las maravillas que habitamos?

Camino a través de un gran parque en el centro de la ciudad, y veo a cinco chicas sentadas en el césped, fumando arguile y escuchando música. Una multitud se reúne a su alrededor, observando a las niñas con la cabeza descubierta, mirando con curiosidad e irritación. En la ciudad estamos acostumbrados a ver a gente que no ayuna en el Ramadán, así ha sido durante años, pero este espectáculo iba más allá de eso; más allá de su significado religioso; más allá de la cuestión de las libertades personales en relación con el derecho a ayunar o no ayunar.

La escena, en cambio, parecía una expresión del estado general de derrota vivido por un amplio espectro de la población de la ciudad, que se encuentra hoy pulverizada por la tiranía del partido triunfante contra el que se rebelaron hace años. Las chicas del parque representaban a ese vencedor, independientemente de sí mismas y de lo que pensasen en ese momento.

6.

En la recién renovada “Glorieta del Presidente”, muchos jóvenes se reúnen para hacerse selfies en torno a la decoración y la iluminación, con la estatua del Padre Líder como fondo de hierro. Algunos piden al soldado que está de pie cerca de la estatua que les ayude a capturar esta foto histórica.

Aquí, la verdad se mezcla a menudo en este otro mundo, el mundo de la derrota, de la hipocresía, de la sal vertida en las heridas, y de las enormes pérdidas que han paralizado tantas vidas, dejando a la gente viva y muerta a la vez, desprovista de la brújula con la que creíamos navegar cuando todo estaba claro.

Cualquier distinción entre el pasado de la ciudad en el apogeo de su revolución y lo que ahora es de ella, pronto se disipa. Lo que queda es un cisma muy agudo y profundo dentro de todos los que vivieron los estados de revolución y derrota, antes de colapsar finalmente en el venenoso Abrazo de la Patria. Aquí se encuentran las opiniones e inclinaciones más extremas, entre los que siguen ciegamente los pasos de su verdugo y los que tratan de bailar en más de una cuerda floja, aunque sólo sea para persuadirse a sí mismos de que aún se mantienen firmes contra la injusticia a pesar de toda su hipocresía.

Muchos aquí, en un momento de franqueza, se encuentran fluctuando entre dos mundos: el mundo revolucionario grabado en el alma y la memoria; y el otro mundo, caracterizado por frases como “se acabó” y palabras como fitna que enmascaran la verdad. La verdad es conocida por todos y temida por todos, apareciendo sólo en los momentos de revelación, como los funerales secretos que se celebran para los que mueren torturados en prisión. No, no es olvido, ni aceptación tácita, sino la fuerza pura del opresor, que, si alguna vez disminuye, aunque sea ligeramente, las cosas volverán a ser como antes, y las sangrientas banderas rojas bajarán sus cabezas avergonzadas por ocurrido.

(1) El Corán afirma que el día del Juicio “el hombre huirá de su propio hermano, de su madre, de su padre, de su mujer y de sus hijos” (80:34-36).
(2) La frase utilizada del régimen de al Asad para el acto de regresar al territorio bajo su dominio.

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