Siria de la revolución a la guerra civil

Autora: Loubna Mrie      |      Trauducción: Elisa Marvena

Publicación original en inglés en Commune Magazine, primavera 2019

[Fotos de Loubna Mrie]

Crecí en Siria. En las escuelas estatales se nos recordaba a diario que recibíamos educación gratuita gracias a la revolución del partido Baaz en 1963. Deberíamos estar agradecidos, nos decían los maestros. En cuarto grado, como millones de estudiantes de toda Siria, memoricé canciones alabando al Partido Baaz y a su líder, Hafez al Asad: Brillamos como la mañana, portamos la pistola / Nuestra sangre regará la tierra. Un sirio leal debe recitar citas del líder del partido, citas memorizadas de un libro de 150 páginas titulado Nacionalidad. En los exámenes, te pueden penalizar por recordar mal una sola palabra.

En reductos gubernamentales como mi ciudad natal, Jableh, en el distrito de Latakia, la línea divisoria entre el apoyo al gobierno y la religión siempre fue borrosa. Para los alauitas como nosotros, miembros de una minoría anteriormente perseguida, la toma del poder por parte de Hafez al Asad en la década de 1970 a través de un golpe militar fue la razón de nuestra supervivencia. Sin él, los alauitas habríamos permanecido en las montañas. Crecer alauita, por lo tanto, significaba recordar constantemente la protección del gobierno. Cualquier intento de derrocar al gobierno debería, de acuerdo con esta lógica, ser considerado como un intento de matarnos a todos. La elección era entre el régimen de al Asad o la muerte.

Crecí creyendo que todos los demás grupos étnicos nos matarían si surgiera la oportunidad. Y entonces, un día en octavo grado, parecía que la pesadilla se estaba haciendo realidad. En 2004 se produjo el levantamiento kurdo en Qamishli. Tras el saludo a la bandera, el director anunció que nuestro viaje escolar había sido cancelado porque “hay problemas en el país”. Más tarde, escuché a alguien en el patio exclamar: “¡Los kurdos vienen a matarnos!” Nos dijeron que los kurdos planeaban atacar a las mujeres alauitas. El maestro habló de un comandante alauita al que los kurdos habían atado a la parte trasera de un coche y arrastrado por las calles de Qamishli hasta que se le desprendió la carne.

Cada intento de rebelarse contra el sistema se presentaba como una amenaza para todos nosotros. Las paredes tienen oídos, nos decían. No se debe criticar al gobierno y sus atrocidades incluso desde la seguridad de la propia casa. Las actividades políticas estaban prohibidas. El único voto que emitimos fue para la versión árabe de American Idol.

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A pesar de esta profunda represión, algunos se atrevieron a abrigar esperanzas de cambio. Esta esperanza surgió en 2000 cuando Bashar al Asad, un joven médico con residencia en Reino Unido, heredó la presidencia de su padre y prometió a los sirios más libertad política. La gente declaró con optimismo una “Primavera de Damasco”. Sin embargo, sus esperanzas estaban erradas y el nuevo presidente resultó ser como su padre. En 2003, el Dr. Kamal al-Labwani y otros doce activistas políticos y de derechos humanos fueron detenidos por asistir a una reunión de la oposición en Damasco. Fueron golpeados, pateados, abofeteados, humillados y privados del acceso a la medicación. Un detenido, Riad al-Turk, tenía 80 años y padecía de cáncer; se le privó de atención médica y estuvo a punto de morir. Según un informe de Human Rights Watch, los activistas se vieron obligados a firmar confesiones en las que afirmaban haber recibido dinero de terceros países para ayudar a los kurdos a lograr la independencia.

Seis años más tarde, en 2009, se repitieron acusaciones del mismo tipo en la televisión estatal siria, acompañadas de la foto de una bloguera de 18 años llamada Tal al-Mallohi.

