“¡Asad o nadie!”

De la toma del poder a la apropiación de la sociedad: el conflicto sirio en el contexto de la historia en el gobierno del Partido Baaz.

Por Yassin al Haj Saleh

Publicado en inglés por Fundación Rosa Luxemburgo, abril 2019Traducción al castellano de Mariana Morena.

Para la mayoría de las personas en Occidente, hasta bien entrados los años 2000 Siria era un estado desconocido, un estado corrupto o una de las muchas dictaduras árabes. Esto cambió en 2011 con el estallido de la Primavera Árabe. Sin embargo, desde entonces solo relatos fuertemente filtrados y sesgados del conflicto sirio han llegado a los medios de comunicación en alemán e inglés. Pero el conflicto difícilmente puede entenderse sin un grado de conocimiento sobre la historia de Siria bajo el Partido Baaz.

La falta de información no es la única razón de los numerosos malentendidos propagados en Occidente sobre Siria. También se deben a una tendencia contemporánea a evitar problemas complejos, que surge cuando estamos demasiado preocupados para enfrentar un tema con el cuidado y el rigor que requiere. Además, los medios a menudo favorecen el sensacionalismo a expensas de discutir los factores que son realmente importantes y el trasfondo histórico detrás de ellos. En este sentido, comunicar datos básicos sobre las décadas de dominación de Siria por parte de los Asad puede ayudar a fomentar una mejor comprensión de un país que hoy representa un microcosmos del resto del mundo.

Desde que el Partido Baaz tomó el poder por un golpe militar el 8 de marzo de 1963, Siria se encontró en un estado de emergencia en el que se suspendieron las leyes, se cerraron los periódicos y se prohibieron los partidos políticos. Se les prohibió a las personas reunirse en espacios públicos. Antes de 1963, Siria tenía docenas de periódicos y revistas; después solo quedaron dos. Diez años más tarde, se estableció un tercer periódico administrado por el gobierno. El ejército fue politizado; los oficiales que no demostraban lealtad al régimen fueron despedidos. Esta purga contribuyó a la aplastante derrota de Siria por parte de Israel en la guerra de 1967, experimentada por los sirios y muchos otros árabes como una amarga humillación. Esto tuvo efectos en la moral de la población, así como en la cultura y las artes. Además, la guerra de 1967 puso fin a la era del panarabismo socialista, laico y progresista.

Hafez al Asad era ministro de Defensa en 1967, y no se le exigió que se retirara ni que asumiera ninguna responsabilidad por la derrota; tres años después, tomó el control del estado a través de otro golpe militar. Inmediatamente, comenzó a asegurar su régimen contra nuevos golpes al ocupar puestos claves en los servicios de seguridad y el ejército con sus familiares y socios de confianza. La mayoría eran miembros del grupo étnico alauí, que representa alrededor del 12 por ciento de la población siria. Esto alimentó el sectarismo y socavó la confianza mutua que, en una época de patriotismo secular, había prevalecido hasta entonces en la mayoría de los sirios. El régimen se aisló rápidamente y la sociedad civil se vio privada de cualquier medio legal de expresión independiente. La vida pública llegó a caracterizarse por el miedo y la hostilidad latente. El pueblo sirio ya no tenía influencia alguna sobre el régimen.

Tras la intervención de Siria contra la OLP y los grupos libaneses progresistas en la Guerra Civil Libanesa en 1976, se extendió la exasperación por la situación política y social en el país. La protesta se manifestó en dos formas: la izquierda democrática, contra la tiranía de los servicios de seguridad y el culto dominante de la personalidad; y el islamismo militante. En 1979 se alcanzó un punto crítico: los islamistas masacraron a decenas de soldados alawitas en Alepo, mientras que las crecientes protestas callejeras exigían democracia, derechos civiles y el estado de derecho. Partidos políticos, asociaciones profesionales (abogados, médicos, farmacéuticos, ingenieros, etc.) y estudiantes participaron en las manifestaciones. El régimen respondió a esta insubordinación con la violencia, arrestando a miles de islamistas, izquierdistas, sindicalistas y ciudadanos comunes, incluido el autor de este artículo. Acababa de cumplir 20 años en ese momento. En el curso de la represión general de todas las formas de protesta, en 1982 el régimen masacró entre 20,000 y 30,000 personas en Hama y arrasó a extensas áreas de la ciudad, que fueron acordonadas durante la masacre. La masacre de Hama se grabó en la conciencia siria y trajo recuerdos de la derrota de 1967. Fue un golpe paralizante para el pueblo sirio, ligado a una humillación colectiva y una vida vivida con miedo. Así, en los talones de la toma de posesión política de 1970 se produjo la toma de posesión completa de la sociedad en la década de 1980.

