Construyendo futuros alternativos en el presente: el caso de las comunas en Siria

Por Leila Al-Shami*

Publicado en inglés en The Funambulist y en el blog de la autora el 18 de marzo de 2021. Traducido por Sinfo Fernández.

El 18 de marzo de 2021, personas de todo el mundo conmemoran el 150 aniversario de la Comuna de París. En aquella fecha, hombres y mujeres corrientes reclamaron el poder para sí mismos, tomaron el control de su ciudad y manejaron sus propios asuntos al margen del Estado durante más de dos meses. Hasta que el gobierno francés de Versalles procedió a aplastarlos en la denominada Semana Sangrienta. El experimento de los comuneros en la autoorganización democrática y autónoma, como medio tanto para resistir la tiranía estatal como para crear una alternativa radical a ella, ocupa un lugar importante en el imaginario colectivo y ha servido de inspiración a generaciones de revolucionarios.

El 18 de marzo se cumplió otro aniversario, pero casi seguro que pasó mucho más desapercibido en todo el mundo. En esta fecha, hace una década, se llevaron a cabo protestas a gran escala en la ciudad de Dara’a, en el sur de Siria, en respuesta al arresto y tortura de un grupo de escolares que habían pintado en un muro grafitis contra el gobierno. Las fuerzas de seguridad abrieron fuego contra los manifestantes y mataron al menos a cuatro de ellos, lo que provocó la ira pública generalizada. En los días siguientes, las protestas se extendieron por todo el país, transformándose en un movimiento revolucionario que exigía libertad a la dictadura de cuatro décadas del régimen de Assad. En los años posteriores, cuando la gente tomó las armas y obligó al Estado a retirarse de sus comunidades, los sirios se embarcaron en experiencias notables de autoorganización autónoma a pesar de la brutalidad de la contrarrevolución que se desató sobre ellos. Ya en 2012, Omar Aziz, economista sirio, intelectual público y disidente anarquista, comparó el primero de estos experimentos con la Comuna de París.

Omar Aziz no fue un mero espectador de los acontecimientos en curso en Siria. Aunque vivía y trabajaba en el exilio, regresó a su Damasco natal en 2011, a la edad de 63 años, para participar en la insurrección contra el régimen. Se involucró en la organización revolucionaria y proporcionó asistencia a las familias desplazadas de los suburbios de Damasco que se encontraban bajo asalto del régimen. Aziz se inspiró en el nivel de autoorganización del movimiento en su resistencia ante el régimen. En pueblos y barrios de todo el país, los revolucionarios habían formado comités de coordinación locales. Estos constituían foros organizados horizontalmente a través de los cuales planificaban protestas y compartían información sobre los logros de la revolución y la brutal represión que enfrentaba el movimiento. Promovieron la desobediencia civil no violenta e incluyeron a mujeres y hombres de todos los grupos sociales, religiosos y étnicos. Los revolucionarios también organizaron suministros de cestas de alimentos a los necesitados y establecieron centros médicos para atender a los manifestantes heridos que temían ir a los hospitales ante el riesgo de que los arrestaran.

Aziz creía que, si bien esas actividades eran un medio importante para resistir al régimen y, de hecho, habían desafiado su autoridad, no llegaban lo suficientemente lejos. A través de su organización, los revolucionarios estaban desarrollando nuevas relaciones independientemente del Estado basadas en la solidaridad, la cooperación y la ayuda mutua, pero aún dependían de ese Estado para la mayoría de sus necesidades, incluido el empleo, la alimentación, la educación y la atención médica. Esta realidad permitió al régimen mantener su legitimidad y perpetuar su poder a pesar de la oposición generalizada del pueblo. En dos documentos publicados en octubre de 2011 y febrero de 2012, cuando la revolución todavía era en gran parte pacífica y la mayor parte del territorio sirio permanecía bajo el control del régimen, Aziz comenzó a abogar por el establecimiento de consejos locales. Los consideraba como foros de base a través de los cuales las personas podrían colaborar colectivamente para abordar sus necesidades, obtener una total autonomía del Estado y lograr la libertad individual y comunitaria frente a las estructuras de dominación. Creía que la construcción de comunas autónomas, vinculadas a nivel regional y nacional a través de una red de cooperación y ayuda mutua, era el camino hacia la revolución social. Según Aziz, “cuanto más se pueda difundir la autoorganización… más habrá sentado la revolución las bases para la victoria”.