En su blog, al-Mallohi escribió sobre su visión del país, lo que no le gustaba de la cultura y lo emocionada que estaba de crecer y cambiar las cosas. Sus entradas en el blog no eran ni mucho menos fieras obras de militancia. El gobierno sirio, sin embargo, pensó de otro modo. El Ministro de Relaciones Exteriores de Siria afirmó que había sido obligada a actuar como espía de Israel después de que la chantajearan con cintas de video sexuales. Ella fue la más joven de muchas otras detenidas por decir lo que pensaban. Y la gente sabía que si cuestionaban la narrativa del gobierno en torno a su caso, se enfrentarían al mismo destino. Al-Mallohi fue condenada a cinco años de prisión, pero diez años más tarde sigue entre rejas.

UNA DOBLE PRIMAVERA

A finales de 2010, mientras la Primavera Árabe pasaba primero por Túnez y luego por Egipto, los sirios veían las noticias transmitidas por los canales de televisión panárabes, como Al Arabiya y Al Jazeera, que mostraban a la gente común saliendo a las calles y derrocando dictaduras. A la sombra del régimen, los sirios comenzaron a preguntarse si esto podría suceder en su propio país. Muchos pensaron que era imposible, dados los poderes represivos únicos del gobierno sirio, pero resulta que estaban equivocados. Los vientos de cambio llegaron a Siria en marzo de 2011.

Los orígenes exactos de la revolución siria son muy discutidos, algunos datándolos el 15 de marzo y otros el 18 de marzo.

El 15 de marzo, un grupo de trece intelectuales organizó una pequeña protesta en el mercado de la ciudad vieja de Damasco. “Dios, Siria, libertad”, cantaron, reemplazando “Bashar” por “libertad” en el canto oficial “Dios, Siria, Bashar”. Para el gobierno, ese cambio de redacción fue una declaración de insurgencia, y los intelectuales fueron detenidos inmediatamente.

Recuerdo estar sentada en un café en Latakia y sentirme aterrorizada al hacer clic en el enlace del video de esa protesta. Sabía que sólo mirarlo podía llevar a mi detención, así que me puse los auriculares y abrí el video detrás de una VPN, o red privada virtual, haciendo imposible que el régimen me localizara a través de la dirección IP de mi computadora. El número de visitas a YouTube alcanzó rápidamente las cien mil en menos de dos horas. En poco tiempo el video fue transmitido en canales de noticias como Al Arabiya y Al Jazeera.

¿Fue este vídeo viral la chispa que encendió el levantamiento sirio? Muchos responderían que sí, pero mientras ese video se volvía viral, acontecimientos mucho más importantes para el levantamiento se desarrollaban al sur de Damasco. Dos días antes de la protesta, el 13 de marzo, un grupo de niños en edad escolar en la ciudad de Daraa, a sesenta y ocho millas al sur de Damasco, fueron detenidos después de escribir en un muro un lema que habían escuchado en la televisión: “El pueblo exige la caída del régimen”. Los niños probablemente no tenían ni idea de que escribir tal frase llevaría a que les quemaran la piel con cigarrillos y les arrancaran las uñas de las yemas de los dedos. Las fuerzas de seguridad los torturaron sin piedad para descubrir de quién habían aprendido esta consigna, garantizando así, irónicamente, que pronto estuviese en boca de todos.

El 18 de marzo, las familias de los niños marcharon juntas a la rama de seguridad, exigiendo la liberación de sus hijos. Según se reportó, un oficial le dijo a un padre: “Vete a casa y olvida que tuviste un hijo. Haz otro y ya está. Y si no puedes, envíame a tu esposa. Haré el trabajo por ti.” Éste fue el comienzo. Daraa es una ciudad pequeña comparada con Damasco y Alepo, compuesta principalmente por dos tribus. Las relaciones entre los residentes son estrechas: todo el mundo conoce a todo el mundo, y todos están emparentados con todos. En tales comunidades, la esposa de un hombre es su honor, y es poco probable que se ignore el insulto al honor de un hombre. Por lo tanto, no es de extrañar que toda la ciudad se lanzara a la calle contra las fuerzas de seguridad que habían detenido y torturado a los niños y luego insultado a sus familias.