Cada siete años, Hafez al Asad recibía más del 99 por ciento de los votos en referendos organizados como festivales sin candidatos opositores. Desde mediados de la década de 1980, comenzaron a aparecer consignas como “Asad para siempre”, y el presidente fue declarado “Padre Líder” y “Soberano”. Los referendos eran referidos como “homenajes”; la palabra árabe, bai’a, se refiere a una tradición islámica en la que las elites sociales prometen lealtad a un nuevo gobernante. Esto era indicativo de un cambio reaccionario de dirección —aunque de forma moderna—, que se llevaba a cabo en toda la sociedad, la política y la cultura. A falta de elecciones libres o golpes militares, y tras el aplastamiento de todas las formas de protesta, ya sea pacífica o armada, la única posibilidad de cambio para el pueblo sirio era la muerte de su gobernante. Pero desde mediados de la década de 1980, Hafez al Asad ya había comenzado a hacer arreglos para que su poder se transmita dentro de su familia, a fin de evitar cualquier problema que pudiera surgir a raíz de su fallecimiento. Comenzó acotando a su hermano Rifaat, que estaba compitiendo por la sucesión; como líder de las llamadas Compañías de Defensa, Rifaat había ordenado tanto la Masacre de Hama como la de los reclusos de la prisión de Palmyra. Hafez luego maniobró sobre su hijo mayor Bassel, para que se posicionara como su sucesor. Sin embargo, Bassel murió en un accidente automovilístico en 1994, por lo que el presidente tuvo que llevar a su segundo hijo Bashar a casa desde Gran Bretaña, donde había estado estudiando oftalmología. El nuevo heredero al trono ascendió a través de las filas del ejército para hacerse coronel en menos de seis años, y se involucró en asuntos políticos cruciales, en particular la administración del Líbano, en tiempos de la “joya de la corona” siria.

Hafez al Asad murió en junio de 2000; la constitución de la “Cámara del Pueblo” de Siria se modificó de manera unánime para reducir la edad mínima para asumir la presidencia a 34 años, la edad de Bashar en ese momento. Un día después, fue ascendido a teniente general. Bashar al Asad se convirtió en presidente de una sociedad siria totalmente abrumada, y los estados occidentales lo respaldaron, con Francia al frente de la manada. Jacques Chirac ya había recibido a Bashar en el Palacio del Elíseo antes de su presidencia; Madeleine Albright lo visitó en Damasco para ofrecerle sus condolencias por la muerte de su padre y así otorgar su bendición a la transferencia del poder. Las protestas contra la privatización de la República de Siria y su transformación en un poder dinástico fueron completamente ignoradas por las democracias occidentales y las instituciones internacionales. Bajo Bashar al Asad, la economía siria se “liberalizó”, mientras que el estado de emergencia de 1963 se mantuvo, lo que convirtió a los ya adinerados propietarios del aparato estatal en algo así como una burguesía gobernante. El sobrino de Asad, Rami Makhlouf, se convirtió en un símbolo de esta nueva clase; se decía que era el gestor de cartera del clan Asad. Mientras tanto, en 2007, el 37 por ciento de la población siria vivía con menos de dos dólares al día.

