Una hora de paciencia para reflexionar sobre la revolución siria

Por  Noor Ghazal Aswad*

Publicado en inglés por Al-Jumhuriya el 18 de marzo de 2021. Traducción de Sinfo Fernández.

Unos días después de su arresto por las fuerzas del régimen, el cadáver mutilado del joven activista sirio Ghiath Matar fue arrojado ante la puerta de su familia en Daraya, al suroeste de Damasco. Quizás sea apropiado, en el décimo aniversario de la revolución, volver a la honestidad y belleza del revolucionario que distribuía rosas rojas entre los batallones del ejército. En su testamento, dado a conocer después de su muerte, escribía a la juventud libre de la revolución:

Vi la libertad ante la puerta

La vi tan cerca, de ti, de mi

Cada vez que salíamos a las calles

Cuando nuestros cánticos sacudían la tierra y colmaban de terror los corazones de los cobardes, veía que la libertad se acercaba y que lográbamos la victoria …

Y ahora, desde mi mundo, la veo cada vez más cerca de ti, así que, ten paciencia, porque la victoria no es sino una hora de paciencia. 

Esa hora de paciencia se ha convertido en diez largos años. Diez años desde que la revolución siria marcó un hito en la conciencia política de los sirios y sirias comunes. La revolución fue un levantamiento valiente de todos los segmentos de la sociedad siria: musulmanes, árabes, kurdos, cristianos, alauíes, que traspasaron las líneas de clase, género, etnia y religión. La monstruosa respuesta del régimen de Assad ante el despertar de su pueblo está bien documentada: masacres al por mayor, mutilaciones y desaparición forzada de disidentes. Hoy, los actores contrarrevolucionarios dominan el país. El régimen de Assad, junto con sus aliados rusos e iraníes, han dejado un país desgarrado. Una combinación de infraestructura en ruinas, corrupción floreciente, inflación y hambruna sin precedentes han puesto a Siria al borde del colapso, mientras persisten brutales violaciones de los derechos humanos.

Cada aniversario invita a plantear una serie de preguntas existenciales sobre la revolución siria. Durante un tiempo, los observadores han venido postulando las razones del fracaso de la revolución a la luz de las dimensiones geopolíticas y la falta de transición democrática. Es posible que el statu quo y las tragedias que han caído sobre el pueblo sirio parezcan confirmar el profundo colapso de la revolución. Sin lugar a dudas, el coste humano ha sido monumental, a veces inconmensurable (1). Pudiera parecer que, por un momento, estuviéramos en un callejón sin salida. 

Sin embargo, las declaraciones sobre el fin de la revolución son profundamente erróneas; una ejecución prematura del fluido proceso revolucionario. El umbral para el “éxito” revolucionario en esas estimaciones adolece de miopía. Es hora de reevaluar todas esas proclamas prematuras y de volver a imaginar la revolución como una búsqueda radical de emancipación de las enfermedades del yo. La revolución fue un ejercicio de construcción de significados; un proceso de autodescubrimiento y cambios internos. El activista Asaad Alachi ha comentado cómo, al comienzo de la revolución siria, “nadie hablaba de derrocar al régimen” (2). El inmenso luchador rebelde Abd al-Basit Sarout subrayó a menudo la intimidad de la revolución siria como una “zawra dajel zawra”; es decir, una revolución dentro de una revolución. De manera similar, el activista pacifista Ahmad Shurbaji se replantea brillantemente la revolución como la reestructuración utópica de uno mismo, argumentando que la revolución giraba en torno a la necesidad de “cambiar lo que había en mí”. El derrocamiento del régimen fue sólo una implicación procesual de la descolonización de la colonialidad inherente en el “yo sirio” que subyace en el autoritarismo.

No niego que la revolución clame por desmantelar un arraigado régimen autoritario. De hecho, a pesar de la represión en curso, las protestas contra el régimen de Assad y los extremistas que secuestraron la revolución siria siguen estallando en todo el país, ya sea en Idlib, Suwayda o Daraa. Sin embargo, en su esencia, la revolución fue una recuperación dramática del yo sirio. No solo inventó nuevos modismos y se reapropió de vocabularios antiguos, sino que también renegoció viejos sistemas de pensamiento y sensibilidades. En la actualidad, el “reino del silencio” está integrado por doce millones de seres en la diáspora y en las partes liberadas de Siria, muchos de los cuales están ejerciendo su voluntad y capacidad revolucionarias y construyendo la sociedad civil fuera de las fronteras del país que durante mucho tiempo se les negó. A riesgo de caer en romanticismos, aventuro que, para aquellos de nosotros para quienes la revolución fue un sueño, el sueño sigue vivo. La revolución nunca tuvo la intención de ser una insurrección armada. Fue ante todo una búsqueda interna para cambiar, para superar la colonialidad en nuestro propio pensamiento y en nuestro ser. Para cambiar la forma en que pensamos, amamos y vivimos.