A Aziz no le preocupaba tomar el poder estatal y por ello no abogó por un partido de vanguardia para liderar la revolución. Como los comuneros, creía en la capacidad innata de las personas para gobernarse a sí mismas sin necesidad de una autoridad coercitiva. En su opinión, las nuevas formaciones sociales autoorganizadas que estaban surgiendo “permitirían a las personas tomar un control autónomo sobre sus propias vidas, para demostrar que es de esta autonomía de lo que está hecha la libertad”. Aziz previó que el papel de los consejos locales sería apoyar y profundizar este proceso de independencia frente a las instituciones estatales. Su prioridad sería trabajar conjuntamente con otras iniciativas populares para asegurar la satisfacción de necesidades básicas como el acceso a la vivienda, la educación y la salud; recopilar información sobre la suerte de los detenidos y brindar apoyo a sus familias; coordinarse con organizaciones humanitarias; defender la tierra de la expropiación por parte del Estado; apoyar y desarrollar actividades económicas y sociales; y la coordinación con las milicias del Ejército Libre recientemente formadas para garantizar la seguridad y la defensa de la comunidad. Para Aziz, la forma más poderosa de resistencia ante el Estado era la negativa a colaborar con él mediante la construcción de alternativas en el presente que prefiguraran un futuro emancipatorio.

En noviembre de 2012, al igual que muchos revolucionarios sirios, Omar Aziz fue arrestado y murió en prisión poco tiempo después. Sin embargo, antes de su arresto, ayudó a fundar cuatro consejos locales en los suburbios de la clase trabajadora en Damasco. El primero fue en Zabadani, un pueblo agrícola y turístico rodeado de montañas, a unos 50 kilómetros de la capital. La ciudad se apresuró a unirse al levantamiento en marzo de 2011, realizando manifestaciones periódicas para pedir la libertad y liberación de los detenidos. En junio, hombres y mujeres jóvenes habían formado un comité de coordinación local para organizar manifestaciones y llevar a cabo un trabajo con los medios de comunicación que diera a conocer al mundo exterior cuanto sucedía en la ciudad. Al igual que en la Comuna de París, las mujeres de Zabadani crearon también sus propios foros. A mediados de 2011 se formó el Colectivo de Mujeres Revolucionarias Zabadani. Participaron en las manifestaciones en gran número y pidieron la desobediencia civil pacífica. Desempeñaron un papel de liderazgo en la Huelga de la Dignidad de diciembre de 2011, una huelga general a nivel nacional que intentó ejercer presión económica sobre el régimen. En enero de 2012 establecieron Oxygen Magazine, una revista impresa bimensual que analizaba la revolución y promovía la resistencia pacífica. Posteriormente, el grupo se convirtió en la red de mujeres Damma, que continúa trabajando para ayudar a las mujeres a desarrollar la resiliencia y aliviar el impacto de la violencia en las comunidades afectadas por conflictos, además de brindar educación y apoyo psicológico a los niños.

Zabadani fue liberada por las milicias locales del Ejército Libre en enero de 2012. Se levantaron barricadas y la ciudad quedó bajo el control de sus residentes. Se estableció un consejo local para llenar el vacío creado por la salida del régimen. Los residentes suníes y cristianos de la ciudad se reunieron para elegir a los 28 miembros del consejo de entre las personas respetadas de la comunidad y designar un presidente. Esta fue la primera experiencia de democracia en Siria en décadas. El consejo estableció varios departamentos para administrar la vida civil diaria, incluida la atención médica y la asistencia humanitaria, así como un comité político involucrado en la negociación con el régimen, y un tribunal para resolver los conflictos locales. Un comité militar supervisó los batallones del Ejército Libre para garantizar la seguridad. Si bien los representantes del consejo eran todos hombres, el Colectivo de Mujeres Revolucionarias Zabadani desempeñó un papel importante en el apoyo a las actividades del consejo. Al igual que los comuneros de París, la gente de Zabadani, que soñaba con una sociedad libre y justa, logró autoorganizar creativamente su comunidad al margen del control estatal centralizado.

El régimen consideraba la autonomía local y la democracia de base como sus mayores amenazas. Así como el gobierno de Versalles, que se había negado a luchar contra los prusianos, dirigió sus armas contra los comuneros, el régimen sirio dirigió todo su poder contra el pueblo de Zabadani. La ciudad fue sometida a un asedio impuesto por el régimen y su aliado, Hizbolá, respaldado por Irán, y los bombardeos diarios empeoraron de forma dramática las condiciones humanitarias de sus habitantes. Dentro de la ciudad, los revolucionarios tuvieron también que enfrentar los desafíos de los batallones islamistas extremistas que ganaron prominencia con el tiempo y finalmente arrebataron el control al consejo local en 2014. Después de varios acuerdos fallidos de alto el fuego, el régimen recuperó el control de Zabadani en abril de 2017, después de lo cual muchos de sus residentes fueron evacuados por la fuerza.

