Periodismo basura a la sombra del genocidio

Por Muhammad Idrees Ahmad

Publicación original en inglés por AlJazeera , 15 de septiembre de 2019. Traducción de Carlos Pérez Barranco.

El periodista estadounidense Max Blumenthal viajó con un grupo de periodistas y activistas a Damasco en septiembre de 2019.

Una semana después de que Damasco agasajara a una delegación de la extrema derecha europea, el régimen de Bashar al-Asad dio acceso a un nuevo grupo de pretendientes. El domingo, el bloguero estadounidense Max Blumenthal, colaborador de Sputnik, anunció su llegada a Siria con un selfie. El pie de foto decía:

“Aquí estoy, cerca de la frontera de Jobar, un barrio al este de Damasco ocupado por Jaish al-Islam, milicia apoyada por los saudíes, hasta principios del año pasado. El control de la milicia se extendió hasta cerca del edificio alto que se ve detrás de mí. La zona en la que estoy, mayoritariamente cristiana, fue atacada con un mortero en abril de 2018”.

Mientras Blumenthal se aseguraba de insertar en su tweet el esquema “islamista vs. cristiano” promovido por el régimen, incurrió en omisiones reveladoras. El edificio alto detrás de él al que hace referencia es la Torre Zablatani. En 2011, dos años antes de la formación de Jaish al-Islam, francotiradores del régimen dispararon a manifestantes desarmados desde la ventaja de su altura.

Cuando el régimen obligó a Jobar a rendirse en 2018, había dañado o destruido la mayor parte del distrito y lo había sometido a 10 ataques químicos (con cloro). Jobar forma parte de la región oriental de Ghuta, que en agosto de 2013 fue también blanco del ataque químico más mortífero desde Halabja, en el que murieron más de 1.400 personas.

Parte de esto puede deberse a la ignorancia. Pero siendo alguien que se hace pasar por experto en Siria, no es posible que Blumenthal desconozca la importancia de su ubicación. Utilizando referencias visuales en la imagen es posible determinar su ubicación en un balcón del segundo piso del edificio que alberga el Banco de Siria y el Banco de Ultramar, Sucursal de Qassaa.

Esa ubicación lo sitúa a 450 metros al oeste de la Torre de Zablatani. Pero a sólo 220 metros al noroeste se encuentra la sección de Bab Touma de la temida Inteligencia de la Fuerza Aérea, identificada en un amplio informe de Human Rights Watch de 2012 como uno de los principales centros de tortura del régimen.

A unos 300 metros en la misma dirección se encuentra la sección de Al Khattib de la Inteligencia General, otra instalación conocida por sus métodos de tortura medievales. Según la ONU, más de 100.000 personas han desaparecido en Siria, muchas de las cuales acabaron en este archipiélago de tortura.

Acompañando a Blumenthal en el vertedero está Rania Khalek, una famosa tuitera que produce vídeos virales para la filial de Russia Today “In the Now”. El anuncio de Khalek de su llegada a Damasco no fue diferente.

Con una imagen geoetiquetada de Saydnaya, Khalek invitaba a sus seguidores de las redes sociales a admirar las “impresionantes vistas de Siria”. Esto fue tan apropiado como invitar a los espectadores a admirar una impresionante puesta de sol sobre Auschwitz. Como demostró el periodista Nick Waters, de Bellingcat, justo fuera del campo de la imagen, pero dentro del campo de visión de Khalek, se encuentra la prisión de Saydnaya, el famoso centro de detención donde, según un informe de Amnistía Internacional de 2017, fueron ejecutados hasta 13.000 civiles entre 2011 y 2015.

En otro lugar, Khalek publicó un selfie de un paseo con Blumenthal y la ex productora de Russian Today, Anya Parampil, con el pie de foto: “Para los haters” (el chaperón del régimen que acompaña a todos los invitados extranjeros no estaba incluido en la imagen).

Si esto fuera sólo un caso de buitres mediáticos manipulando gratis a favor de un régimen desesperado y aislado, sería fácil de ignorar. Pero este viaje representa algo más grande: el surgimiento de una nueva forma de periodismo basura que sirve como un servicio de lavado global para autócratas manchados de sangre.

En los últimos meses, algunas de estas mismas figuras han aparecido en capitales desde Caracas a Managua encubriendo la represión masiva; han negado la existencia de los campos de concentración uigures en Xinjiang, han calumniado a los manifestantes en Hong Kong; y todos ellos de alguna manera encuentran a Vladimir Putin intachable.

De hecho, el giro ideológico de Blumenthal comenzó con un viaje a Moscú en diciembre de 2015, patrocinado por el Kremlin, a la misma reunión en la que el general Michael Flynn fue chantajeado y en la que Jill Stein se humilló a sí misma.

Esto es algo diferente a las peregrinaciones de fervorosos ideólogos a la Unión Soviética de Stalin, para encubrir al régimen mientras provocaba el terror y la hambruna. Ellos estaban cegados por la ideología y creían en la utopía.

La moderna forma de turismo de desastres es un mercenario puro, desprovisto de convicción, indiferente al sufrimiento, impulsado únicamente por la avaricia. Son muy conscientes del carácter represivo de los regímenes y de la odiosidad de su papel. Tanto Blumenthal como Khalek han reconocido en el pasado la criminalidad del régimen de Asad y, en el caso de Blumenthal, han denunciado a sus defensores. Su aceptación de ese mismo papel demuestra una intención consciente. Sus endebles intentos de justificar la visita son reveladores.

En el viaje, Blumenthal y Khalek se unieron a Yasemin Zahra, una representante del sindicato estadounidense US Labor Against War; Paul Larudee, director del Movimiento de Solidaridad con Siria a favor del régimen; Ajamu Baraka, compañero de candidatura de Jill Stein, y varios otros teóricos de la conspiración partidarios de Asad. La historia de portada es su participación en el “III Foro Sindical Internacional”. El objetivo es aliviar a los “trabajadores” sirios eliminando las sanciones occidentales e investigando las pruebas de la crueldad de Estados Unidos.

Esto pone a prueba la credulidad. El régimen no tolera a los sindicatos independientes y el único sindicato sancionado por el Estado del país está controlado por el Partido Baaz. El foro fue presidido por Asad, que la semana anterior recibía a una delegación eurofascista. La reunión, como era de esperar, atacó a Occidente, pero no pronunció una sola palabra en apoyo de los trabajadores sirios desaparecidos en el gulag de Asad. Nadie habló por Idlib.

Si la delegación estadounidense estuviera realmente interesada en investigar los crímenes estadounidenses, podría haber visitado Raqqa, donde la campaña bélica anti-ISIS fue a menudo indiscriminada y mató a un gran número de civiles. Pero ese, por supuesto, no era el motivo.

Si les importaran los trabajadores sirios, no se habrían sentado con tanta devoción en un foro presidido por el hombre que la ONU ha acusado de supervisar un “crimen de exterminio”. Las mujeres de la gira deberían haber sentido nauseas al ser agasajadas por un régimen que, según la ONU, “utilizó la violación y otras formas de violencia sexual como parte de un ataque generalizado y sistemático contra la población civil de Siria”.

Pero este viaje no trataba de los sirios. Trataba de un régimen asesino atrayendo a  buitres en busca de una importancia momentánea. Trataba de cómo llenar un vacío personal. Trataba del encanto de una industria que podría ser incesantemente rentable para aquellos sin convicciones que defender o reputaciones que mantener. Mientras los tiranos estén dispuestos a derramar la sangre de los inocentes, los blanqueadores de imagen seguirán en activo, negando la verdad para beneficio personal.

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