El 19 de marzo, cientos de miles marcharon en Daraa, gritando airadamente “queremos justicia”, exigiendo la inmediata liberación de los niños y maldiciendo al mohafez (gobernador). Poco después de que comenzara la protesta, aparecieron las fuerzas de seguridad. Disparando munición real contra la multitud, mataron a cuatro personas. Al igual que en las protestas de los días anteriores en Damasco, se difundió el video del acontecimiento. Algunos de los manifestantes habían filmado estos asesinatos con sus teléfonos móviles y subido las escenas a Facebook y YouTube. Horas más tarde, todo el país observaba los asesinatos, rápidamente cubiertos por los noticieros de las cadenas de televisión extranjeras y panárabes.

En pocos días, las protestas barrieron Siria de norte a sur. Miles de personas se manifestaron, cantando por Daraa. Estos primeros cánticos no pedían ni el cambio de régimen ni la destitución de Bashar al Asad. Tampoco pedían pan, como en Egipto. Las demandas, sin embargo, eran claras y específicas: los manifestantes querían la liberación de los niños, la renuncia del gobernador de Daraa y la rendición de cuentas por los manifestantes asesinados en Daraa.

Las fuerzas de seguridad de las ciudades de todo el país siguieron al pie de la letra las tácticas de Daraa. Docenas de personas murieron en los primeros días. Al final de la primera semana, los cánticos cambiaron. Ahora el pueblo, siguiendo a los valientes niños, exigía la caída del régimen.

Muchos observadores y participantes, entre los que me incluyo, argumentaban a puerta cerrada y en plataformas de medios sociales que los levantamientos habrían perdido impulso si el presidente hubiera reemplazado al gobernador de Daraa y responsabilizado a los policías asesinos. Pero Asad el Joven siguió el dictado establecido por Asad el Viejo: que los maten a todos. Esta reacción fue como echar leña al fuego, la brutalidad policial incrementó las protestas, cada vez más grandes y enojadas. Cada día se celebraba el funeral de un manifestante asesinado el día anterior. El funeral se convertiría en una protesta, y los portadores del féretro se encontrarían dentro del ataúd al día siguiente, rodeados de una multitud aún más indignada. La gente asistía a los funerales sin saber quién había sido asesinado: su objetivo principal se convirtió en la protesta misma.

Durante ese tiempo, los activistas usaron Skype para coordinar las protestas. Debido a que la mayoría de los organizadores se escondían del gobierno sirio, que había establecido puestos de control en todas partes, era extremadamente difícil reunirse físicamente en un solo espacio. Cada ciudad tenía su propio grupo de Skype, y los organizadores eran agregados por alguien de confianza. La mayoría usábamos apodos. El mío era ” Loubana al Ali “. Los grupos incluían todo: noticias, alertas si una patrulla de policía se acercaba a la zona, videoclips de las protestas.

La mayoría de estos videos eran filmados por personas que sólo tenían teléfonos móviles, marcando la fecha y el lugar del incidente con gritos sobre las imágenes. Aquellos detrás de estos móviles serían después llamados “activistas de medios” por los medios de comunicación, aunque eran manifestantes sin formación en comunicación ni capacidades especiales más allá de un teléfono móvil operativo y buena conexión a Internet en casa. Dado que a los periodistas se les había prohibido entrar en el país, estos aficionados eran la única fuente de noticias sobre Siria para el mundo exterior.

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Durante estas protestas, no se consiguió ocupar con éxito las plazas, como había sucedido en Egipto y Libia, a pesar del gran número de manifestantes (Hama, por ejemplo, tuvo una participación de más de medio millón de personas en una sola protesta). Se intentó copiar el modo Tahrir con resultados trágicos. Dos ejemplos incluyen una ocupación en Homs y otra en mi ciudad natal, Latakia. En Homs, el objetivo del intento de ocupación era una famosa plaza llamada El Reloj. La gente se reunió después de la oración de la tarde y permaneció allí. A medianoche, se habían congregado en la plaza cerca de doscientas mil personas. Sin embargo, la concentración no duró mucho, y al final de la noche casi un centenar de manifestantes yacían muertos. En Latakia ocurrió lo mismo: los manifestantes fueron fusilados y, posteriormente, llegaron bomberos para lavar su sangre de las calles. Pero el olor a sangre persistió durante días. Todos sabíamos lo que había pasado, pero nadie podía decir nada; cruzamos rápidamente el barrio donde ocurrió la masacre y fingimos no saber nada.