La experiencia de Zabadani fue notable, pero no fue la única. En el transcurso de la revolución siria, se fue liberando la tierra hasta tal punto que, en 2013, el régimen había perdido el control de alrededor de las cuatro quintas partes del territorio nacional. En ausencia del Estado, fue la autoorganización de las personas la que mantuvo a las comunidades en funcionamiento y les permitió resistir al régimen, en algunos casos durante años. Se establecieron cientos de consejos locales en las zonas autónomas recién creadas que brindaban servicios públicos esenciales como suministro de agua y electricidad, recogida de basuras y apoyo a escuelas y hospitales para que siguieran funcionando. En algunas áreas cultivaron y distribuyeron alimentos. Las personas también trabajaron juntas para establecer organizaciones humanitarias, centros de monitoreo de derechos humanos y asociaciones independientes de los medios. Se fundaron centros de mujeres para alentar a las mujeres a ser política y económicamente activas y desafiar las costumbres patriarcales. Un ejemplo es el centro Mazaya en Kafranbel, Idlib, que enseñó habilidades profesionales a las mujeres, sostuvo debates sobre las cuestiones de los derechos de la mujer y desafió las amenazas planteadas por los grupos islamistas extremistas. Se establecieron sindicatos para estudiantes, periodistas y trabajadores de la salud. En la ciudad norteña de Manbij, los revolucionarios establecieron el primer sindicato libre de Siria, que hizo campaña por mejores salarios. Florecieron las actividades culturales, incluidos los colectivos de cine independiente, las galerías de arte y los grupos de teatro. En la ciudad liberada de Daraya, cerca de Damasco, los revolucionarios construyeron una biblioteca subterránea con los libros que recuperaron de las casas destruidas de la gente.

Después de 2011, antes de que la contrarrevolución las derribara, las comunidades de Siria vivían libres de la tiranía del régimen. El poder se redujo al nivel local y las personas trabajaron juntas en beneficio mutuo, a menudo en circunstancias que constituían un desafío extremo, para construir una sociedad pluralista, diversa, inclusiva y democrática que fuera la antítesis misma del totalitarismo del Estado. No estaban motivadas por grandes ideologías, ni dirigidas por ninguna facción o partido. Las impulsaba la necesidad. Su misma existencia desafió el mito propagado por el Estado de que era necesaria su supervivencia para asegurar la satisfacción de las necesidades básicas y la estabilidad. Los sirios demostraron que eran más que capaces de organizar sus comunidades en ausencia de una autoridad coercitiva centralizada mediante la construcción de estructuras sociales igualitarias y la recreación de lazos sociales de solidaridad, cooperación y respeto mutuo. No había un solo modelo o proyecto. Cada comunidad se organizaba de acuerdo con sus propias necesidades, circunstancias y valores locales únicos -la esencia misma de la autodeterminación-, algo esencial en un país que es tan social y culturalmente diverso como Siria. Lo que compartían era un deseo de autonomía del régimen y un compromiso con formas de organización descentralizadas y autogestionadas.

Aunque la experiencia de la Comuna de París es bien conocida y celebrada en Occidente, debemos preguntarnos por qué experimentos similares que están sucediendo en nuestra propia época, en Siria, no lo son, por qué generalmente no han logrado atraer incluso las formas más básicas de solidaridad. Si bien gran parte de la teoría radical tiene pretensiones de universalismo, a menudo presta poca atención a otros contextos o culturas no occidentales. Cuando los izquierdistas occidentales piensan en Siria, piensan a menudo en la intervención de un Estado extranjero, en grupos islamistas extremistas y en numerosas brigadas armadas que se empujan y compiten por el poder y el territorio. Se presta muy escasa atención a los hombres y mujeres corrientes y a sus valientes actos de desafío contra un régimen tiránico y genocida. Estas personas formaron la columna vertebral de la resistencia civil de Siria. No solo se resistieron al régimen, sino que construyeron una alternativa hermosa y viable. Su lucha se volvió multifacética. Defendieron su autonomía, ganada al régimen con tanto esfuerzo y a pesar de las numerosas fuerzas extranjeras y grupos extremistas que vieron su existencia como la mayor amenaza. Fueron rechazadas y a menudo calumniadas por la comunidad internacional, incluso por personas que se consideran parte de la izquierda antiimperialista. Su existencia se convirtió en un inconveniente para las grandes narrativas que la gente quería permitirse con respecto a la revolución de Siria y la guerra contrarrevolucionaria. El imperialismo epistemológico dejó poco espacio para las realidades vividas en Siria.

Al igual que respecto a la Comuna de París, hay mucho que aprender de la experiencia revolucionaria de Siria. En tiempos de insurrección o de crisis, surgen a menudo nuevas formas de organización que ofrecen alternativas a los sistemas jerárquicos, coercitivos y explotadores practicados tanto por el capitalismo como por el Estado. A través de la autoorganización descentralizada, sin la necesidad de líderes o jefes, sino a través de la asociación voluntaria, la cooperación y el intercambio de recursos, las personas pueden transformar las relaciones sociales y lograr un cambio social radical. Nos muestran que los futuros emancipadores se pueden construir aquí y ahora, incluso a la sombra del Estado.

*Leila Al-Shami es una escritora sirio-británica, activista por los derechos humanos y coautora, junto a Robin Yassin-Kassab, de Burning Country: Syrians in Revolution and War (Pluto Press, 2016). Twitter: @LeilaShami

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