Una idea llamada Daraya

Autor: Joey Ayoub | Traducción: Elisa Marvena

Publicado originalmente en inglés en Al Jumhuriya y en Hummus for Thought, blog del autor, en diciembre de 2018.

Cuando Huda fue arrestada por los soldados del régimen en 2013, el asedio de Daraya, suburbio de Damasco, estaba entrando en su primer año. Huda fue arrestada junto con dos de sus amistades en un puesto de control y llevada a una prisión en Muadamiya, una ciudad al sur de la capital. Esta experiencia dio forma a su visión del mundo, dijo Huda al medio de comunicación sirio Enab Baladi: “Después mi arresto comprendí el significado de la injusticia y estoy más dispuesta a luchar por la libertad”. Huda, al igual que muchos otros sirios, reportó tener una sensación de despertar al ser testigo de primera mano de la brutalidad del régimen de Asad.

Damos un salto a agosto de 2016. El resto de la población de Daraya ha sido evacuada por la fuerza después de que se llegara a un acuerdo con el régimen de Asad para poner fin al asedio y devolver la ciudad al control del régimen. Seguirían el destino de la gente de Homs antes que ellos, y el de la gente de Alepo y Guta Oriental, después. Mientras la ciudad caía, un grupo de mujeres de Daraya escribió una carta abierta diciendo: “Exigimos a la comunidad internacional que actúe” para evitar su desplazamiento forzado. No hubo tal acción, y así, Daraya cayó.

Cuatro años de asedio por parte de las fuerzas de Asad y de la milicia sectaria libanesa, Hezbolá, dejaron a este pequeño suburbio desesperado por una vía de escape. Sabían lo que el régimen les había hecho a otras ciudades liberadas, un régimen cuyas consignas de “Asad o quemamos el país” y “Arrodíllense o mueran de hambre” se aplicaban con barriles bomba, asedios y gulags. La gente se reunió ante las tumbas de sus seres queridos, muchos de los cuales fueron asesinados durante el asedio, empacaron todo lo que pudieron y se fueron. Muchos de los hijos e hijas de Daraya llegaron a Idlib, la ciudad y la región del norte de Siria donde fueron a parar muchos refugiados. De los aproximadamente tres millones de civiles que hay actualmente en Idlib, alrededor de la mitad son refugiados de otras partes de Siria.

Al llegar a Idlib, a Mohamed Abou Faris se le hizo saber que venía de un lugar especial. Cuando fue a buscar trabajo, el dueño de una fábrica de ladrillos le dijo “usted es de Daraya, señor. Lo tiene todo. Ustedes son nuestros maestros”. Incluso antes de 2011, Daraya se había ganado una reputación por su resistencia no violenta al régimen de Asad. Razan Zaitouneh, la célebre abogada y activista secuestrada por el grupo rebelde Jaysh al-Islam en 2013, calificó la ciudad de “una estrella antes y durante la revolución”.

Décadas de activismo

Esta estrella brilló en 1998 cuando, bajo el mandato de Hafez al Asad, una veintena de jóvenes fueron expulsados de una mezquita por los clérigos, ya que los temas de “sus animadas discusiones se habían desviado demasiado hacia el cambio social”. Entre ellos se encontraba Yahya Sharbaji, de 18 años de edad, que volvería a dirigir protestas no violentas cuando llegara el momento de Daraya, trece años más tarde, en 2011. Sus acciones se inspiraron en una forma de humanismo islámico influenciado por el clérigo pacifista Abdul Akram al-Saqqa, quien a su vez les introdujo a la filosofía del jeque Jawdat Said, otro influyente defensor de la no-violencia. Su expulsión de la mezquita pudo haber sido sorprendente para mentes tan jóvenes, pero eso no les impidió seguir cuestionando el dogma establecido.

