La guerra económica en un Damasco sin vida

Por Donna Abu-Nasr

Publicado en inglés por Bloomberg, 26 de abril de 2019. Traducción de Jorge Higueras.

La carretera que lleva a Damasco desde la frontera libanesa no deja lugar a dudas acerca de quién ha ganado la guerra que ha extendido una oscura sombra sobre Oriente Medio durante ocho años. “Bienvenidos a la victoriosa Siria”, dice un cartel con una imagen del sonriente presidente Bashar al Asad sobreimpuesta sobre la bandera roja, blanca y negra del país.

En lugar de un frenesí de reconstrucción y la promesa del resurgimiento, los sirios se han encontrado frente a otra batalla. Cansados y traumatizados por la violencia, se centran en intentar sobrevivir en una economía diezmada que no muestra signos de recuperación ni de paz en un horizonte próximo.

Las Naciones Unidas estiman que el país necesita más de 250 mil millones de ayuda para reactivar la economía, dinero que sus aliados en tiempos de guerra, Irán y Rusia, son incapaces de proveer. Mientras tanto, Estados Unidos, con Donald Trump al frente, ha abierto el grifo económico para los adversarios: esta semana han terminado las exenciones de embargo para los compradores de petróleo iraní.

El gobierno de Teherán, que durante los últimos años amplió las líneas de crédito para Damasco con el fin de comprar petróleo y sostener la economía, se halla ante nuevas sanciones americanas que prohíben el paso de barcos de ayuda a Siria. Los países que pueden ayudar, incluyendo los estados del golfo ricos en petróleo, no van a echar una mano a una nación aliada con Irán, su rival.

El impacto en Damasco, donde la guerra finalizó hace un año con la derrota de los combatientes de ciudades cercanas, es asombroso.

La ciudad rebosa de actividad en primavera, con carros repletos de almendras frescas y verdes, damascenos fumando shisha en cafés al aire libre y familias disfrutando de picnics. Durante una visita este mes parecía sin vida. Los vendedores del bazar antiguo se quejan de las míseras ventas.  Bares que servían incontables cenas estaban en su mayoría vacíos. Los cada vez más frecuentes cortes de luz han obligado a los establecimientos a proveerse de generadores. Apenas hay tráfico. La moral está baja.

Filas de coches se acumulan durante kilómetros para llenar el depósito con los veinte litros de gasolina que, cada cinco días y en zonas controladas, el gobierno permite a los sirios. El último cargamento de petróleo proveniente de Irán, país que enviaba hasta tres millones de barriles al mes, llegó en octubre antes de que se reactivasen las sanciones.

 “Pensaba que una vez que la guerra terminase, nuestra moneda se haría más fuerte y mejorarían nuestros niveles de vida”, dice Saeed al-Khaldi, que transporta hortalizas y verduras por esta ciudad que ve aumentado su tamaño a gran velocidad.

La crisis de la gasolina supone una catástrofe para al-Khaldi. Perdió su tienda de muebles y dos viviendas en las afueras de la capital en 2013 y ahora puede llegar a perder su sustento de nuevo.  “Ayer pasé 19 horas para hacerme con veinte litros de gasolina”, dice a sus sesenta y tres años en un Damasco que disfruta de un día fresco y con viento.  “No es suficiente para mis desplazamientos”.

Por allí cerca, Salem Saleh, un empleado del gobierno de cincuenta años de edad, abandonaba el mercado de verduras con las manos vacías.

 “Vine a comprar fruta y verdura pero no lo he hecho porque todo está caro”, dice Saleh. Comenta que esperaba que un kilo de patatas costase trescientas libras sirias (menos de cincuenta centavos estadounidenses). El precio de venta es de cuatrocientas libras debido al aumento de las tasas de transporte consecuencia  a su vez de la escasez de gasolina. Saleh, que gana setenta mil libras al mes, asegura que no puede permitirse esa diferencia de cien libras, “Los precios están demasiado altos para nuestros ingresos”.

Estas dificultades subrayan algunos de los retos a los que se enfrenta Asad después de la guerra, quien ha reclamado la mayor parte de las zonas apropiadas por los rebeldes con la ayuda militar de Rusia e Irán. El dinero del Golfo que entró en el Líbano tras la guerra civil entre los años 1975 y 1990 ayudó a restaurar las áreas que habían sido completamente devastadas por la violencia.

Además del embargo iraní, Siria ha sufrido sanciones desde que el gobierno adoptó medidas severas hacia los manifestantes en 2011, paralizando su industria petrolera  y aplastando una economía que ya estaba corrupta y mal gestionada.

 “Él casi ha ganado la guerra en Siria, pero no puede sacar provecho de la victoria debido a su asociación con Irán”, dice Ayham Kamel, director de la investigación sobre Oriente Próximo y el norte de África en Eurasia Group. “Los iraníes pueden enviar una gran cantidad de tropas para morir por Asad y su régimen, pero lo que no pueden enviar son fondos”.