No sólo los manifestantes enfrentaron una brutal represión en las calles, sino que los grupos que los organizaron estaban en constante peligro. Había informantes del gobierno en todas partes, y el régimen detuvo a todos los que sospechaba que estaban asociados con un Consejo de Coordinación Local. Los detenidos serían torturados hasta que confesaran los nombres de todos sus asociados, de ahí la importancia de los apodos. Los apodos no se usaban porque desconfiáramos el uno del otro, sino porque nadie sabe lo que podrían hacer al ser torturados. Sin embargo, el régimen mató a gente tanto si proporcionaban información como si no, y sólo los afortunados salieron con vida.

Rami, un amigo que fundó una página en Facebook que publicaba actualizaciones diarias sobre los puestos de control, fue detenido en enero de 2012. Una semana después, su cadáver fue devuelto a su familia: no sólo le habían arrancado las uñas, sino que también los dedos. Cuando visitamos a su madre, nos dijo que le habían quemado las pestañas con cigarrillos. Nos dijo que, con el fin de traer su cuerpo a casa, había firmado un documento que declaraba que su hijo había sido asesinado por “terroristas”. Cientos de activistas tuvieron un destino similar al de Rami. Incluso si alguien no había participado en una protesta, las fuerzas de seguridad podían detenerle simplemente por ser de una aldea rebelde. Todo el mundo era sospechoso. Que la gente decidiera armarse y luchar contra la represión no sorprendió a nadie.

LA MAYORÍA SILENCIOSA

Se les puede perdonar por pensar que, después de todo este horror, todo el país se habría posicionado en contra del gobierno y simpatizaría con aquellos que llaman a la justicia, la reforma y la dignidad. Pero, de hecho, la mayoría del país no se unió al levantamiento. Esta mayoría silenciosa comprendía tres categorías generales: los de línea dura, la burguesía y los indecisos. Los partidarios de la línea dura sabían exactamente lo que estaba sucediendo y lo apoyaron inequívocamente. Sin al Asad, creían, no había país. La burguesía, a diferencia de los de línea dura, sólo se preocupaba por la seguridad de sus propias familias y negocios. Se negaron a elegir bando. Las personas de esta categoría fueron las primeras en huir del país. Y los indecisos, finalmente, no entendían lo que estaba pasando. Sin embargo, muchos miembros de este grupo se decidieron con bastante rapidez y se unieron a los partidarios de la línea dura. Su conversión a opositores del levantamiento se logró principalmente gracias a la narrativa mediática difundida en la televisión estatal, así como a la militarización del conflicto.

Al principio, la televisión estatal siria ignoró las manifestaciones. Ninguna noticia de última hora interrumpió el programa habitual de telenovelas, programas de cocina y documentales sobre animales. Los espectadores de la televisión siria en otros países no tenían ni idea de que la primavera árabe había llegado a Siria. Sin embargo, el régimen no pudo ignorar el levantamiento por mucho tiempo. Los que vivían en zonas calientes, como Homs y Latakia, se quejaron en los medios sociales de que tenían que ver canales libaneses y qataríes como Al Jazeera, Al Arabiya y LBC (Lebanese Broadcasting Corporation), para saber lo que estaba pasando.

El 22 de marzo, la televisión estatal siria emitió un vídeo de una protesta en Al-Midan, un barrio de Damasco. El presentador de las noticias dijo que estaban agradeciendo a Dios por la lluvia, no protestando. Más tarde, los programas de noticias ofrecieron teorías conspiratorias, a menudo implicando a Qatar. Otro videoclip fue emitido, pero el presentador afirmó que el material era falso, filmado en Qatar. Otros programas afirmaron que Qatar había estado enviando dinero, asesores militares y drogas al país para causar el caos. La televisión estatal siria emitió lo que denominó una confesión por parte de un terrorista: alguien que parecía ser mentalmente inestable confesó haber recibido un pago de Qatar por disparar a las fuerzas policiales.