El levantamiento sirio de 2011 comenzó en el contexto de la “Primavera árabe”, que en el transcurso de dos meses se desató en Túnez, Egipto, Libia, Yemen y Bahrein. En Siria, la revolución fue impulsada por el descontento generalizado entre una población cuyo país no les había pertenecido durante décadas y que ahora reclamaba su dignidad. Desde el primer día de protestas, el régimen respondió con un nivel de violencia que solo aumentó, llegando al despliegue de armas químicas y bombas de barril. El régimen recibió ayuda del extranjero de parte de Irán, grupos aliados de Irán, y Rusia. Mientras tanto, no se escucharon los pedidos de los rebeldes de protección internacional, emitidos repetidamente desde el otoño de 2011. La brutalidad del régimen puso en marcha una dinámica de militarización e islamización del levantamiento, que a su vez intensificó el sectarismo más variado. Los salafistas en los Estados del Golfo apoyaron a los grupos de combatientes sunitas en Siria, pero el régimen también jugó la carta yihadista en junio de 2011, 100 días después del estallido de la insurrección, liberando a los presos políticos islamistas de sus cárceles. El ascenso del extremismo salafista en Siria fue simplemente otra oportunidad para el régimen, cuyas consignas desde el comienzo del levantamiento popular habían sido “¡Asad o nadie!” y “¡Asad, o quemaremos el país!”. Este último eslogan tuvo una implementación directa, de la que cientos de miles de personas fueron víctimas. La palabra correcta para ello es genocidio.

El eslogan “¡Asad o nadie!” está directamente relacionado con el surgimiento de la dinastía Asad y su ideología de “la eternidad”, que no significa otra cosa más que una guerra permanente librada contra el cambio y el futuro. La eternización del presente significó que las únicas puertas que quedaban abiertas para Siria estaban en el pasado, encarnadas por la política de los islamistas. Son el producto de un presente eternizado en el que no hay espacio para nada más que lo que ya venía ocurriendo durante medio siglo: el gobierno dinástico y la violencia. Entre 2013 y 2016, los grupos islamistas acumularon tantos crímenes espantosos en Siria que se podría decir que a la humillación sobre el país por parte de Israel y Asad se le ha agregado un nuevo estrato islamista.

Si la primera década del gobierno de Hafez al Asad representó la transición de la toma del poder a la apropiación de la sociedad siria, entonces bajo Bashar al Asad ha habido una transición de un estado antipatriótico a una sociedad antipatriótica, cuyas diferentes partes constitutivas siguen diferentes maestros. En los aproximadamente ocho años de guerra civil, Siria realmente ha sido “quemada”, en un proceso donde se ha masacrado a más de 600.000 personas y se ha convertido al país en un protectorado ruso-iraní encabezado por Bashar al Asad, su tío asesino Maher y su primo multimillonario Rami Makhlouf.

Hoy, según un informe de las Naciones Unidas, el 83 por ciento de los sirios viven por debajo del umbral de la pobreza. Un informe anterior estimó los costos de reconstrucción del país en alrededor de 400 mil millones de dólares estadounidenses. Anteriormente, los pasaportes se usaban en Siria para restringir los viajes internacionales, especialmente para los intelectuales y opositores del régimen. Hoy en día, los pasaportes se venden a los refugiados por 800 dólares americanos cada uno, y ningún otro estado, incluida Alemania, ha planteado ninguna objeción. Así, hoy en día el régimen está recaudando fondos adicionales para su máquina de guerra frente a personas que se ven obligadas a huir al extranjero debido al régimen. Según una organización de derechos humanos siria, el pasaporte sirio es actualmente el cuarto peor, y al mismo tiempo el más caro en el mundo.

El distintivo particular de la tragedia siria es que podría haberse evitado si los que ya habían gobernado durante 41 años cuando estalló la insurrección no hubieran insistido en mantener el poder total y exclusivamente para ellos mismos. Cientos de miles de vidas humanas podrían haberse salvado, y estructuras barbáricas como ISIS y Al-Qaeda nunca habrían podido desarrollarse o apoderarse de Siria. Además, la llamada “crisis de los refugiados” no se habría producido de la misma manera. La transformación política que no se ha materializado en Siria debido al carácter genocida de la dinastía Asad y el yugo geopolítico que está asfixiando al pueblo sirio, permanece a la orden del día. No sabemos cuándo vendrá la próxima erupción; pero sería miope apostar a que no lo hará.

Yassin Al Haj Saleh es un escritor sirio de izquierda que vive en el exilio en Alemania. Su último libro, La Revolución Imposible. Encontrarle sentido a la tragedia siria”, apareció en 2017. Al Haj Saleh es actualmente miembro del programa “Europa en Medio Oriente: Oriente Medio en Europa”, en el Foro de Estudios Transregionales en Berlín.

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