Daraya volvió a brillar en 2003, cuando EE.UU. y Reino Unido invadieron Irak para deponer a Saddam Hussein. Los jóvenes de la ciudad, incluido el yerno de al-Saqqa Haytham al-Hamwi, organizaron una protesta para solidarizarse con el pueblo iraquí. El régimen de Asad, aunque se había opuesto oficialmente a la invasión, acorraló a los activistas y sentenció a la mayoría de ellos a tres o cuatro años de prisión. Con las intensas discusiones sociopolíticas generadas por la revuelta intelectual de la “Primavera de Damasco” de 2000-2001, y con el temor de ser el próximo, Asad no podía tolerar un resurgimiento de la actividad cívica. Al mismo tiempo, el régimen de Asad se puso a disposición de EE.UU. para torturar a “sospechosos de terrorismo” en nombre del gobierno americano. Esto se hizo más notorio con el caso del canadiense-sirio Maher Arar, que fue secuestrado por las autoridades estadounidenses en 2002, enviado a Jordania y luego transferido a Siria para ser torturado durante ocho meses. Citando al ex agente de la CIA Robert Baer: “Si quieres que la gente sea bien interrogada, la envías a Jordania. Si quieres que la gente desaparezca, la envías a Egipto. Y si quieres que la gente sea torturada, la envías a Siria”.

Los jóvenes de Daraya eran de la generación que vio a Bashar heredar el trono en el año 2000 y tal vez creían, como muchos otros, que él sería diferente, no como su despiadado padre. Bashar incluso había abierto un espacio para el activismo y el periodismo, aunque dentro de límites estrictos. No se parecía a su padre, que se había forjado la reputación de aplastar a todos los disidentes, controlar los asuntos del vecino Líbano y reprimir a la coalición palestina/izquierdista/nacionalista de mediados de la década de 1970. No se parecía a su tío Rifaat, el “Carnicero de Hama”, que aplastó un levantamiento de la Hermandad Musulmana en 1982 matando hasta 40,000 personas, en su mayoría civiles. No era como su hermano Maher, el comandante de la Guardia Republicana y la Cuarta División Blindada de élite del ejército, que se había labrado una notoria reputación por su salvajismo. Tampoco era como su otro hermano Bassel, que fue entrenado por los soviéticos y elegido por Hafez para ser su sucesor antes de morir en un accidente automovilístico en 1994. Con tales parientes alrededor de Bashar, nadie podría haber estado preparado para este oftalmólogo de modales suaves, casado con una ‘respetable’ mujer de negocios británica que se dedicaba a abogar por las organizaciones benéficas en favor de los numerosos problemas sociales de Siria (con la excepción, naturalmente, de la libertad de expresión). Todo el mundo creía que Bashar había heredado el trono con significativa reticencia.

Pero reacio o no, Bashar los superó a todos. Un año después de la revolución, asedió Daraya y restringió todos los movimientos fuera de la ciudad, e incluso los restringió significativamente dentro de ella. Las bombas de barril diarias del régimen y los francotiradores colocados en las afueras crearon una ciudad donde ningún hombre, mujer o niño se atrevería a vagar libremente. Incluso, en agosto de 2012, se llevó a cabo una matanza de tres días de duración, en la que murieron más de 400 personas. La ciudad estaba casi vacía: la población de antes de la guerra, de unos 300,000 habitantes, se redujo a unos 6,000 en aproximadamente un año.

Un experimento extraordinario

Para entender por qué Daraya se convirtió en la primera ciudad de Damasco en ser sometida a un asedio tan estricto, debemos considerar el extraordinario experimento de democracia directa que allí nació. En un país donde el ejército y sus shabbiha, o matones sectarios, servían a los intereses de unos pocos de la familia de los Asad y allegados, los rebeldes del Ejército Sirio Libre de Daraya estaban bajo la autoridad del Consejo Local. Representaban un modelo de gobierno contrario a ese régimen.

Abandonada por los servicios estatales, Daraya recurrió al autogobierno y al desafío, tanto por necesidad como por convicción. Como escribió la escritora británico-siria Leila Al-Shami en su elogio a esta ciudad rebelde, el Consejo Local cultivaba frijoles, espinacas y trigo. Una oficina de ayuda tenía un comedor de beneficencia. Una oficina médica supervisaba el hospital de campaña bajo circunstancias imposibles. En los primeros días de la revolución, los revolucionarios de Daraya incluso se enfrentaron al ejército enviado para dispararles con cánticos de que “el ejército y el pueblo son uno”. Apoyados por el sonido de las campanas de la iglesia, estos revolucionarios ganaron su imagen de manifestantes pacíficos repartiendo flores y botellas de agua a los soldados. Clamaron por la democracia y por la igualdad para todas las comunidades religiosas y grupos étnicos de Siria.