La gente lo creyó. En Jableh, mi ciudad natal, estos informes inventados convencieron a la gente, aterrorizada por la campaña de desinformación. Los que estaban convencidos de la conspiración comenzaron a patrullar las calles, pidiéndonos que cerráramos las puertas. “Los salafistas vienen a secuestrarnos”, insistían. La televisión siria pintó lo que estaba ocurriendo en el país como un levantamiento contra el gobierno secular. Todo se enmarcó como si se tratara de islamistas. “Después de mí, el diluvio”, podría haber dicho al Asad, y muchos creyeron que tenían que elegir entre el caos islamista o el gobierno de al Asad. Los pro-revolucionarios encontraron que no sólo tenían que esquivar balas y evadir la detención, sino también combatir una narrativa estatal igualmente mortal en los medios sociales y en las calles. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que la narrativa del gobierno se hiciera realidad. Aunque la participación de los salafistas fue menor al principio, creció rápidamente.

GUERRA CIVIL

El ala militar del levantamiento, el Ejército Libre Sirio (ELS), no se formó hasta julio, pero el levantamiento se había militarizado con anterioridad. El primer incidente de autodefensa armada tuvo lugar en una pequeña aldea de la frontera turca en la provincia de Idlib, Jisr al-Shughur.

El 4 de junio, 120 soldados del gobierno fueron asesinados en Jisr al-Shughur. Dos días después, el gobierno anunció la noticia de su muerte en la televisión estatal, transmitiendo en vivo el funeral. El reportaje de televisión decía que los soldados estaban en su base cuando un grupo de terroristas los atacó. Los activistas locales rechazaron este relato, diciendo que los soldados habían asistido al funeral de un joven asesinado el día anterior, un funeral que, siguiendo la nueva costumbre, se había convertido en una protesta masiva. Más de quince mil personas salieron a la calle ese día. Los activistas afirman que mientras los soldados se preparaban para disparar contra la protesta, alguien les disparó a ellos primero.

Esto fue sólo una versión de la historia sobre quién había matado a los soldados. Algunos sugirieron que fueron asesinados por otros soldados que se negaron a ver la masacre de personas inocentes. Es importante señalar aquí que las armas son abundantes en las ciudades de la frontera. Cada casa tiene un arma. Cualquiera que sea la historia real, este incidente abrió un nuevo capítulo en el levantamiento, con dos consecuencias importantes. En primer lugar, muchos sirios vieron los nombres de los soldados muertos como una confirmación de la narrativa del gobierno, lo que alineó a los sirios indecisos con el régimen. En segundo lugar, estos acontecimientos crearon una división dentro de los círculos de activismo, cuando algunas partes del movimiento tomaron posiciones a favor y en contra del uso de las armas.

Muchos activistas, tras haber protestado pacíficamente durante los tres meses anteriores, apoyaron con entusiasmo la idea de la autodefensa armada. Sintieron que mediante el uso de la violencia, finalmente se estaba haciendo justicia a los asesinados por las fuerzas policiales. Otros activistas argumentaron que la autodefensa armada era el principio del fin de la revolución, y que el caos introducido por las armas de fuego acabaría fortaleciendo al gobierno sirio. Pero la violencia del régimen desbordó la mayoría de los compromisos con ideales estratégicos abstractos. Defenderse era una cuestión de supervivencia.

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El 9 de julio, días después del incidente en Jisr al-Shughur, se difundió en línea un vídeo de un teniente coronel del ejército llamado Hussein Harmoush. En él anunciaba su deserción del ejército sirio a causa de los asesinatos que había presenciado en Jisr al-Shughur. Algunos periodistas sugirieron que Harmoush fue responsable de la resistencia en Jisr al-Shughur, que fue el primer soldado del ejército en proteger a los manifestantes y disparar contra las fuerzas gubernamentales. Después de esto, se convirtió en un icono para los soldados que quisieran desertar. Su deserción hizo sentir a muchos que no era demasiado tarde para que el ejército sirio se pusiera del lado del levantamiento, como había ocurrido con el ejército egipcio y la revolución egipcia. Muchos soldados siguieron el ejemplo de Harmoush, desertando y compartiendo videos idénticos. Tenían su identificación militar en la mano y miraban directamente a cámara: ” Deserto del brutal ejército sirio. No estamos sirviendo al país. Estamos ayudando a una persona a permanecer en el poder. Me niego a disparar a las protestas pacíficas, por lo que me uno al levantamiento sirio”.