Según las estimaciones de las Naciones Unidas, el 83% de los sirios vive por debajo del umbral de pobreza, en un país donde el pan, los productos derivados del petróleo y productos básicos como el té, el arroz y el azúcar están subvencionados por el gobierno.

 “En Siria, la pobreza es altísima, las infraestructuras de servicios básicos están dañadas o destruidas y el tejido social está profundamente dañado”, dijo el mes pasado Achim Steiner, administrador de la Unión Europea.

Un ejemplo de la escala de destrucción se puede encontrar en la ciudad de Ain Tarma, situada en la región oriental de Guta,  a las afueras de Damasco. A semejanza de otras ciudades cercanas a la capital, los barrios de la periferia son ahora poco más que escombros.

Puede verse un edificio tras otro en ruinas, las carreteras están dañadas y un terrible silencio llena las calles, interrumpido por el canto de los pájaros que sobrevuelan el lugar. Ain Tarma, conocido por sus curtidurías y fábricas de botones y textiles, cayó hace un año bajo el régimen de Asad. Desde entonces, la rehabilitación del área que rodea la calle principal ha permitido ya que veinticinco mil de sus ciento cincuenta mil habitantes regresen, indica Sameeha Faris, que trabaja en el municipio. 

Unos niños rodean a un hombre que vende algodón de azúcar junto a una de las dos escuelas que han sido restauradas. Una foto del presidente con las palabras “Y Asad ha ganado” cuelga de un poste enfrente de un kiosco que vende refrescos. Pero hasta que no se reconstruyan otros barrios, los antiguos residentes no tienen hogar al que regresar.

El gobierno interpreta las dificultades como parte de la vigente conspiración contra Siria por haberse enfrentado a Occidente, incluyendo los Estados Unidos. “Esto es un castigo colectivo”, dijo recientemente Mustapha Hammouriyyeh, director de la compañía estatal distribuidora de combustible, en el canal del gobierno Al-Ikhbariyya TV al hablar de la crisis de la gasolina.

 “Siria nunca cederá a las presiones”, dijo Fayez Sayegh, un antiguo miembro del parlamento. “Siria cree en el diálogo y se aferra a la soberanía de su territorio y la independencia de la resolución nacional.”

Robert Ford, un antiguo embajador estadounidense en Siria, señaló que la administración Trump es mucho más agresiva que la de Barack Obama, pues se sirve de más sanciones secundarias enfocadas en los negocios con individuos o compañías penalizadas.

En noviembre, el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos añadió una red de compañías rusas e iraníes a su lista negra por el envío de petróleo a Siria y advirtió que quienes violasen las sanciones asumirían un serio riesgo.

 “Es una política deliberada del gobierno americano para intentar estrangular mortalmente al gobierno iraní de Teherán y al sirio en Damasco”, afirmó Ford, quien es actualmente miembro del Instituto del Oriente Próximo. “No desean una guerra militar con el gobierno sirio, pero sí que están dispuestos a un enfrentamiento económico.” 

Ford equiparó la situación de Siria a la que vivió Cuba tras el colapso económico de la Unión Soviética a finales de los ochenta. Cuba tenía dificultades financieras, “pero los Castro todavía siguen allí”, dijo.

El gobierno sirio mantiene la apariencia de normalidad que ya mostró durante el conflicto. Los programas matinales dan consejos para las plantas de interior. Este mes se celebró un festival internacional equino, pocos días después de que la ciudad disfrutase de un festival cultural. Pero no es suficiente para enmascarar la ansiedad.

 “La situación es muy mala”, afirma Ghiyath Dayyan, de cuarenta y siete años, que vende ropa para niños en el zoco de Hamidiyyeh. “Nadie anda pensando en ropa. Se piensa en cómo conseguir dinero para comida, para el alquiler, para la educación de los hijos.”

Las ventas de Dayyan se han reducido a un cuarto de lo que eran hace tres años. “Intento atraer clientes mediante descuentos de hasta el treinta por ciento, pero incluso eso no ayuda demasiado.”

Mansour Saad, de cuarenta y nueve años, que regenta el pub Sharqi en la ciudad vieja, ofrece los precios más económicos en cerveza –menos de tres dólares- y pizza. Pero eso no está mejorando el negocio. “No puedo hacer más ofertas”, dice. El joyero Nicholas Farah, de cincuenta y cuatro, comenta que su clientela son hombres que van a contraer matrimonio y pueden permitirse un mínimo de seiscientos dólares para adquirir productos en oro de dieciocho quilates. Sus ventas también se han quedado en un 25% respecto a antes del conflicto.

Malek Mazaal, de treinta y cinco años de edad, abrió el Tiki Bar en la bíblica Calle Recta hace dos años. El primer año no fue bueno debido a que la zona era atacada por fuego de artillería rebelde desde Guta Oriental. Después las cosas mejoraron, hasta que volvieron a imponer sanciones a Irán. Obtiene seiscientos dólares al mes en lugar de los dos mil que desearía.   “Antes, los comensales pedían una botella de vino y volvían cada día”, indica Mazaal. “Ahora vienen una vez por semana y piden una copa”. 


Imagen de portada: Louai Beshara/AFP via Getty Images

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