Este experimento no podría sobrevivir en Damasco a menos que el régimen que gobierna esta antigua ciudad cayese. Y ellos lo sabían. Esta es la razón por la que se formaron Comités de Coordinación Local para coordinar las protestas en toda Siria. Fueron obra, entre otros, de uno de los hijos de Daraya, un sastre de 26 años llamado Ghiyath Matar. También fueron producto de la convicción del pensador anarquista sirio Omar Aziz de que la revolución sólo podría tener éxito si se autoorganizaba de manera antitética al autoritarismo del régimen.

En esta ciudad, un grupo de 40 jóvenes sirios de entre 21 y 30 años incluso construyeron una biblioteca subterránea. Tenía más de 15,000 libros recogidos bajo los escombros de las casas y de casas que pronto se convertirían en escombros. Abarcaban desde la teología islámica hasta El alquimista de Paulo Coelho y Los siete hábitos de la gente altamente efectiva de Stephen Covery. La biblioteca albergaba una sección para niños, y las mujeres que no podían salir de sus casas enviaban a sus maridos a recoger libros. Los jóvenes incluso pedían permiso a los propietarios de los libros siempre que era posible, y se aseguraban de escribir sus nombres en los libros por respeto. En We Crossed A Bridge and It Trembled, la colección de testimonios sirios de Wendy Pearlman, Wael, ahora refugiado en Suecia, habló de qué pensaba de Daraya la primera vez que sacó un libro en su nueva ciudad: “Una biblioteca significa que la gente leerá, lo que significa que pensará, lo que significa que conocerá sus derechos.” Cuando terminó el asedio, el destino de la biblioteca se unió al de la gente de Daraya.

Ghiyath Matar fue arrestado el 6 de septiembre de 2011 y su cadáver mutilado fue devuelto a su familia días después. Fue uno de los primeros. En agosto de 2018, el régimen actualizó sus registros para incluir en ellos a las personas que habían muerto bajo tortura durante su detención. La lista incluía a unas 1,000 personas de Daraya, incluidos los hermanos Sharbaji. Yahya y su hermano Mohammed, conocido como Ma’an, fueron arrestados junto con Ghiyath. Yahya fue declarado muerto el 15 de enero de 2013, Ma’an el 13 de diciembre de ese mismo año.

Siguieron el destino de muchos sirios que perdieron la vida en las cárceles del régimen. En la famosa prisión de Saydnaya, cerca de Damasco, fueron ahorcadas hasta 13,000 personas entre 2011 y 2015 (y sigue en funcionamiento). Omar Aziz murió torturado en prisión el 17 de febrero de 2013. El desarrollador de software abierto palestino-sirio Bassel Khartabil Safadi fue ejecutado en octubre de 2015 en la prisión de Adra, y su esposa Noura sólo se enteró dos años después. En las últimas semanas de Alepo, el brutal asedio de cuatro años de duración se convirtió en otra rendición. La capital de facto de la revolución cayó y la brutalidad de la reconquista de la ciudad se comparó con Guernica y Sarajevo.

No puedo enumerar a todas las personas muertas, desaparecidas, exiliadas. Hay demasiadas.

Una idea llamada Daraya

Esta es la historia de una idea llamada Daraya. Su gente expuso la hipocresía de un mundo que podía permitir que tales atrocidades ocurrieran, y sólo dio la bienvenida a regañadientes a unos pocos sobrevivientes mientras dejaba morir al resto. Al hacerlo, el mundo se expuso como criminal, a través de su inacción para proteger a la gente de Daraya, Homs, Alepo, Daraa y Ghuta Oriental. Este es un testimonio de un hecho inconveniente: que mucho antes de que los sirios se convirtieran en refugiados y fueran chivos expiatorios en las costas de la Fortaleza Europa, la revolución que estaban construyendo bajo barriles bomba, francotiradores y asedios ya había sido abandonada a su suerte. Los numerosos llamamientos del Consejo Local a las Naciones Unidas, incluso en los últimos meses de su existencia, quedaron sin respuesta. Como el Consejo señaló correctamente en enero de 2016, la Resolución No. 2165 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, de 14 de julio de 2014, “autoriza la entrega de ayuda humanitaria sin necesidad de aprobación” por parte del régimen. Nunca se dio una respuesta satisfactoria a la pregunta de por qué esa ayuda humanitaria nunca llegó, por qué se dejó morir a la gente por el hambre o por incapacidad de acceder a tratamiento médico. Nunca se necesitó una respuesta para un crimen tan obvio a la vista de todos en una época en la que las masacres se transmiten en directo a través de Facebook y Twitter.