Cuando los soldados desertaron, llevaron consigo sus municiones y armas, uniéndose a pequeños grupos de otros desertores que se formaron en sus ciudades natales. Estos grupos reunían a personas de diferentes orígenes religiosos y diferentes estilos de vida, desde médicos hasta trabajadores de la construcción, que creían en el derecho a la autodefensa. Aunque tenían ideologías diferentes y visiones diferentes para el futuro del país, estaban unidos por la creencia de que el levantamiento pacífico nunca podría superar la brutalidad del régimen.

Entre julio y noviembre de 2011, la principal misión de los rebeldes armados fue proteger a los manifestantes de los ataques del gobierno. Los grupos rebeldes, que incluían desertores del ejército y civiles armados, fueron elogiados por el resto del levantamiento sirio. Los manifestantes coreaban y cantaban para los rebeldes armados. Se sentían protegidos por ellos. Muchos activistas apoyaron completamente la resistencia armada y dudaban en asistir a protestas no protegidas por grupos rebeldes armados, temiendo la brutalidad del régimen. Mientras tanto, Turquía abrió sus fronteras y miles de refugiados sirios huyeron hacia el norte para escapar de la violencia infligida sobre ellos. Entre estos refugiados había desertores del ejército que cruzaron a Turquía con sus familias. En ciudades fronterizas como Hatay, aproximadamente a dos horas en coche de Idlib, los líderes de los batallones de estos desertores se reunían y organizaban a salvo del gobierno de al Asad. A medida que pasó el tiempo, pudieron organizarse en Turquía y cruzar a Siria para enfrentarse al régimen. Por lo tanto, las primeras zonas controladas por los rebeldes surgieron a lo largo de la frontera turca.

El 27 de octubre se celebró en Turquía la primera reunión oficial de desertores del ejército. El coronel Riad al-Asaad manifestó en una declaración escrita que esperaban apoyo material para poder derrocar al gobierno. “Pedimos a la comunidad internacional que nos proporcione armas para que nosotros, como ejército, el Ejército Sirio Libre, podamos proteger al pueblo de Siria”, dijo. “Si la comunidad internacional proporciona armas, podemos derrocar al régimen en muy poco tiempo.” Este fue el primer alegato público de los rebeldes sirios. Fue criticado rápidamente por activistas de derechos humanos como Rami Abdul Rahman, jefe del Observatorio Sirio de Derechos Humanos, con sede en el Reino Unido, quien señaló que “el Ejército Sirio Libre está dando a la gente falsas esperanzas de que tienen la fuerza necesaria para derrocar al régimen….”. Hay que tener en cuenta que el ejército sirio formal está compuesto por más de quinientos mil soldados, por no hablar de los cientos de shabeeha[matones] progubernamentales. Así que apostar por la capacidad del Ejército Sirio Libre para derrocar al Asad es una apuesta perdida”.

Aunque Turquía no admitió haber proporcionado apoyo militar al ELS, sí ofreció refugio abiertamente a los desertores del ejército y un lugar seguro donde los comandantes rebeldes podían reunirse con sus donantes. Como dijo un miembro del ELS: “Turquía nos dio libertad de movimiento”. Además, Turquía se convirtió en un conducto importante para los flujos financieros de países como Arabia Saudita y Qatar. A pesar del desacuerdo ideológico con los modelos de gobierno saudíes o qataríes, los rebeldes sirios necesitaban desesperadamente apoyo material. Tal como ellos lo veían, no tenían otra opción más que tomar dinero y armas de estos países.