Las narrativas que niegan la crueldad del régimen y legitiman a Assad son cada vez más inverosímiles frente al testimonio penetrante de los sirios que están ahora entrelazados en el tejido global de la diáspora. En la ciudad alemana de Coblenza, en una victoria histórica, un tribunal declaró recientemente al exoficial de inteligencia del régimen de Assad, Iyad al-Gharib, culpable de crímenes contra la humanidad. La rendición de cuentas judicial se logró sobre la base de cientos de horas de testimonios de los propios sirios, haciendo uso del principio de jurisdicción universal de Alemania. Si bien en última instancia es solo una victoria simbólica, el reconocimiento histórico de la criminalidad de una figura del régimen está desencadenando notables mecanismos de justicia en otros lugares. Este mismo mes, Wafa Mustafa, una activista que hace campaña por la liberación de su padre detenido y de otros como él, presionó al Consejo de Seguridad de la ONU para que el régimen rinda cuentas por crímenes de lesa humanidad en un poderoso discurso en el que puso al descubierto la difícil situación de los sirios y sirias.

Además, la movilización con fines revolucionarios está encontrando nuevos espacios digitales en los que prosperar. La aplicación de solo audio Clubhouse ha crecido exponencialmente con sirios de todos los rincones del mundo. Miembros de la oposición, activistas, intelectuales, periodistas y ciudadanos de todas las tendencias han estado debatiendo enérgicamente los fallos de la revolución, sobre cómo podría llegar a ser más inclusiva e intercambiando ideas sobre estrategias en un intento por avanzar. Otros espacios funcionan como talleres, elaborando consignas para la revolución y reflexionando sobre si el sueño de dignidad y libertad es trascendente o debe retirarse. En el momento de escribir este artículo, otra sala ha estado abierta durante varios días, con moderadores que se turnan mientras los sirios participan en animados debates sobre el lugar de las artes, la cultura, el trauma y el feminismo en la revolución, entre toda una miríada de temas. En un momento crítico, un célebre compositor y pianista interpretó una melodía desgarradora para los que estaban en la sala. Estos espacios no solo funcionan como lugares de curación, sino que también son salones de facto, que recuerdan los intensos debates políticos y sociales que tuvieron lugar en Siria durante la Primavera de Damasco a principios de la década de 2000, así como, por supuesto, los primeros días de la revolución. Atestiguan que la revolución está lejos de seguir su curso natural, ya que los sirios componen bocetos visionarios de lo que podría deparar el futuro en una Siria poscolonial. Dichos espacios amplifican y difunden narrativas de resistencia contra el estado assadista y hablan en contra del “éxito” de Assad a la hora de coaccionar al pueblo sirio.

Todo esto confirma la vitalidad de la revolución siria y la conciencia política colectiva del pueblo sirio. Así como la revolución no “surgió de la nada”, sino que estuvo fermentando durante generaciones antes de que cinco escolares de Daraa pintaran con aerosol las palabras “Usted es el próximo, doctor” en los muros de su escuela, la revolución continúa. Actos de resistencia corporal localizados adoptan diferentes encarnaciones en la diáspora territorialmente desposeída de hoy. Reconocer la naturaleza evolutiva de la lucha revolucionaria es importante a la hora de enfrentar interpretaciones reduccionistas y simplistas de la revolución como un capítulo concluso de la historia.

Mientras aguardamos el momento oportuno, la tradición revolucionaria de Siria sigue viva. Su trayectoria sigue siendo desconocida. La primera etapa de la revolución se produjo cuando el pueblo sirio se liberó de su internalizado miedo totalizante participando en una protesta naciente. Diez años después, los revolucionarios veteranos están honrando a sus muertos, reparando fisuras internas, deliberando sobre las aspiraciones revolucionarias y desarrollando la solidaridad del Tercer Mundo en el exterior. Estamos muy en sintonía con nuestras libertades. Seguimos cantando: “¡La gente quiere …!” Le pedimos al mundo que se una a nosotros en solidaridad. Como escribe de forma tan hermosa el poeta saudí Muhathil al-Saqur:

Después de quemarme, danzar diabólicamente sobre mi cadáver y dejar que el viento me disperse… ¿Crees que has sofocado mi identidad? ¿Qué has borrado mi historia y mis convicciones? ¡En vano lo intentas! El revolucionario no muere… volveré, a la más grande de las grandes revoluciones.

Notas:

  1. Las estimaciones más recientes de la ONU sobre el número de muertes son del año 2016 (basándose en datos de 2014), lo que indica más de 400.000 asesinados. En ese momento, la ONU dejó de contar: 

     (https://www.nytimes.com/2018/04/13/world/middleeast/syria-death-toll.html). 

Ha habido múltiples intentos por parte de grupos de derechos humanos sirios de documentar el número de muertos. Walid Saffour, presidente del Grupo Sirio de Derechos Humanos, estima que han muerto al menos 1,2 millones de sirios y sirias.

(https://english.alaraby.co.uk/english/indepth/2020/1/28/how-many-people-died-in-syria-since-2011).

  1. Halasa, M., Omareen, Z. y Mahfoud, N. (Eds.), “Syria Speaks: Art and Culture from the Frontline”, Saqi Books, 2014.

*Noor Ghazal Aswad es una escritora siria, activista de los derechos humanos y estudiosa de los movimientos sociales trasnacionales liberadores, la retórica de la inmigración y el feminismo interseccional. Twitter: @noorghazalaswad.

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