En los años posteriores a la primera detención de Huda, los autoproclamados guardianes de la democracia de Occidente vieron cómo los experimentos democráticos existentes morían uno tras otro en Siria. Y en lugar de hablar de una crisis europea, la que hasta ahora ha permitido que más de 15,000 personas se ahoguen en sus costas solo entre 2014 y 2018, hablamos de una “crisis migratoria”. Para citar al eterno James Baldwin, “lo que dices de otro te revela”. La carga de la prueba ha recaído sobre las víctimas, sobre sus misteriosos caminos, su piel más oscura, sus diferencias culturales. En la arrogancia colonial clásica de tiempos supuestamente poscoloniales, se evitó la crisis real y, en cambio, se hizo que los cómodos chivos expiatorios de las propias crisis estructurales del continente llevaran la cruz a rastras.

Dos semanas después de la caída de Daraya, Bashar al Asad se dirigió a la vacía ciudad para rezar en una mezquita. A su lado se encontraban altos funcionarios, entre ellos el Mufti Ahmad Badreddin Hassoun, conocido localmente como el Mufti de las bombas de barril por sus sermones en los que abogaba por el aplastamiento violento de los manifestantes. El Mufti también fue nombrado en un informe de Amnistía Internacional como uno de los tres funcionarios encargados de aprobar la ejecución de personas en Saydnaya. El mensaje era claro, otra vez. Asad o quemamos el país. Arrodíllate o muere de hambre. Rechazaron a Asad, por lo que Daraya fue quemada. Se negaron a arrodillarse, así que Daraya fue muerta de hambre. El mensaje de Asad también se dirigía al mundo: “Miren lo que puedo hacer”. También quería decirles a sus partidarios que pueden vivir una vida “normal” bajo su gobierno, siempre y cuando se comporten. Como escribió el escritor sirio Omar Kaddour: “Mientras el régimen aplica su política de tierra quemada y mata de hambre a la población para ponerla a prueba, insiste en demostrar que en las regiones que controla, la vida sigue su curso natural”. Los que vivían bajo su control en Damasco podían llevar una vida relativamente “normal”. Es por eso que los refugiados tendieron a huir a zonas controladas por el régimen en varias ocasiones. Sabían que los barriles bomba del régimen no caerían desde los cielos controlados por el régimen.

Esta es la historia de una idea llamada Daraya. Es la historia de un mundo enfermo, un mundo con una enfermedad que, en palabras del escritor y ex prisionero sirio Yassin al-Haj Saleh, “agrava nuestras enfermedades, tanto heredadas como adquiridas”. A medida que más países recurren a políticas cada vez más autoritarias y xenófobas, los que fueron retratados, en contra de su voluntad, como catalizadores de ese giro, fueron convertidos en testigos de las sociedades que lo provocaron. Como testigos, se vieron obligados a mirar tanto a Siria como a la llamada “comunidad internacional” mientras eran despojados de su agencia para hacer algo al respecto. En cuanto a esa comunidad, puede ejercer su influencia sobre los sirios y otros grupos marginados sin tener siquiera que mirarlos.

Asad o quemamos el país. Arrodíllate o muere de hambre.


Imagen de portada: grafiti en una escuela bombardeada en Daraya. La figura dibujada es el Handala, un símbolo palestino de resistencia. El texto dice: “Solíamos bromear diciendo que ojalá se destruyera la escuela, y así fue…”. Foto del autor Abu Malek Al-Shami, usada con su permiso.

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