A mediados de 2012, el ELS pudo hacerse con el control de algunas aldeas clave en Idlib, Alepo oriental y gran parte de los pueblos aledaños. En lugar de limitarse a proteger las protestas como antes, el ELS estaba ahora a la ofensiva, llevando la batalla al régimen y estableciendo territorios controlados por los rebeldes. Estas zonas se convirtieron en refugios para los que se oponían al régimen. Las ONG internacionales, como el International Media Corps (IMC), abrieron y financiaron oficinas en zonas controladas por los rebeldes. Los locales celebraron elecciones y gobernaron a través de lo que llamaron consejos locales (majlis mahali). Los activistas de medios comenzaron a imprimir sus propios periódicos por primera vez en décadas. La gente experimentó lo que era escribir un artículo sin temor a la detención y la persecución. Las pancartas desplegadas desde los edificios de las zonas rebeldes se difundieron a través de los medios sociales, de la misma manera que los grupos virtuales de Skype se materializaron en espacios reales y físicos. En Alepo, los activistas de medios abrieron y dirigieron el Centro de Medios de Comunicación de Alepo. Los centros de medios en las zonas controladas por los rebeldes se alojaban con frecuencia en las residencias de personas que habían huido del caos o habían sido asesinadas. A menudo no había nada en ellos más que Internet por satélite, sofás y sacos de arena en las ventanas para protegerse de los francotiradores del gobierno. Estos pequeños centros se convirtieron en la fuente de la mayoría de las noticias procedentes de Siria.

Las fronteras turcas ya casi habían desaparecido. A principios de 2013, era más fácil entrar en el país por las rutas de contrabando que pasar por el control de pasaportes. Periodistas y freelances de todo el mundo desembarcaron en Turquía y cruzaron a Siria, donde los rebeldes les dieron la bienvenida y les ofrecieron protección. Los rebeldes estaban tan desesperados por la atención de los medios de comunicación como por obtener apoyo material.

Sin embargo, los periodistas y los trabajadores humanitarios no fueron los únicos extranjeros que se aprovecharon de la apertura de las fronteras. Durante este tiempo, más de doce mil combatientes extranjeros entraron en Siria. Si se pasaba por un aeropuerto turco en 2013, uno podía a ver a muchos de estos combatientes en las zonas de recogida de equipajes y en las terminales de los aeropuertos fronterizos; llevaban largas barbas y grandes mochilas. Muchos sirios eran conscientes de que la apertura de las fronteras representaba un peligro para el conflicto, pero nadie de la oposición podía decir nada al respecto. Las fronteras cerradas para los combatientes extranjeros equivaldrían a fronteras cerradas para todos los demás. Turquía era la única manera de entrar o salir para los rebeldes.

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Había un quid pro quo explícito en juego. Turquía quería grupos aliados en Siria para proteger sus fronteras de los kurdos, a los que había estado combatiendo desde 1978. Y los yihadistas radicales, dada su experiencia en otros conflictos, resultaron ser la mejor opción antikurda. En el otoño de 2013, Ahrar al-Sham, un grupo salafista armado apoyado por Turquía, fue la principal fuerza que luchó contra el YPG y otros grupos kurdos, en ciudades a lo largo de la frontera turca. Pero los yihadistas no actuaron únicamente como aliados de Turquía. Se coordinaron con otros grupos rebeldes y, finalmente, se apoderaron de las zonas liberadas.

Muchos activistas y comandantes rebeldes lucharon contra estos grupos salafistas, y cientos de activistas en áreas controladas por los rebeldes fueron posteriormente detenidos y asesinados por grupos como el afiliado de Al-Qaeda Jaysh al-Islam. Otros rebeldes, sin embargo, dieron la bienvenida a los salafistas y los consideraron aliados. Los afiliados de Al Qaeda no sólo aparecieron completamente formados, sino que crecieron explotando el descontento masivo en el contexto de la represión gubernamental, y además se ganaron el apoyo de la opinión pública por ser combatientes eficaces. El Estado islámico, a diferencia de otros grupos yihadistas, tenía su propio frente en el este y no dependía de alianzas.

En los baluartes de la rebelión en el oeste, los afiliados de Al-Qaeda tuvieron el mayor éxito militar debido a varias razones. Eran las unidades más experimentadas en el terreno, y la mayoría de sus miembros tenían experiencia de combate en Irak, Afganistán o Chechenia. En su lucha contra los aliados de Asad respaldados por Rusia y las milicias chiítas, como Hezbolá, los grupos rebeldes sirios necesitaban la experiencia en el combate al estilo guerrillero que los afiliados de Al Qaeda podían proporcionar. Altamente disciplinados, acostumbrados a luchar en terreno duro, las unidades salafistas superaron continuamente a sus homólogos rebeldes sirios. En particular, los combatientes de Chechenia fueron muy eficaces en las batallas contra los aliados respaldados por Rusia, dada su experiencia con la tecnología militar rusa.

Como consecuencia de su ineficacia en el terreno, el ELS comenzó a perder el apoyo público de los combatientes, así como de la población local de las aldeas que controlaban. La gente estaba frustrada por la incapacidad del ELS para restaurar la ley y el orden, y los pueblos controlados por los rebeldes vieron protestas civiles contra la corrupción de los afiliados al ELS. Durante ese período, muchos rebeldes recaudaban dinero multando a civiles en los puestos de control. Hasan Jazara, un famoso líder en el este de Alepo durante mi estancia allí, dirigió una pequeña brigada que saqueaba casas, tiendas y fábricas. Decenas de fábricas del este de Alepo fueron saqueadas y sus productos vendidos en Turquía.

No había forma de reparar los abusos del ELS. Sin un liderazgo claro dentro de los grupos rebeldes, era imposible depurar responsabilidades, y los ciudadanos se sentían cada vez más frustrados con el grupo armado. Los consejos locales, encargados de la escolarización y la distribución de la ayuda en las zonas rebeldes, tenían poco poder real y eran incapaces de hacer frente a la corrupción. Los secuestros, los robos y saqueos eran generalizados en lugares como el este de Alepo. Cuando trabajaba allí, tenía más miedo de ser secuestrada por grupos que pretendían ser del ELS que de los bombardeos del gobierno. Mientras tanto, los afiliados de Al-Qaeda eran vistos por el público como más disciplinados, menos corruptos que el ELS, y más capaces de ofrecer seguridad.

Hoy en día, el régimen ha reconquistado la mayoría de los territorios controlados por los rebeldes, y los que el régimen no ha reconquistado están bajo el control de los afiliados de Al-Qaeda y otros grupos salafistas. Según el Centro Sirio de Investigación Política, una organización de investigación siria independiente, el número de muertos a causa del conflicto en febrero de 2016 era de 470.000. También hay más de 117.000 personas que siguen recluidas en centros de detención del gobierno. Entre los activistas mencionados anteriormente, ya sea en los consejos de coordinación locales o en los grupos de medios de comunicación, los que no fueron asesinados o encarcelados por el régimen se encuentran ahora en el exilio. Muchos de ellos siguen trabajando en estrecha colaboración con los abogados internacionales para que se haga justicia a los que fueron asesinados y se garantice la libertad de los que siguen detenidos. En su mayor parte, los activistas supervivientes se han visto envueltos en una profunda depresión, observando desde lejos cómo los pueblos y aldeas que alguna vez fueron controlados por los rebeldes han caído bajo el control del gobierno. Las estatuas de metal de Hafez al Asad han sido reconstruidas en las plazas donde se reunieron los manifestantes en 2011. Y, donde una vez los graffiti contra el régimen de los valientes escolares de Daraa tal vez precipitaron la revolución, un video reciente mostraba a los niños en el patio de la escuela gritando por la inmortalidad del presidente.

He estado viviendo en el exilio en Estados Unidos desde 2014, y la mayoría de las discusiones que he presenciado en Estados Unidos sobre la guerra de Siria y su crisis de refugiados son argumentos simplistas que ignoran las luchas emancipadoras que precedieron a estos últimos años de tragedia. Para entender la naturaleza del conflicto sirio, es esencial que recordemos los primeros años del levantamiento y, recordando lo que ocurrió entre 2011 y 2014, disipar el mito de que Siria siempre ha sido una guerra de poder o ha sido siempre una lucha entre un gobierno secular y los yihadistas. Ignorar los años que llevaron a Siria de un levantamiento democrático a una sangrienta guerra de poder es leer la historia al revés.

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